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Autor: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net
Pero... que venga bien
Cuando una pareja concibe un hijo enfermo recibe una misión especial
 
Pero... que venga bien
Pero... que venga bien

Antes de casarse, los novios viven unos momentos de especial cariño y, a la vez, dibujan idealmente lo que podría ser el futuro de su matrimonio. Piensan en la casa, en los muebles, en las actividades que realizarán, en los hijos.

Al pensar en sus hijos, notan que algo escapa al control de sus ilusiones. Comprar tal o cual televisor es fácil: lo vemos en la tienda, nos consultamos, y, si el vendendor lo permite, lo llevamos a casa unos días de prueba.

Un hijo no nace así: puede venir sano o enfermo, alto o bajo, con los ojos como el padre o los cabellos como la madre, puede ser hombre o mujer. Hay algo de misterioso y de indeterminado en cada nacimiento, algo que puede suscitar miedo o angustia, porque simplemente no podemos controlarlo.

Una pareja de novios que se encontraba a menos de 30 días de la boda mostraba sus temores ante la posibilidad de que naciese entre ellos un niño down.

Tenían miedo de lo que implicase una vida así: no estar preparados para ayudar a su hijo, lo que podría pasar si ese hijo necesitado de cariño se encontrase algún día sin el apoyo y la compañía de quienes lo habían engendrado.

En sus palabras era claro que no hablaban como egoístas, sino que todo giraba alrededor de aquel posible hijo enfermo o débil que naciese de su amor. Como sabían que un niño así necesita mucho, mucha atención y esfuerzo, temían por él, no por ellos.

En el fondo, toda vida corre riesgos parecidos a los que causaban miedo a estos novios. Simplemente porque el vivir es aventura y misterio.

Las sorpresas se esconden en cada esquina. Un día se trata de un pequeño accidente. Otro, de un problema en el trabajo. Otro, de una enfermedad que interrumpe los planes más acariciados.

Detenernos ante cada peligro que salta bajo nuestros pies implicaría vivir como piedras. E incluso las piedras pueden quedar desgastadas por el paso de las aguas o por un golpe imprevisto caído de los cielos...

Conviene, por lo tanto, descubrir otra dimensión del auténtico amor al hijo: el hijo es don, y, como don, como regalo, vale no por lo que pueda contentar a los padres, sino por su riqueza y su vocación a la vida.

Quizá también algunos de nosotros, cuando nos asomamos al "banquete de la vida", incomodamos los planes de nuestros papás, o los sorprendimos cuando descubrieron (antes, en el día del nacimiento, ahora mucho antes gracias al diagnóstico prenatal) que la deseada niña era niño...

Pero eso no les impidió a muchos (por desgracia no a todos) el que nos amasen, el que nos diesen oportunidades para respirar, para cantar, para vivir en este planeta de tucanes y gorriones, de ríos y de fábricas, de lágrimas y de sonrisas.

Sí: puede resultar muy difícil el que nazca un hijo con el síndrome de down, con alguna grave deficiencia física o psicológica. Pero es mucho más hermoso acogerlo como es.

También los sanos tenemos nuestros defectos, y no hay cosa más grande que saber que alguien que nos ama llega a perdonarnos y a comprendernos. Incluso hay criminales que lloran al pensar en sus madres que no dejan de rezar por ellos.

Ese es el principio de toda cultura y, en el fondo, es la ley de la religión. ¿No decía Cristo en el Evangelio que hasta los pelos de nuestra cabeza están contados? ¿No enseñó que los pequeños son los primeros en el Reino de los Cielos? ¿No fue amigo de las prostitutas y de los pecadores? ¿No encontraron un poco de paz y de consuelo los enfermos, los ciegos, los pobres, cuando se encontraron con el Maestro?

Cuando una pareja concibe un hijo enfermo recibe una misión especial. Acogerlo es un deber de cariño y de esperanza. Acompañarlo es un gesto propio de almas grandes, a veces heroicas. Quizá será más fácil su camino si sabemos ayudarles.

Y nunca les faltará, en el corazón de sus penas y fatigas, la mirada amorosa de Dios que no deja sin su aliento al hijo que hoy vive gracias a la fidelidad de dos padres generosos que un día supieron acogerlo.

Comentarios al autor: Fernando Pascual

Este artículo es parte del libro "La vida como don. Reflexiones humanas y cristianas para un milenio que inicia" de Fernando Pascual

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