Autor: Diego Calderón, L.C. | Fuente: Catholic.net Parejas: Matrimonio o unión de hecho
El matrimonio institucional se convierte en una exigencia intrínseca de la persona humana y del pacto de amor conyugal
Parejas: Matrimonio o unión de hecho
El valor del matrimonio se encuentra, en la actualidad, oscurecido
y amenazado por formas alternativas de convivencia como las “uniones
libres”, “uniones de hecho” o el “matrimonio a prueba”.
Las “uniones
de hecho” son un fenómeno creciente, que está adquiriendo en
estos últimos años un especial relieve en la sociedad.
La expresión
“unión de hecho” abarca múltiples realidades humanas, cuyo elemento común
es el de ser convivencias, de tipo sexual, que no
son matrimonio. Este tipo de convivencia se caracteriza, precisamente, por
ignorar, postergar, o aún rechazar el compromiso conyugal (cf. Pontificio
Consejo para la familia, Familia, matrimonio y “uniones de hecho”,
26 de julio de 2000).
Comos rasgos descriptivos de las “uniones
de hecho” encontramos que dichas convivencias suponen una cohabitación acompañada
de relación sexual y de una relativa tendencia a la
estabilidad; no comportan deberes ni derechos matrimoniales ni pretenden una
duración basada en el vínculo matrimonial. Es común en las
“uniones de hecho” la inestabilidad constante debido a la posibilidad
de interrupción de la convivencia. Existe un cierto “compromiso de
fidelidad” recíproco, por así decirlo, mientras dura tal relación.
Frecuentemente, bajo
las razones que pretenden justificar las “uniones de hecho”, existe
una mentalidad que valora incorrectamente la sexualidad, que está influida,
más o memos, por el pragmatismo y el hedonismo, y
por una concepción del amor desligada de la responsabilidad.
Las “uniones
de hecho”, sostenidas en el principio de un “amor libre”,
se convierten en la alternativa que rehúye el compromiso
de estabilidad, las responsabilidades, los derechos y deberes, que el
verdadero amor conyugal lleva consigo. En definitiva, las “uniones de
hecho” están en contraste con una verdadera y plena donación
recíproca, estable y reconocida socialmente (cf. Ibid).
La diferencia esencial entre
una mera “unión de hecho” y el matrimonio está en
el hecho de que el vínculo del matrimonio, que se
asume recíprocamente, favorece el desarrollo y duración del amor en
beneficio del cónyuge, de la prole y de la misma
sociedad.
La institución matrimonial, a diferencia de las “uniones de hecho”,
no es una construcción sociológica casual sino que hunde sus
raíces en la correcta relación entre el hombre y la
mujer. Así, el matrimonio responde al deseo más profundo del
ser humano de amar y ser amado porque la institución
matrimonial expresa la realización del amor verdadero en la donación,
el compromiso y la entrega total a la persona amada.
El
hombre tiene una vocación al amor que le hace auténtica
imagen de Dios porque Dios es amor. En el matrimonio,
la persona humana alcanza la plenitud y realización de su
vocación al amor (cf. Benedicto XVI, Discurso en la ceremonia
de apertura de la asamblea eclesial de la diócesis de
Roma, 6 de junio de 2005).
Con el matrimonio se asumen
públicamente todas las responsabilidades que nacen del vínculo establecido porque
el matrimonio es decir “sí”, o sea “siempre”, a la
persona amada, en las buenas y en las malas. Este
“sí” constituye el espacio de la fidelidad que garantiza el
futuro de la familia.
El venerado Papa Juan Pablo II decía
que “el futuro de la humanidad se fragua en la
familia” (Familiaris consortio, n.86). La familia posee un valor único
e insustituible que se consolida con el vínculo matrimonial. De
esta forma, el matrimonio se convierte en una institución social
fundamental, en la célula vital y el pilar de la
sociedad (cf. Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la
asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la familia, 13 de
mayo de 2006).
Según la visión cristiana, el matrimonio, elevado por
Cristo a la dignidad de sacramento, confiere mayor esplendor y
profundidad al vínculo conyugal y compromete con mayor fuerza a
los esposos que, bendecidos por el Señor, se prometen fidelidad
hasta la muerte en el amor abierto a la vida.
El matrimonio que pone a Dios en el centro de
sus vidas cuenta con el auxilio y la eficacia de
la gracia para vencer y saber llevar las dificultades de
la vida diaria.
En conclusión, el matrimonio institucional se convierte en
una exigencia intrínseca de la persona humana y del pacto
de amor conyugal. Además, el matrimonio, como vocación del hombre
y de la mujer, está abierto al don de los
hijos como fruto del amor. La familia fundada en el
matrimonio se convierte en el núcleo donde el ser humano
aprende el arte de amar y ser amado.
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