Autor: Sr. David Pilatti y Sra. Maria Estela | Fuente: Libro: Secretos del Amor Miraos a los ojos y.....
Sí, miraos a los ojos, y sobre todo, mirad juntos en la misma dirección
Es una gran alegría para nosotros conocer el interés
que aún hay por los valores morales y cristianos del
hombre, sobre todo en los jóvenes. Ellos son el tesoro
de la humanidad, son la fuerza del futuro, y a
menudo también son el blanco de los disparos de este
mundo cruel y materialista.
Con mucho gusto ofrecemos nuestro sencillo testimonio
de vida matrimonial y familiar, con la esperanza de que
pueda servir a alguno.
Nos casamos el 30 de septiembre de
1961, es decir que llevamos casi 36 años casados. Han
pasado rápido, demasiado rápido a decir verdad.
Los momentos que han
marcado nuestra felicidad fueron cuando nos sentimos unidos para siempre,
especialmente desde nuestra boda. Fue allí, de pie, ante Dios
Nuestro Señor, que nos miramos a los ojos, y juntos
le miramos a Él, y atamos nuestros corazones al lazo
de Su Amor. Han sido los rayos que provienen de
Su Corazón, los que mantienen caliente nuestro amor hasta el
día de hoy. Y agarrados de Su Brazo, caminamos unidos
con la misma fuerza, la misma profundidad y la misma
ternura que en aquel lejano 30 de septiembre.
Como fruto maduro
de este amor han florecido también otros momentos muy dichosos
para nosotros. Cabe destacar, entre otros, el nacimiento de cada
hijo, que era para nosotros una enorme alegría. Y con
su nacimiento, la aventura de sus vidas: el bautismo, su
primera comunión, la confirmación, el término de sus carreras universitarias,
su matrimonio, el nacimiento de los nietos -hoy 4 netos
¡y en junio 2 más!- Todo esto realmente llena nuestra
vida matrimonial.
Tampoco nos han faltado esas sombras que, como en
todo cuadro, ayudan a resaltar más la luz, y que
entretejen, junto con los momentos dichosos, el tapiz de nuestras
vidas.
-Como esposa, sentí falta de diálogo familiar, en un determinado
período, a causa de un cargo público asumido por mi
marido que le mantenía demasiado ocupado. Esto sucede a veces.
La necesidad de conseguir recursos económicos, más facilidades para la
familia, etc., puede absorver mucho tiempo, y entonces se dedican,
sin mala voluntad desde luego, muchos esfuerzos y energías a
conseguir todo eso, descuidando ese trato, ese diálogo, esa comunicación,
tan necesaria para cualquier ser humano, máxime para un matrimonio.
A veces, es imposible evitarlo, por un bien mayor. Lo
ideal es conseguir lo uno, sin detrimento de lo otro.
Sin embargo, pude superarlo ofreciéndoselo todo a Dios y pidiéndole
permanentemente su auxilio.
-Si mi matrimonio empezase hoy, jamás dejaría de
amar a mi esposa como la he amado hasta el
día de hoy. Me dedicaría de lleno a mi familia,
orientando a cada uno, en la medida de mis posibilidades,
hacia una vida sana y cristiana. Evitaría, sin duda, que
personas extrañas a la familia interfiriesen, pues en ocasiones pueden
perturbar nuestra convivencia familiar, serena y amorosa.
Lo que nos mantiene
unidos es el amor entre nosotros y el amor a
nuestra familia, donándonos uno al otro, a nuestros hijos y
a la comunidad.
Queremos que nuestro matrimonio permanezca hasta la muerte.
Queremos que nuestra fe continúe viva y luminosa, que respiremos
paz y comprensión mutua.
Reflexión:
Parafraseando a Antoine de Saint-Exupery, podemos decir
que amar es, sí, mirarse a los ojos, pero sobre
todo, es mirar juntos en la misma dirección. ¿Hacia dónde...?
Las
raíces de esta pareja han encontrado corrientes de agua viva.
Este matrimonio es un árbol frondoso, sano, vigoroso. Da frutos.
“Jamás se amustia su follaje; todo lo que hace sale
bien” (Salmo 1). Con Dios, como sólido fundamento de su
familia, afrontarán serenamente el inevitable invierno de la vida.
“Unidos para
siempre, especialmente desde nuestra boda… juntos le miramos a Él”.
¡Claro!, así, ¿quién no? Porque la gracia de Dios recibida
en el sacramento del matrimonio –correspondida en la vida cotidiana,
y aumentada en los demás sacramentos- es capaz de producir
el milagro de la fidelidad hasta la muerte, para siempre.
No hay duda: seréis felices, fuertes, fieles, como los árboles,
que no traicionan y mueren de pie.
Y cuando surjan las
olas y tempestades, las noches negras cargadas de angustia y
dolor, escucharéis Su voz que os susurra: “No temais… Os
basta mi Gracia… Para Mí, no hay nada imposible”.
Sí, miraos
a los ojos, y sobre todo, mirad juntos en la
misma dirección. ¡Miradle a Él, en Sus ojos! No le
perdáis nunca de vista.
Este artículo es parte del libro "Secretos
del Amor" del Juan Ramón de Andrés, si estás interesado
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