Autor: Sres. Martínez Albesa | Fuente: Libro: Secretos del Amor Tener a los suegros en casa
En el otoño corporal puede florecer una primavera espiritual
Madrid, España 10 de julio de 1997
El día 24 de
septiembre de 1965, hace por tanto 32 años, nos unimos
en matrimonio, y durante este tiempo de vida conyugal ha
habido momentos más o menos felices, pero sin lugar a
dudas el nacimiento de nuestros hijos fueron los más dichosos.
No nos planteamos el número de hijos, pero los tres,
dos varones y una mujer, fueron recibidos como una gracia
de Dios.
Sin duda, el momento más dificil, mejor dicho la
época más difícil –ya que fueron unos meses los que
estuvimos viviendo el problema- fue cuando a los 7 meses
de casados y en pleno acoplamiento matrimonial, tuvimos que traer
a vivir con nosotros a los papás de mi esposa,
pues le había dado al papá una trombosis cerebral y
quedó paralizado de medio cuerpo. Al ser mi esposa hija
única creímos que ésa era la mejor solución, pero la
convivencia, en especial con la abuela, fue muy difícil.
Así pasamos,
primero, seis meses con la enfermedad del abuelo, hasta que
éste murió en casa, y, luego, cuatro meses más, con
la abuela viuda. Gracias a Dios, lo superamos y hasta
pensamos que ese año nos ayudó a madurar más y
a comenzar bien nuestro matrimonio (decimos “bien” porque dicha
experiencia, de dolor y de renuncia personal a muchos planes,
es algo que nos ha sido muy útil a lo
largo de nuestra vida matrimonial).
Creo que superamos las dificultades gracias
a nuestra fe, pues éramos conscientes que el día que
nos casamos lo hicimos para toda la vida, gracias al
amor que sentíamos y, finalmente, gracias a Dios Nuestro Señor
que al segundo mes de casados nos anunció el regalo
del primer hijo, y cuando el abuelo enfermó, el embarazo
iba ya por el 6° mes. Estos tres motivos fueron
las principales causas para superar la ardua convivencia y seguir
viviendo nuestro amor en la familia.
El seguir unidos hasta la
fecha –y Dios quiera sea por muchos años- creemos ha
sido y es consecuencia del amor limpio y sincero, la
libertad, la confianza y la fidelidad que siempre ha reinado
entre nosotros. Y otro punto importantísimo: el diálogo. Éste nos
lleva a la comprensión y a la unión de corazones.
Pero sobre todo y ante todo, ha sido la gracia
de Dios. En la actualidad tenemos los dos varones consagrados
en el Movimiento Regnum Christi, y sentimos cómo Dios no
deja de bendecirles a ellos y a nosotros a través
de ellos.
Si hoy tuviésemos la oportunidad y volviésemos a comenzar
nuestro matrimonio, creemos que al menos en lo fundamental no
cambiaríamos nada. Por supuesto que todo en la vida es
mejorable, y quizás en algunas cosas intrascendentales la experiencia adquirida
nos ayudaría a tomar la vida con más sosiego y
tranquilidad, a aprovechar más algunos momentos –teniendo en cuenta la
brevedad de esta vida y la eternidad futura que se
avecina-. Pero en general, nuestra vida matrimonial sería bastante parecida
a la que estamos viviendo.
Deseamos con la gracia de Dios
vivir como hasta ahora, en paz y con el cariño
recíproco, que es consecuencia de nuestro amor primero, siendo conscientes
de que cada día que pasa necesitaremos por ambas partes
mayor comprensión, mayor ayuda y mayor apoyo, pues a medida
que las fuerzas físicas y psíquicas nos vayan abandonando, nos
vamos a tener que apoyar más y más uno en
el otro. Una cosa es cierta, aunque el cuerpo se
consume y se desgasta, nuestro espíritu gana en nobleza y
en belleza. Y nuestra unión es, gracias a Dios,
cada día, más joven. ¡Bendito sea Dios!
Reflexión:
Acabo de leer una
noticia consternante y triste en el periódico ABC de hoy,
19 de julio del ‘97: “Un matrimonio de ancianos pacta
su suicidio, cansados de enfrentarse a una lenta agonía [...].
Él de 78. Ella de 70. La mujer quería poner
fin al sufrimiento de asistir al deterioro físico de su
esposo, aquejado de una enfermedad terminal, y tampoco estaba dispuesta
a seguir la vida sin él. Así lo dejó escrito
en una nota […]. La mujer cortó las venas
a su marido para luego hacer lo mismo con las
suyas. Sin embargo, mientras el primero falleció desangrado, aún hubo
tiempo para que ella fuera rescatada […]. La mujer se
encontraba junto al cadáver de su marido, presa de los
nervios y sollozando”.
Hasta aquí la noticia. ¿Sabes? He valorado más
el testimonio de los Martínez y he comprendido mejor su
última petición: “Cada día que pasa necesitaremos por ambas partes
mayor comprensión, mayor ayuda y mayor apoyo, pues a medida
que las fuerzas físicas y psíquicas nos vayan abandonando, nos
vamos a tener que apoyar más y más uno en
el otro”.
Comprendo que la vejez ha de llegar, comprendo que
la belleza física se arruga, comprendo que el cansancio, la
enfermedad, la rutina, pueden oxidar el amor. Por eso, quisiera
repetir a todos los matrimonios, especialmente a los avanzados en
edad, que la vida del alma, minuto a minuto, es
siempre bella, que siempre hay esperanza mientras dura la vida,
que también en el otoño corporal puede florecer una primavera
espiritual. Quisiera agradecerles a todos, a cada uno personalmente, todo
lo que han hecho y hacen por sus hijos, y
por sus nietos. Sólo Dios sabe el bien tan inmenso
que han realizado. Quisiera –y quiero- asegurarles mis oraciones para
que Dios, Padre Bueno y Misericordioso, recompense con creces su
amor, su generosidad y sus sacrificios.
Este artículo es parte del
libro "Secretos del Amor" del Juan Ramón de Andrés, si
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