Autor: Rafael y Paloma Benítez | Fuente: Libro: Secretos del Amor El dieciséis está en camino
Testimonio del Matrimonio
Granada, España 15 de enero de 1995
Somos Rafael, 40 años,
y Paloma, 37. No pensábamos tener más de 3 ó
4 hijos cuando nos casamos. Ahora esperamos el decimosexto. Más
que una familia numerosa la nuestra es multitudinaria, lo sabemos,
una rareza en nuestra época. Somos los Benítez, el matrimonio
español que dialogó con el Papa en el encuentro con
las familias de 1994.
¿Cómo vivimos un día normal? ¿Cómo
nos organizamos? ¿Cómo nos mantenemos en pie? ¿Qué nos une?
Se lo contamos con mucho gusto.
Podrá vernos en una furgoneta,
una Citrôen C25D blanca con tres hileras de asientos, aparcada
en batería junto al portal de una calle de Granada,
donde vivimos. Tiene trece plazas, nueve de ellas oficiales con
sus respaldos de plástico negro y cuatro más “piratas”, correspondientes
a dos asientos enfrentados que han brotado milagrosamente en el
hueco del maletero.
Vivimos en un hogar cálido, en el
que todo aparece limpio y recogido y en el que
no se oye voz más alta que otra, aunque no
falta el contrapunto de lloriqueos y risas. Desde el vestíbulo,
se ve un salón decorado con austeridad pero con gracia.
“En el suelo -como algún huésped nos dijo- charcos de
sol”.
Paloma: -Rafael, con su barba de navegante solitario y sus ojos
azules, está curtido por la vida... y por la tropa
que tiene a su cargo, es muy bueno, comprensivo y
batallador.
Rafael: -De Paloma: pelo corto, ojos oscuros, dulce, delicada y tímida,
nadie diría que ha tenido catorce partos, una cesárea y
que tiene un hijo más en camino.
Para el desayuno empiezan
a comparecer cabecitas rubias y ojos insultantemente azules. Nuestros hijos,
a Dios gracias, son esbeltos, formalitos, disciplinados; los chicos llevan
muy bien hecha la raya del pelo, las niñitas son
de anuncio. Son extraordinariamente tranquilos, son la antítesis del follón,
del estrés, de la cara de velocidad. Corren, ríen y
juegan pero sin armar escándalo, como si una mano invisible
bajase el volumen. Algún huésped piensa al principio que la
armonía durará poco, que “ya verás tú cuando cojan confianza”,
pero convive un día entero con nosotros, y los niños
siguen dando la misma sensación de calma y serenidad.
Una vez
más, gracias a Dios, han venido seguiditos. Se los presentamos:
Flor, Alma, Belén, Francisco, Pedro, Jorge, María, David, Pablo, Clara,
Daniel, Jesús, Miguel, Elena y Lidia y aunque algunos parecen
gemelos no lo son. ¿Cómo les distinguimos?
Paloma: -Para mí es
un poco más fácil; para papá en alguna rara ocasión
-pero se ha dado- es más difícil saber quién es
quién y quién viene después de quién. A veces, Rafael
se dirige a la turbamulta de enanos y llama a
uno por el nombre que no es y, después de
haber quemado tres o cuatro cartuchos, recurre al “¡Como-te-llames, ven
aquí!”
¡Quince y uno más! Gracia de Dios, sí, y colaboración
nuestra. Dieciséis preocupaciones; dieciséis trabajos; dieciséis labores de nutrición, limpieza,
vestido y mantenimiento; dieciséis cabezas que enseñar y educar; dieciséis
descalabrados, mellados, extraviados e infectados de sarampión, de varicela, de
paperas, en potencia.
Y eso que al principio no pensábamos tener
más allá de tres o cuatro cuando nos casamos, casi
adolescentes, en Castellón, de donde somos naturales. Él tenía 20
y yo 17 años y nuestra economía no daba para
mucho. A los dos nos gustaban los niños, pero una
cosa moderada. Aunque ahora parezca mentira, cuando tuve la segunda
niña, aquello me parecía una multitud. Por nosotros, nos hubiéramos
plantado entonces. Y no sólo eso, sino que también nos
hubiéramos mandado respectivamente -como se dice vulgarmente- “a hacer gárgaras”.
Teníamos problemas pues nos habíamos casado sin conocernos a fondo
y las sorpresas comenzaron a aflorar a la superficie, como
el petróleo de un barco hundido. Cada uno iba a
lo suyo, no nos soportábamos y nos planteamos la separación.
De hecho llegamos a estar unos días fuera del domicilio
conyugal.
¿Cómo superamos este bache? Gracias a nuestra fe en Dios.
Conocimos además, a través de la parroquia, el Camino Neocatecumenal,
un movimiento evangelizador de la Iglesia Católica, y nos hicimos
misioneros seglares. Reconstruimos nuestro matrimonio, perdonándonos y aceptándonos mutuamente como
éramos.
Rafael: -¿Los hijos? También responden al mismo planteamiento. Partimos de una
base. Así se lo digo a mi esposa, Paloma. ¿Qué
es el matrimonio sino donación? No es complacerse egoísticamente, sino
entregarse al otro. El fruto de esta entrega son los
hijos. No es cuestión de cifras “Vamos a tener X
hijos”, sino de ver cada caso en concreto, porque cada
hijo es único, es una historia distinta, con sus propias
e irrepetibles circunstancias. Es muy sencillo... Para mí es tan
claro como el cristal de Bohemia… estamos aquí para hacer
la Voluntad de Dios.
Paloma: -Yo, como madre, tengo el privilegio de
ser colaboradora de Dios, ¡sin mí, no puede crear! ¿Anticonceptivos?
O te entregas o no te entregas. Utilizar anticonceptivos es
mentir con tu cuerpo. Así he llegado, con la gracia
de Dios, a los 16... de momento. Un planteamiento suicida
o romántico, según se mire. Esto no quiere decir que
en ocasiones no lo hayamos pasado canutas. Somos conscientes de
la vida de trabajo y renuncias que llevamos sobre las
espaldas. Pero somos felices.
La noticia de cada nuevo embarazo es
acogida por el “pueblo” con gran ilusión. Como todas las
noticias importantes, nosotros aprovechamos para darla en la comida, pintoresco
y agitado “ágora” familiar, el único momento del día en
que estamos todos juntos y en el que nos contamos
nuestras cosas. Cuando les comunicamos lo del último, hace unos
pocos meses, los quince rompieron a aplaudir. Cuando remiten las
risas, viene la inevitable discusión sobre el sexo del angelito,
y una segunda sobre el nombre. El “rifirrafe” que se
organiza al respecto suministra materia para varias comidas y cenas.
Hay sectores críticos que polemizan sobre el nombre propuesto y
presentan mociones alternativas con los que han oído en televisión
o en el colegio. La última palabra la tenemos los
padres. Como dice Rafael: “Digamos que la mesa sólo es
un órgano consultivo”.
La alimentación de todo el regimiento sólo es
una de las muchas cosas que hemos de controlar continuamente.
Otra es el vestido y el aseo personal. Lo
heredan todo, y la fecha de caducidad se estira como
un chicle y puede durar cuatro o cinco niños. Sólo
hay una excepción: los zapatos. Se los comen... Cada año
se compran entre 30 y 36 pares aproximadamente. Por cierto,
los llevan lustrosos. Y la ropa, procuro que vaya impecable.
Van bien peinados, cada uno con su estilo, quien con
tupé, quien con la típica punta en flecha formada por
la raya, y con el pelo bien cortado. Van con
frecuencia a la peluquería, siempre por parejas, si no colapsaríamos
el establecimiento. Esa preocupación por el aseo y el vestido,
con el trabajo y la atención que lleva implícita, puede
parecer exagerada y contraproducente, pero nosotros le damos mucha importancia.
No es una tontería, es una muestra de respeto a
sí mismo y a los demás.
Rafael: -Tres lavadoras al día. Cuando
la tropa desaparece escaleras abajo, se hace un breve silencio
que dura muy poco. Enseguida sobreviene el rumor de los
electrodomésticos. Dos de ellos están en continuo movimiento: el lavavajillas
y la lavadora. Los programas que hace el primero son
innumerables; la lavadora funciona tres veces al día, como mínimo.
La ropa es de los contados frentes que consiguen agobiar
a Paloma, la serenidad en persona. No es para menos.
El cuartito de la lavadora es la sala de torturas
con sus tres montañas de ropa: la que está por
lavar, la que está por secar y la que está
por planchar. Es inútil que una brigadilla de manos rápidas,
las de las tres hijas mayores y las de mi
esposa, meta horas tratando de reducir la altura de las
cumbres. Alimentan con paletadas de calcetines y pantalones la caldera
de la locomotora blanca, hacen girar el tambor de la
lavadora, planchan camisas, reciclan las informes cordilleras en cuadradas torres
de prendas ordenadas, listas para ser guardadas en los correspondientes
cajones... vuelven la vista atrás y resoplan: ahí continúan las
tres montañas... día tras día -eso sí que es constancia
femenina-.
La comida es un espectáculo magnífico. Van llegando, por tandas,
de sus respectivos colegios e institutos. Juntamos dos mesas alargadas,
la mayor de ellas de casi dos metros, brotan sillas
de todos los rincones de la casa, y el salón,
muy sencillo pero amplio, se convierte en un río de
cabecitas alrededor de unos macarrones y de una conversación. En
la mesa hablamos mucho y no se come menos. David,
10 años, y Pablo, 9, siempre advierten que quieren repetir
antes de empezar el primer plato. Los chavales tienen hambre
de comer y hambre de hablar. Son las ganas de
contar lo que han jugado en el recreo, lo que
les ha explicado la señorita, la “leña” que han repartido
o que han recibido. Nosotros escuchamos las pequeñas, insignificantes
historias de nuestros hijos. Historias que se podrían resumir en
una línea y que Jesús, 5 años, o Miguel, 4,
tardan media comida en contar.
Paloma: -Nosotros damos mucha importancia a la
mesa. Es una oportunidad que aprovechamos para poner la antena
y detectar estados de ánimo. También, en ocasiones, es una
gran juerga, a veces una mar de discusiones, y siempre
una Torre de Babel, pero al revés. Todos se entienden
pese a la diferencia de edades y de formas de
expresarse, desde el argot adolescente de los “medianos” hasta la
media lengua de Elena, tres años.
Por la tarde, no todos
los niños tienen “cole”. Los que se quedan juegan, estudian,
bajan a hacer recados o al parque. Nuestros hijos no
son ni muy buenos ni tampoco muy malos estudiantes. Los
hay más “cerebros” como Belén, 17 años, que está en
COU y quiere hacer Físicas o como Alma, la segunda,
que hace Químicas, y otros más trastos, cuyos nombres omitimos
porque... una promesa es una promesa. Damos a los estudios
una importancia relativa. No queremos empollones encerrados en su torre
de marfil intelectual, ni cachorros de tiburón competitivo. Pero eso
sí, tienen que estudiar, porque el estudio ahora -y el
trabajo el día de mañana- es un servicio a la
sociedad y a los demás.
Rafael: -Procuramos cenar juntos, aunque los más
pequeños se van pronto a la cama, y no ven
mucha tele. Tampoco la echan de menos. El espectáculo lo
tienen a este lado del receptor. Juegan, por grupos, por
edades, en sus habitaciones; se pelean; tocan la guitarra. La
guitarra es la gran afición de mamá y ella
ha enseñado a los mayores.
La verdad es que no echamos
de menos las cosas a las que hmeos tenido que
renunciar por la “superfamilia”. En alguna ocasión quisiéramos decir: “¡Al
fin solos!”, después de cenar, y tomarnos un café, y
charlar de nuestras cosas, no ya de las de ellos,
y es como un bálsamo. Lo conseguimos alguna noche, cuando
quiere la fortuna que no esté ninguno malo, nadie llore,
nadie pida agua... la ley de probabilidades da un margen
muy escasito.
Paloma: -Los domingos por la mañana rezamos las laudes y
papá les explica el catecismo. Las vacaciones las pasamos en
nuestra tierra natal, Castellón. Aprovechamos esa época para irnos todos
de acampada. En Reyes, la regla general cambia para nosotros.
Los Reyes no son los padres... sino los abuelos. Una
inestimable ayuda que agradecemos en el alma. Pero ninguno de
los hijos tiene más de un regalo, el que más
ilusión les hace. A la hora de escribir la carta,
los críos pueden dejar volar la imaginación, pero tienen prohibida
una cosa: no se piden marcas.
Rafael: -¿Que cómo se organiza mi
esposa? Veo que Paloma resopla y pasea la vista por
el techo, como si buscara respuestas, que ella se lo
cuente:
Paloma: -Vivo al día. No planifico, no puedo planificar, todo
es imprevisible. ¿Cuál es el truco? Simplificar. Reconozco que es
fácil decirlo, sobre todo en las situaciones límite. ¿Qué es
una situación límite? La conjunción de los siguientes elementos: la
comida se quema, los mayores no están, suena el teléfono,
los medianos se pelean y el delgado taladro de un
llanto de bebé perfora el aire, ¿qué hago en esos
casos? Pienso: “Divide y vencerás”. Voy por capítulos. Primero, lo
inmediato. Y lo inmediato suele ser atender a los pequeños.
¿Que no llego a todo? No pasa nada. Lo desaconsejable
en esos casos es gritar a los niños. Es más
práctico estimularles prometiéndoles algo, para que dejen de pelear, para
que terminen de ducharse rápido o dejen de mirar las
musarañas ante el plato lleno...
Rafael: -Ciertamente Paloma tiene sus ventajas. Una,
su paciencia; dos, los hijos mayores; tres..., pues bueno, yo
también le echo una mano. Cuando llega una nueva vida
a casa, es decir, casi todos los años, se le
asigna un “padrino”, un hermano mayor que se convierte en
su sombra protectora. El “padrino” le cambia los pañales, le
da la comida, le enseña a abrocharse los cordones. Y
yo ¿qué hago? Paloma gobierna la casa, yo dirijo el
tráfico. No es un chiste. Dirigirlos es estar encima de
ellos, reunirlos en grupos para darles instrucciones, y escucharlos, sobre
todo escucharlos. Los hijos se pasan el día preguntando y
pidiendo. Y yo soy una especie de enorme oído. No
es sólo mantenerlos o educarlos. Es algo más. Tener hijos
es darles la vida y dar tu vida, porque cada
hijo se te come.
Nosotros no somos partidarios de los castigos
físicos, ni de pegar. Preferimos hacer valer nuestra autoridad mediante
la persuasión. Para eso es fundamental no mentirles, no contradecirte,
ser coherente.
¿La economía? Vivimos de milagro, vivimos al día. Y
tan al día. Pues nosotros estamos entregados en cuerpo y
alma a nuestro trabajo de misioneros seglares del Camino Neocatecumenal,
pero a cambio no recibimos un sueldo. Vivimos de las
aportaciones de nuestros hermanos neocatecumenales. ¿Esto quiere decir que están
permanentemente en el aire? No, estamos en las manos de
Dios y ayudados por los demás. Nunca nos ha faltado
lo fundamental, pero sabemos lo que es hacer equilibrios en
la cuerda floja.
Paloma y Rafael: -Pese a todo, somos muy felices.
Sabemos que familias como la nuestra ya no se llevan,
pero no por eso nos sentimos raros. Puede que sea
como los primeros cristianos. Somos la sal en la olla.
Muy pocos, sí, pero la sal es lo que da
sabor.
Reflexión:
Habría tanto qué decir de esta familia. Me parece una
locura, un milagro y una maravilla. Según iba leyendo y
transcribiendo, mis ojos se me pusieron primero cuadrados de admiración,
después oblícuos por la risa, y al final he tenido
que frotármelos... para ponerlos en posición normal. Esta pareja se casó
rápido, sin conocerse bien del todo. Tuvieron sus problemas, con
fe los superaron. Se priban de las fiestas, pasatiempos, y
en ocasiones del descanso elemental. Mantienen la casa limpia. Y
los hijos educados, aplicados y felices. ¡Dieciséis hijos! Ésta es la
mayor fuente de felicidad para los papás. Los hijos marcan
el alma de sus padres para siempre. De todos los
testimonios que he venido recibiendo para poder escribir este librito
esta verdad ha sido la nota que no ha faltado
en ninguno, -¡en ninguno!-: el nacimiento de los hijos hacen
felices a los padres. Y es que me parece natural.
¡Qué mayor gozo que crear, con la gracia de Dios,
una nueva chispa de vida, una nueva gota de existencia,
que brota de tu alma, como de un manantial de
agua pura en lo alto de la montaña nevada? Y entonces
me pregunto: ¿por qué tanta propaganda anticonceptiva?, ¿por qué tantas
mentiras sobre “la salud reproductiva de la mujer”?, ¿por qué
los millones de abortos al año?, ¿por qué esta cultura
de la muerte? Si lo más natural es embriagarse de
felicidad al contemplar esos dos ojitos negros, recién abiertos, que
te miran con “escepticismo” y con celestial amor. Porque… ese
angelito de porcelana que acurrucas en tu pecho es un
cachito de tu alma… ¡Cómo no vas a brincar de
alegría y de felicidad!
Este artículo es parte del libro "Secretos
del Amor" del Juan Ramón de Andrés, si estás interesado
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Un testimonio de amor,fe,esperanza.¡Bellisimo! Pasó en 1995, me gustaría saber como estan Paloma y Rafael. Los abrazo y felicito por ese compromiso con Dios. ¡Que diferente sería el mundo con parejas y familias como ellos. Dios los bendiga. Irma Santos de Muñana.