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Autor: Gerardo Loes
Querida hija María..
Carta de unos padres a su hija que está ahora en el cielo
 
Querida hija María..
Querida hija María..


Te escribo unas líneas mientras en la otra mitad de la pantalla del ordenador veo tu carita en una foto de este verano con tus hermanos y tu madre. Ya hace tiempo que la tengo como salvapantallas y hoy, que he vuelto al trabajo, ahí estabas, mirándome con tus enormes ojos oscuros que siempre han parecido que preguntaban más que los ojos de otros niños. Y es que, claro, tú tenías que aprender más deprisa, porque tenías menos tiempo.

17 meses y diez días has vivido fuera del vientre de tu madre. 17 meses y 10 días maravillosos. Sí, ya sé que no han estado exentos de problemas y de momentos duros (sobre todo para ti): 3 operaciones a torax abierto, 3 cateterismos con anestesia total,, dos bronquiolitis, un par de infecciones, y la última breve y maldita intervención que quizás fue el desencadenante físico que se te acabó llevando de mi lado, de nuestro lado. Quizás tu cuerpecito se cansó de aguantar y prefirió descansar donde ya no hay más operaciones ni más agujas, ni más vías que coger, ni más gafitas de oxígeno, ni más sondas para alimentación, ni más batas blancas y azules que tú ya te conocías de memoria y que no te gustaban nada.

Cómo olvidar las veces que, recién salida de una operación, tenías 6 ó 7 cosas clavadas en tu cuerpo, entre drenajes, vías y sondas. A veces eras lo más parecido a un niño Jesús crucificado, pues encima estabas atadita de pies y manos para que no te tocaras nada.

Pero quien no te haya conocido o quien sólo te haya visto en alguna de las malas rachas, se ha perdido mucho de ti. No voy a decir que eras la niña más lista del mundo, pues eso sería una exageración provocada por el cariño en la que caemos todos los padres. Pero sí diré que eras una niña de 17 meses normal en lo intelectual, evidentemente retrasada en la motricidad, y, sin duda, muy, muy alegre y vivaracha. Y si no, ahí están tus hermanos para contar cómo te hacían reír a carcajadas, cómo te gustaba pedir que te pusiéramos música a todas horas, o cómo bailabas hasta con la música de los anuncios de la radio o con la de cualquier juguete. Revisando estos días fotos tuyas he constatado que, básicamente, eras una niña feliz y normal, como cualquier otra.

En fin, 17 meses y 10 días por los que sólo podemos dar gracias a Dios por el préstamo, aunque éste haya sido a tan corto plazo.

No hay palabras para describir el dolor que produce tu ausencia. No hay palabras para describir lo vacía que se ha quedado la casa a pesar de tus hermanos, o lo silenciosa y larga que es la noche sin escucharte en toda ella. ¡Cuántas noches me habré quejado de que no nos dejabas dormir, y ahoraŠ! En fin, no se puede explicar la soledad que tu madre y yo sentimos, siendo a la vez los más acompañados del mundo.

Sí, ya sé, estás en el cielo, con Jesús, con los santos, con los ángeles, con la Virgen María.

Sí, ya sé, estás en el cielo, con tu abuelo José María, con el abuelo de Pablo Sada, con el de Juan Romero, con el abuelo capitán, y con tantos y tantos que nos han precedido

Sí, ya sé, estás en el cielo, esperándome, preparando un sitio para tu madre, para tus hermanos y para mi si Dios tiene a bien en su infinita misericordia, permitirnos ir con vosotros algún día.

Sí, ya lo sé, estás en el cielo y muy, muy cerquita del jefe, puesto que no tenías ningún pecado. Y sé que ahora puedes interceder por los que aquí estamos de una manera muy especial y muy eficaz. Y sé que debemos rezarte a ti, como santa que eres para que nos consigas las gracias que necesitamos.

Sí, ya sé que estás en el cielo, y que cuando un santo sube al cielo, o simplemente cuando alguien se muere, los cristianos debemos estar contentos.

Y todo esto es verdad y así lo creo, pero, hija mía, duele tanto

Ayúdame tú a que el dolor se mitigue, porque lo que no es justo es que dejemos que el dolor empañe la verdad. A mí siempre me ha gustado pensar en una frase acerca de que lo que se ha visto en la luz no se debe negar en la oscuridad. Y la luz, lo que sé, en lo que creo, es todo lo que te he dicho hace un momento, aunque el dolor sea tan intenso. Y tendré que aprender a convivir con el dolor porque estas cosas son para siempre, pero ojalá sea un dolor sereno, seguro en la fe y en la esperanza de que un día nos encontraremos y ya será para siempre.

Me cuesta rezarte, porque te sigo viendo como un bebé, indefenso y necesitado, y no acabo de darme cuenta que ahora ya eres otra cosa y que estás en el cielo de otra manera.

Bueno, dame tiempo. Dame tiempo para conseguir rezarte como a lo que eres, un alma santa al ladito de Dios Padre. Dame tiempo para que la razón y la fe se consigan imponer a este dolor tan grande que aún me empaña el alma. Dame tiempo para aprender a amar, sí, amar, esto que Dios ha permitido en tu vida y en la mía. Sólo Él es, ha sido y seguirá siendo, Señor de tu historia, Señor de mi historia, Señor de la Historia.

Supongo hija mía que ya aquí viste la calidad de la gente que nos rodea. Sé que ahora además conoces de primera mano lo que hay en sus corazones. Verdaderamente hemos tenido una suerte inmensa de tener alrededor nuestro las personas que tenemos, tanto la familia, Yuly incluida, como los amigos. Todos son un regalo de Dios para los que no se han inventado palabras que describan mínimamente el agradecimiento que tú y yo sentimos. Ojalá algún día se invente la comunicación de corazón a corazón, de alma a alma, para poder decir cosas que hoy no se pueden decir con palabras. Cuídales a todos.

Cuida especialmente de tus abuelas. Supongo que ver morir a un nieto cuando uno ya ha vivido muchas cosas tiene que ser doloroso. Confórtalas.

Una palabra solamente acerca de tu madre. ¡Qué te voy a contar yo a ti que no sepas de lo que te quiere tu madre y lo que te echa de menos! ¡Qué decirte de las noches sin dormir por tu tos o de las noches de hospital, o de la diaria toma entre cinco y siete de la mañana! Y te cantaba y jugaba contigo para que comieras a esas horas. ¡Qué dura pelea paraŠ sólo Dios sabe para qué! Cuida mucho de tu madre, del hermanito que viene y de Ignacio y Leticia. Por cierto, el otro día Ignacio te dejó un regalito encima de tu tumba que seguro que ya has visto. Leti dice que te lo dará en mano cuando os volváis a ver. Y a esto Ignacio le contesta que al cielo se va desnudo. En fin, un lío.

Por mi parte vivo en un doble sentimiento. Amo esta vida que Dios me ha dado. Tengo una vida plena y feliz. Sí, profundamente feliz aunque no todos los momentos sean de carcajada. Tengo una familia y unos amigos que jamás soñé tener. Tengo una fe y una esperanza que me sostienen y me indican el camino a seguir y la meta que me espera al final del mismo si corro bien mi carrera. Y tengo un grupo que me ayuda a vivir en comunidad todo en lo que creo. Jamás he merecido nada de todo esto. Todo me ha sido dado gratuitamente por Dios Nuestro Señor. Y me gusta.

Pero por otra parte tengo muchas ganas de llegar a la meta prometida, de dejar de especular, de dejar de vivir de fe, y, por fin conocer el otro lado, de entender todo lo que por mi condición humana no puedo comprender. De volver a verte a ti y darte un abrazo muy fuerte sin miedo a hacerte daño en la herida de tu última operación. De conocer a los hermanitos que de la tripa de tu mamá se fueron directamente arriba sin que pudiéramos ni siquiera verles. De volver a ver a tantos seres queridos que seguro que están contigo, empezando por tu abuelo José María. Pero sobre todo, de encontrarme cara a cara con Dios, Padre amoroso, mi Hacedor, mi Creador, mi Señor, de quien he recibido tanto, sin merecer nada.

Esto, sin duda, será cuando Dios quiera y si su misericordia lo permite, pero como esa es infinita, esperamos que lo permita. Ojalá el día que me toque a mí, seas tú quien venga a buscarme de la mano de Jesucristo, con quien ya has compartido no sólo su Pasión y su Cruz (nunca mejor dicho en tu caso), sino también su Resurrección.

Hasta entonces, te quiere mucho,

Papá

Querida María:

... Cuánto hemos aprendido de ti, tan pequeña y tan maestra...

... Tan pequeña y tan maestra... porque Dios te escogió a ti para enseñarnos, que nuestros planes a veces no son los de Dios, y que de vez en cuando hemos de mirarle a Él para preguntarle si acaso estamos en lo que a Él le agrada

... Tan pequeña y tan maestra... porque Dios te escogió a ti para enseñarnos de cuántas cosas vanas nos quejamos cada día; cuánto nos complicamos la existencia corriendo hacia no sabemos muy bien dónde...

... Tan pequeña y tan maestra... porque Dios te escogió a ti para enseñarnos cómo nos quejamos de los dolores físicos, cómo nos complicamos la existencia cuando nos duele algo. Cuando te encontrabas mal, lo decías, sin más, lo llorabas, ... pero en cuanto pasaba el dolor o el malestar, buscabas los brazos de quien te quería, descansabas y volvías a sonreír con toda tu alma, como si no hubiera pasado nada...

... Tan pequeña y tan maestra... porque Dios te escogió a ti para sacarnos de nuestros munditos y abrirnos un horizonte de entrega y renuncia, que jamás hubiéramos imaginado... a los que estuvimos en la avanzadilla y a los que apoyaron en la retaguardia, con todo tipo de iniciativas para ayudarnos...

... Tan pequeña y tan maestra... porque Dios te escogió a ti para, por primera vez en el caso de muchos de los aquí presentes, aprender que los hijos sois un préstamo que Dios nos hace para que os guiemos hacia Él, durante el tiempo que Él permita paséis con nosotros...

Alguno pensará que Dios podía haber escogido a otro... pero, ya lo dijo el P. Florencio el pasado 28 de diciembre: no sabemos por qué, ni pretendamos saberlo, es un misterio que esperamos resolver algún día cuando nos volvamos a ver, cara a cara, y podamos abrazarnos ya por toda la eternidad. Esta es nuestra esperanza, esta es nuestra fe... Ahora que estás muy cerca de Dios, pequeña María, pídele que nos ayude a todos a vivir de cara a la eternidad, sin amarrarnos a las cosas de este mundo, con la mirada puesta en Él y con la seguridad de que, en su infinita misericordia y a pesar de nuestra debilidad, podremos volver a vernos un día y para siempre.

Sabemos que te quieres unir al agradecimiento de tus padres hacia todas aquellas personas que te han querido y cuidado en este año y medio: a los médicos, a las enfermeras; a la abuela y las tías que han pasado largas horas a tu lado en el hospital; al P. Florencio por su apoyo humano y espiritual constante; a todos los amigos y familiares que han rezado por ti y por tus padres; a los que se han volcado proponiendo planes para que descansáramos en fines de semana y vacaciones; a las amigas de la Farmacia que tanto se han preocupado por encontrar tus medicinas; a tus hermanos por las cosas que te han enseñado y las veces que te han hecho reír y pasarlo bien; a tantas y tantas personas que han llamado para interesarse por ti y por todos nosotros; y finalmente, a Dios por todo lo que hemos dicho al principio y por habernos regalado estos maravillosos y misteriosos diecisiete meses de tu vida.

Querida María: te enviamos esta carta con todos nuestros besos desde esta Eucaristía, Acción de Gracias, para que te llegue muy directa, de manos de Jesús y la compartas con Él y con la Virgen, con quienes ya tienes la suerte de pasar toda la eternidad. Amén



 

 
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