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Autor: Una ginecóloga de Estados Unidos
Cumplir las promesas
Testimonio de una mujer aparentemente estéril
 

Tenía veinticinco años cuando acabé mi carrera de medicina y me trasladé a Chicago para empezar un curso de medicina. No pensaba en casarme; había dicho no a dos propuestas de matrimonio durante los años universitarios y ciertamente no tenía interés en tener hijos. Estaba enojada con Dios por haberme creado mujer y tener que sufrir por una aguda forma de dismenorrea(1) desde que tenía doce años. Quise hacerme una histerectomía(2) durante mis años universitarios, pero no se me permitió por ser joven y no haber tenido hijos.

Más tarde Keith entró en mi vida. Keith había nacido en Grecia, el más joven de una familia de ocho hijos. Se quedó huérfano muy pequeño a causa de agitaciones políticas en su país. Vivió en la calle hasta que, a los nueve años, su tío se lo llevó a Estados Unidos. Esta mejora en su vida no duró mucho, a los dos años falleció su tío. Sin embargo, Keith no perdió nunca un fuerte sentido de familia, y su mayor deseo: tener su propia familia con muchos hijos.

A los treinta años, Keith había llegado a la desesperación. Pensó que no iba a encontrar nunca a la mujer de sus sueños, y entabló una relación con una mujer a la que no amaba de veras, pero lo hizo para poder tener hijos. Sin embargo, después de haberlo pensado bien, rompió el compromiso antes de casarse. Y fue entonces cuando le suplicó a Dios diciendo: "Dame a una mujer a la que pueda amar para toda la vida y renunciaré a lo que más quiero en la vida: a tener hijos". Dos años más tarde nuestras vidas se cruzaron y a pesar de que no acepté la primera propuesta de matrimonio de Keith y me fui a Chicago como había planeado, él no renunció a esperar. Me dijo que aunque yo no estuviera enamorada de él, él me amaría para siempre y que Dios proveería. Seis meses más tarde nos casamos.

Discutimos sobre el tener hijos y acordamos en tener, por lo menos, dos. Ya que yo tenía 25 años y él 32 decidimos no aplazar el embarazo. Tras un año de intentos sin éxito para quedarme embarazada, usé mi conocimiento en medicina y el manual de la Liga de Pareja a Pareja, el Arte de la Planificación Familiar Natural, para empezar a trazar mis ciclos con la esperanza de quedarme embarazada.

El trazado reveló que todo estaba perfecto y que mis condiciones eran perfectas. También el informe médico de Keith era normal. Tras un segundo año, me hicieron una laparoscopia y un histerosalpingograma(3) que revelaron que las trompas estaban unidas.

Esta noticia no me hizo infeliz, pero a Keith sí. Renunciamos a que me quedara embarazada y no perdimos más tiempo con mis trazados. En lo cuatro años siguientes Keith expresó a familiares y amigos su decepción por no tener hijos.

Seis años después de nuestro matrimonio, un día por la tarde, Keith compartió conmigo una conversación que tuvo con una persona conocida quien le sugirió que se divorciara para casarse con alguien capaz de darle hijos. Y por primera vez me compartió la promesa hecha de renunciar a los hijos si Dios le hubiera concedido el don de una buena mujer. "Sabes", me comentó, "no pensé nunca en guardar esta promesa, porque ambos venimos de familias sanas y numerosas. Pero Dios fue fiel a lo que le pedí te puso en mi camino y he decidido tenerte a ti, así que me imagino que tengo que aceptar mi parte y reconciliarme con la idea de un matrimonio sin hijos".

Esto me emocionó y pedí perdón a Dios y a mi marido por desear la infecundidad. Rezamos juntos y aquel mes me quedé embarazada. En noviembre de 1980, en la semana de Acción de Gracias, nació nuestro hijo. Le pusimos el nombre de Juan, como el Apóstol a quien Jesús amaba y como Juan Bautista, cuya concepción fue un milagro.

A Juan le amamanté yo y mis ciclos volvieron doce meses después del parto. Pensando en nuestra anterior falta de fecundidad, decidimos no aplazar otro embarazo que Dios hubiera querido concedernos. Nuestra hija Isabel nació el día de Navidad de 1982. Otra vez pasé por un año de amenorrea(4), seguido de tres años de ciclos regulares, pero infecundos.

Pero los niños me habían convertido. Quería más hijos. En mi práctica médica, había dejado de hacer referencia al aborto, no ponía más espirales y ni siquiera prescribía píldoras para el control de la natalidad. Esto me perjudicó tanto entre los pacientes como frente al director del hospital. Se me pidió que dejara fuera del hospital mis principios morales. Decidí, entonces, volver a tener consulta privada, de la que podía ser mi proprio jefe. Empecé a dar cursos de planificación familiar natural y a promoverla en las parroquias católicas locales.

Fue en ese mismo período cuando Keith sintió que Dios le llamaba a guardar otra promesa que hizo en Grecia. Prometió a Dios que si Él le protegía, una vez casado Keith hubiera adoptado a un huérfano griego, siempre que sus condiciones financieras le hubiesen permitido afrontar esta responsabilidad.
Cuando Keith recordó la promesa tenía 43 años y trabajaba como abogado, estaba casado y tenía dos hijos. Teníamos nuestra propia casa, y además él su bufete de abogado, yo mi consulta, y Keith pensó que había llegado el momento de cumplir su promesa. Otra indicación de que esto podía ser lo que el Señor quería de nosotros es que nuestra infecundidad volvió a aparecer. Investigamos la situación y los trámites necesarios para adoptar a un niño y traerlo a Estados Unidos. Nuestros dos hijos, de cuatro y seis años respectivamente, estaban locos de contentos ante la idea de tener un hermanito. Pensamos en una niña de dos a diez años de edad, porque nos parecía más fácil. Fuimos a visitar todos los orfelinatos de Grecia. Había docenas y docenas de niñas, pero encontramos siempre obstáculos a nuestra adopción. Al final le dije a Keith: "Podríamos adoptar a un niño discapacitado, porque a ellos no hay dificultad en adoptarlos". Pero Keith no quería considerar esta posibilidad. "No sería nunca capaz de amar bien a un niño así", me dijo. "Sentiría siempre tristeza por él".

Volvimos a casa con las manos vacías, pero pronto recibimos la gracia de un tercer hijo: ¡un niño discapacitado! Nació prematuro de seis semanas con el síndrome Down. Yo había tenido un embarazo difícil: tuve diabetes durante la gestación, una infección de sinusitis crónica y la proteína alfa fetal anormal(5).

Keith estaba anonadado. No se atrevía a mirar ni a tocar al niño. No me habló por dos semanas, excepto para decirme: "Eres médico, sabías que el embarazo no era normal. Habrías podido hacer algo".

Keith ni siquiera me ayudó a buscar un nombre para nuestro hijo, así que le llamé Antonio, sabiendo que iba a necesitar a un poderoso protector en el cielo.

San Antonio vino en ayuda de su pequeño homónimo y Tony, poco a poco, le robó a su padre el corazón. Se hicieron inseparables, porque al contrario de niños físicamente normales que, a veces, pueden ser reticentes, Tony amaba espontánea e incondicionalmente. Ahora me sentía llamada a hablar en contra del aborto y a dar mi testimonio personal de cara al valor de las personas discapacitadas.

Amamanté a Tony por nueve meses, período en el cual me quedé otra vez amenorreica. El Señor debe haber sabido que necesitábamos más tiempo para estar con Tony por sus problemas de salud y por sus sesiones diarias de terapia. Por esto permitió dos años más de infecundidad, antes de ponernos a prueba.

Pero esta vez habíamos aprendido a confiar en que Dios sabe lo que hace, y sabíamos que no nos iba a pedir algo superior a nuestras fuerzas. Habíamos aprendido también a valorar a los niños como lo único que tiene un valor eterno en esta vida: en un cierto sentido, como lo único que nos podemos llevar al cielo. A la luz de nuestra historia de infecundidad vivida en el pasado, no éramos muy optimistas sobre la posibilidad de quedarme otra vez embarazada, sabiendo que la fecundidad mengua con la edad.

Así que tuvimos una agradable sorpresa cuando, a los cuarenta y un años, me quedé embarazada por cuarta vez. El test prenatal indicaba a otro niño con síndrome Down. Me horrorizaba el tener que comunicar esto a Keith, pero Tony había convertido espiritualmente a su padre. Keith me agarró de la mano y me dijo: "Sea lo que sea, con la ayuda de Dios, lo podemos afrontar".

La desaprobación que vino de la gente fue fuerte. "Un cuarto hijo", "a tu edad", "ya tenéis a un niño retrasado mental", "ya sabes que puedes interrumpir el embarazo…" Rezamos, y continuamos a testimoniar el valor de la vida, también en la dificultad.

Nuestro cuarto hijo nació en la fecha prevista, perfectamente sano de mente y de cuerpo. La llamamos María, fue otro precioso milagro de Dios. Dejé de amamantar a María cuando tuvo un año y volví a tener mi ciclo menstrual.

Han pasado siete años desde el nacimiento de María. Como siempre, hemos dejado nuestra fecundidad enteramente en las manos del Señor, ya que él sabe mejor que nosotros qué podemos afrontar y cuándo.

A mis cuarenta y ocho años, puedo darme cuenta por todas las señales usuales que estoy en la fase pre-menopáusica y que ya no tengo las hormonas necesarias para quedar embarazada. Pero todo es posible para Dios si en nuestra vida le dejamos espacio para actuar.

Pienso que uno de los mayores obstáculos para las parejas es que llegan al matrimonio, al igual que yo, considerando a los hijos como una carga que hay que evitar y no como un don que recibir. Somos productos de una cultura que no quiere a los niños. Pero cuando nuestro corazón se convierte y ve a los niños no como una carga sino como un don, hasta un embarazo anormal deja de ser problema.


Notas:

1. La dismenorrea es un trastorno que produce ciclos menstruales acompañados de dolores intensos.

2. Extirpación quirúrgica del vientre.

3. La laparoscopia es el procedimiento quirúrgico que consiste en insertar un telescopio de fibra óptica para examinar los órganos internos de reproducción y para ver si es posible proceder a una microcirugía. El histerosalpingograma es un procedimiento usado en el curso de la laparoscopia y que consiste en inyectar un tinte de color para examinar la anatomía del útero y las trompas de Falopio. Si no hay bloqueo, se observa que el tinte fluye a través de las trompas de Falopio.

4. Amenorrea significa "sin flujo menstrual". En este caso se debía a la lactancia del recién nacido.

5. La proteína alfa fetal es un test de la sangre que se hace a las mujeres con más de 40 años de edad. Su anormalidad indica la posibilidad de un defecto genético o de un niño anormal.

 

 
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