Autor: Carlos Portillo Scharfhausen | Fuente: Catholic.net En la muerte del sexo, puede vivir el amor
Nunca sentí mi amor incompleto porque no hubiera sexo
En la muerte del sexo, puede vivir el amor
Mi mujer, querido Carlos, era una chica encantadora. Guapa. Tiposa,
con el tipo esbelto, fino y delicado que a mí
me apasiona, rostro dulce y sonriente, faz algo alargada y
de suave y fino mentón, inteligente y despierta, alegre y
siempre contenta, sí con algo de genio y carácter que
la hacían aún más mujer, farmacéutica por Granada con notas
excelente.
Fuimos novios tres años. A veces por carta mientras
estudiábamos. Noviazgo feliz y compenetrado, compartido entre ratos juntos, conversaciones
eternas, caricias amorosas y tiernas, paseos de la mano deliciosos,
excursiones en coche por todos los alrededores, y ratos de
música, cine o estudios.
Nos casamos y nuestro viaje de
novios fue pleno y completo. Lleno de sueños compartidos, de
hijos vislumbrados y deseados. Exuberante, apasionado, vehemente, entregado. Compenetrados en
cuerpo y alma. Feliz. Ella gozaba de una salud maravillosa
y una vitalidad y alegría desbordante y contagiosa.
Volvimos
a nuestro chalecito adosado de Madrid, Las Rosas, y empezamos
la vida normal y ordinaria. Trabajábamos los dos. Yo la
llevaba y recogía de su trabajo al ir a Madrid.
Un día muy al poco tiempo, empezó a quejarse de
un fuerte dolor en el pecho. Nos asustamos. Fuimos al
médico. El dolor duraba y se hacía intenso. Más pruebas.
Y al fin, como una explosión dolorosísima, la realidad: cáncer
irreversible de pulmón con metástasis muy extendida.
De la exuberancia del
sexo pasamos al cariño compartido y al acompañamiento en el
dolor. Cada fibra de su cuerpo era para mí una
caricia amorosa de dolor común. Creo que en mi
alma yo sufrí todo el dolor de la enfermedad
cebándose en su carne.
Deseo, ninguno. El cariño, el respeto a
sus sufrimientos, el envolverla toda en mi ternura, no le
permitía brotar, aunque yo supiera que estaba ahí agazapado en
un rincón de mi amor. ¡Cuántos meses de sufrimiento y espera!
¡Qué serenidad la suya ante la muerte próxima y segura!
Su único dolor, era el dolor que el suyo producía
en mí. Del propio ni acordarse.
Seis meses después
fuimos a enterrarla en el pequeño cementerio de Villaviciosa de
Odón. Yo sé bien, Carlos, que el sexo fue
una parte importante de mi amor por Pilar. Pero mi
amor por ella, sin sexo ni deseos sexuales fue y
es un amor auténtico, completo, pleno, humano, de pareja, de
comunidad de amor entre los dos. Nunca sentí mi
amor incompleto porque no hubiera sexo. Me hubiera parecido criminal
despertar una pasión que ni yo podría satisfacer ni ella,
agotada por la enfermedad, recibir.
No faltó nada ni ante
mi persona, ni ante mis deseos, ni ante ella, ni
ante los hombres ni ante Dios.
Ella estará siempre plenamente
en mi amor y en mi corazón.
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