Autor: Guillermo Urbizu | Fuente: Catholic.net El Amor en Tiempos de Inquina
Aprender a querer no es un ejercicio fácil. Lo parece, pero no lo es. Exige olvido de uno mismo, paciencia, exquisito cuidado de los detalles. En definitiva, desprendimiento de lo propio.
El Amor en Tiempos de Inquina
No pienso corregir nada de lo que aquí escriba, que
lo sepan. Renuncio de antemano a esa posibilidad, porque quiero
que estas líneas sean -ojalá lo fueran- como un ramillete
de flores silvestres. Es decir, variadas en su colorido y
textura, naturales, desdeñando toda retórica insustancial. Así de sencillo. ¿El
motivo? La verdad es que no sabría explicarlo muy bien.
Simplemente ella. Ella, Ana, mi mujer. Una criatura de fuerte
carácter, no lo negaré, pero con un corazón que me
hace vislumbrar la entraña más humana de las cosas, esa
belleza que trajina entre los niños, los excesivos libros y
la casa. Porque soy muy consciente de que la coherencia
de la creación pasa por sus manos cuando acarician. Y
esto me ayuda a comprender, a saber leer en sus
ojos la mirada cercana de Dios.
Sí, Ana es mi mujer.
Y todo en mi vida pasa por ella. Absolutamente todo.
Pasado, presente y futuro se funden por ejemplo en el
encanto de su cuello, enhiesto de gracia y de pureza.
No tengo nada que aguantarle, ni la soporto a contrapelo,
simplemente la quiero. Sin evasivas o afectación. Lo escribo de
nuevo para que quede claro: la quiero. El amor no
cansa. Es una presencia que fortalece el alma y hace
más vivos los colores. Transforma el cotidiano sacrificio en un
gozo extraordinario. A pesar de los pesares. El amor es
nuestro verdadero hogar, sin hipotecas ni melindres. Con vocación de
infinito.
En muchas ocasiones me quedo mirándola absorto. Como si
fuera la primera vez. Como se mira el flamear de
los sauces o la caligrafía de la lluvia. Como se
contempla el escorzo de la luz o la geografía de
lo sublime. Y me parece mentira que la bienaventuranza se
encarne en tan elegante porte, por otra parte tan frágil.
La miro sin descanso, imaginando en ocasiones lo que hubiera
sido de mí sin ella, o las pocas veces
que le agradezco su generosidad con algún detalle. O con
un beso. Es triste decirlo, pero nos acostumbramos al milagro.
Al menos a mí me ocurre. El egoísmo prende en
uno cuando menos se espera, dando por supuesto demasiadas cosas,
descuidando la magnitud del compromiso.
Ana, mi mujer, posee la
pedagogía del cariño. Es catedrática en dicha materia. Yo no
hago si no tomar apuntes con premura, apasionadamente, día a
día. Aprender a querer no es un ejercicio fácil. Lo
parece, pero no lo es. Exige olvido de uno mismo,
paciencia, exquisito cuidado de los detalles. En definitiva, desprendimiento de
lo propio. Es entonces cuando el amor alcanza su madurez,
y uno comprende que la felicidad en realidad se llama
Ana.
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