Autor: Effy De Lille | Fuente: GAMA Vivir en clave de amor
30 años de sí sostenido
Vivir en clave de amor
Pedro y Yoly se conocieron estudiando juntos la carrera. Ella,
risueña pianista de afición. Él, portero estrella de la universidad.
Un 31 de diciembre se hicieron novios sin necesidad de
palabras de por medio. Con el paso de los meses
comenzaron a hablar de boda, pero no hubo anillo de
compromiso porque no había dinero. En los siguientes semestres de
la carrera comenzaron a trabajar y a ahorrar para poder
conseguir juntos lo que formaría su hogar. Por fin, se
casaron el 1 de diciembre de 1976: él de 25
y ella de 22; y ese día comenzaron a vivir
la aventura de amor que hoy está a punto de
cumplir 30 años de felicidad. Con orgullo puedo decir que
ellos son mis padres.
Los aniversarios son fechas que nos llevan
a volver la mirada atrás y hacer un recorrido por
la propia vida. Ahora que mis padres (van a cumplir)
cumplen 30 años de casados he querido mirar el camino
que ellos han recorrido juntos. Con alegría he encontrado innumerables
lecciones que mis padres me han dado sobre el amor
no sólo con sus palabras, sino con su luminoso testimonio
de matrimonio que, después de tantos años juntos, es más
feliz que nunca.
Como todos los esposos, éstos han tenido momentos
de renovación de su amor y de dificultades… ¡Cuánto trabajo
les ha costado aprender a dialogar con serenidad o decidirse
a anteponer su matrimonio a las respectivas parentelas! Pero al
final siempre el amor ha sido, es y será más
fuerte. Y ese es su mensaje de esperanza: que el
amor matrimonial triunfa si se le apuesta con todo el
corazón. Como tributo a su vida y agradecimiento por todo
lo que me han enseñado con su ejemplo, quisiera compartir
algunas lecciones sobre el amor matrimonial que he aprendido de
ellos a lo largo de estos años.
1. El amor todo
lo espera.
Mis padres han sabido vivir la espera paciente desde
antes de que comenzara su matrimonio. Primero, fueron novios cinco
años pues no tenían los medios para casarse. En aquella
época no eran comunes los noviazgos de larga duración. No
contaban con nada para empezar y tenían que conseguirlo poco
a poco y con esfuerzo, pero no se desanimaron. Mi
madre era la segunda de siete hermanos y mi padre
el único varón de su familia. Ninguna de las familias
podía ayudarles con los gastos, pero ellos decidieron que solos
pagarían su boda y armarían su pequeño hogar. Y así
pasaron cinco años hasta el día esperado.
Sin embargo, la espera
más difícil que han tenido que pasar comenzó justo al
casarse. Soñaban con formar una familia y, aunque la situación
económica no era holgada, no tardaron en desear que los
hijos llegaran como fruto de su amor. Así pasaron dos
años, luego tres… y los hijos no llegaban. La tristeza
que vivían secretamente por no poder tener hijos luego se
convirtió en pública al pasar los cinco, seis y siete
años de casados. La economía se estabilizó, pero no había
pequeñines a quienes amar. Tuvieron que soportar muchos comentarios –
quizá bien intencionados, pero siempre dolorosos – por la ausencia
de hijos.
Cuando todos los daban por estériles, ellos esperaban contra
toda esperanza. Ciertamente, hubo momentos de tensión y de intenso
sufrimiento pero ellos no permitieron que la dificultad fuera más
fuerte que su amor. Así llegaron a los siete, ocho
y nueve años de casados. Hasta que por fin, a
los casi 32 años de mi madre, su espera de
nueve años se vio premiada con el nacimiento de dos
bebés: primero yo y al año siguiente de mi hermano,
Raúl.
2. El amor todo lo soporta.
Como todo matrimonio, mis padres
han pasado por duras pruebas que han logrado fortalecer y
madurar su amor en el sufrimiento hasta hacerlo el amor
puro y fecundo que es hoy. Y creo que una
de las más duras pruebas que puede enfrentar cualquier padre
es la de perder a un hijo.
Después de seis años
de esperarlo con ilusión mis padres lograron por fin concebir
a un hijo. ¡No cabían en sí de alegría! La
noticia fue recibida con gran emoción por ambas familias, pues
todos pensaban que ya no lograrían tener hijos. Mi madre
y una cuñada suya también embarazada compartían la alegría. Sin
embargo, después de tres meses de gestación, mis padres perdieron
al bebé que tanto amaban y tanto habían esperado… y
volvieron a encontrarse solos.
Sólo ellos saben el dolor que experimentaron
al ver partir al hijo que nunca pudieron abrazar y
con el que sólo habían podido soñar. Muchas parejas que
no pueden tener hijos o que sufren la pérdida de
uno de ellos terminan separándose, porque es una situación extremadamente
dolorosa para el matrimonio. Sin embargo, su amor fue más
fuerte que el dolor y una vez más los mantuvo
unidos en la dificultad. Sabían que el amor que se
habían prometido incluía las dificultades así como los momentos de
alegría y soportaron la prueba, juntos.
3. El amor todo lo
disculpa.
Cuando por fin llegaron los hijos al hogar, llegó la
alegría que tanto deseaban y con ella nuevos retos para
los esposos. Educar a los hijos nunca ha sido tarea
fácil y mis padres tuvieron muchas diferencias al respecto, incluso
grandes discusiones, pero siempre su amor era capaz de sanar
las heridas y perdonar las ofensas recibidas.
Recuerdo una ocasión en
que mi madre no quería ir a una fiesta familiar
y mi padre insistió en ir con los niños. Mi
madre, siempre aprehensiva, estuvo de acuerdo, con la condición de
que mi padre nos cuidara en la fiesta. ¡Cuál sería
su espanto (y su enojo) al ver a mi padre
regresar a casa a mi hermano con un chichón grandísimo
porque se había descuidado un ratito y lo había atropellado
una bicicleta! Pero al final lo perdonó, porque el amor
al siempre perdona.
Han pasado 30 años desde que comenzaron a
vivir en su primer hogar, un pequeño departamento rentado, y
hasta la fecha mi madre se tropieza con los zapatos
que mi padre deja tirados en la recámara. Después de
incontables discusiones sobre el cuidado de los vehículos desde que
tuvieron su primer automóvil de medio uso, mi madre sigue
olvidando ponerle gasolina al coche. La lista de “defectos” de
uno que molestan al otro es interminable, pero ellos han
aprendido que el amor todo lo disculpa.
4. El amor todo
lo puede.
Podría seguir enumerando anécdotas de mis padres, pero creo
que el mensaje principal que me han enseñado es que
el amor todo lo puede. Creo que ninguno de los
dos se imaginó que algún día podría llegar a los
30 años de casados y reírse ahora de todas las
dificultades de antaño. Recuerdo que de niña, cuando oía a
mis padres discutir, uno de mis temores más grandes era
un día se divorciaran. Pero su amor ha podido y
podrá mantenerse firme.
Mi madre tal vez nunca se imaginó que
tendría que pasarse medio día en el automóvil llevando y
trayendo hijos de la casa al colegio y a las
clases vespertinas. Pero pudo hacerlo por amor durante muchos años,
hasta que mi hermano y yo pudimos desplazarnos solos. Mi
padre se imaginó que sería un padre celoso y que
sacaría a patadas a cualquier pretendiente que se acercara a
su hija, pero por amor ahora ha llegado a comprender
la etapa en que los hijos comienzan a pensar en
formar su propia familia.
Sobretodo es en su propia relación donde
han visto que el amor ha triunfado y ellos han
podido avanzar. No sin trabajo, no sin retrocesos, mis padres
han aprendido a llevar su matrimonio por encima de cualquier
injerencia externa, han aprendido a dialogar para resolver sus diferencias,
han aprendido a darle gusto al otro. Así es como
mi madre hoy puede acompañar a mi padre a ver
un partido de fútbol aunque no le guste ese deporte
y mi padre puede acompañarla a un concierto de diez
pianos sólo para quedarse dormido, pero darle gusto. Porque han
descubierto que todo es posible por amor.
5. El amor nunca
pasará.
Lo último que puedo asegurar es que, aunque pasen otros
30 años y mis padres quizá ya no estén entre
nosotros, su amor nunca pasará: porque su amor vive en
aquellos a los que han amado. Su amor permanecerá en
los frutos de su amor (mis dos hermanos y yo)
y en todos aquellos que les conocen y que han
aprendido también del testimonio del amor de uno por el
otro.
Estoy segura de que el mundo es diferente porque
ellos se aman y no sería igual si ellos nunca
se hubieran conocido. Para poner un ejemplo de lo mucho
que han amado, puedo decir que además de a mi
hermano y a mí, han crecido como si fueran sus
hijos a unos cinco sobrinos suyos. Durante mi niñez no
era extraño que algún primo mayor viviera en nuestra casa
bajo su cuidado, mientras se resolvía alguna situación de su
propia familia. Así, el amor de mis padres vivirá en
éstas y todas las personas que han tocado.
Mi padre, tras
30 años casado con una pianista, no sabe la diferencia
entre clave de sol y clave de fa, pero sí
sabe que la melodía de su matrimonio ha sido en
clave de amor; y mi madre tal vez nunca logre
explicarle que es lo mismo re bemol que do sostenido,
pero ambos saben que han vivido 30 años de sí
sostenido… desde aquel feliz sí que se dieron el 1
de diciembre de 1976.
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