Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Amar sin límites
El amor no puede vivir según los parámetros de lo inmediato, de lo fugaz, de lo anecdótico
Amar sin límites
No siempre es fácil distinguir entre sentimientos y amor sincero.
A veces alguien nos cae simpático, nos gusta pensar en
él, sentimos una cierta plenitud cuando está a nuestro lado.
En los casos en los que este alguien es del
otro sexo, nos podemos preguntar si se trata sólo de
simpatía, de amistad, o si me acabo de encontrarme a
aquel que puede llegar a ser mi esposo o mi
esposa. Quizá entonces sentimos algo de temor a emprender los
pasos necesarios que llevan al noviazgo y, si todo va
bien, a ese matrimonio que resulta más imprevisible que una
quiniela en la que ni siquiera sabemos qué equipos van
a jugar esta semana...
Por eso, a la hora de pensar
si estoy ante la persona que podría compartir conmigo toda
la existencia, debo detenerme unos momentos para pensar en serio
lo que voy a hacer. Si estoy en un enamoramiento
inicial, lleno de emociones y de simpatía, la maduración del
amor me exige entrar en ese núcleo interior, el del
corazón y la voluntad, desde el que se toman las
decisiones que orientan en profundidad la vida de cada hombre.
El
amor verdadero lleva mucho más lejos que el simple enamoramiento.
Lo propio del amor es el darse de un modo
total al otro, a la otra. La totalidad del amor
exige integrarlo todo, sentimientos, sueños, emociones, voluntad e inteligencia, en
la entrega al otro. Por eso no puedo decir que
amo a una persona simplemente porque resulta eficaz cuando trabajamos
juntos, o porque tiene muchas ideas para llenar el tiempo
en nuestras conversaciones, o porque enciende mi corazón con emociones
más o menos intensas. El amor me hace decirle a
la otra persona que yo soy todo para ella y
que ella es todo para mí. Sin discusiones, sin alternativas,
sin puertas de emergencia: un amor verdadero no pone límites.
Por
eso el amor que lleva a darse no es fácil.
El mundo de hoy nos ha acostumbrado a decisiones provisionales,
a emociones pasajeras, a aventuras pasionales, de ocasión. El amor
no puede vivir según los parámetros de lo inmediato, de
lo fugaz, de lo anecdótico. Cuando una pareja se quiere
de verdad se compromete a fondo, en serio.
La plenitud
del compromiso, el matrimonio, es tan fuerte que es capaz
de permitir, si Dios lo quiere, el nacimiento digno de
los hijos, ese nacimiento que es fruto de un amor
que no se deja vencer por el miedo o la
rutina.
El mundo necesita el testimonio de enamorados. Muchos de nuestros
padres nos han enseñado, con su ejemplo, lo que es
amarse hasta la enfermedad, hasta el dolor, hasta la prueba.
Otros, no pocos por desgracia, han presenciado esa amarga tragedia
de unos padres que viven en esa continua guerra civil
que muchas veces termina en el momento trágico del divorcio.
Un divorcio que no soluciona nada, sino que declara el
fracaso de un amor que, en muchos casos, era al
inicio sincero.
Dos enamorados de verdad no se casan con el
horizonte de la derrota como posible etapa de sus vidas.
Dos enamorados de verdad lo dan todo por el otro,
por la otra, porque el amor implica darse sin miedo.
Donde hay miedo no hay amor completo. El miedo lleva
a reservarnos algo por si las cosas no van bien,
a esconder un bote salvavidas con una sola plaza: lo
que le pase al otro no nos importa... Quizá por
ese miedo algunos no se casan nunca: prefieren su libertad
egoísta a la aventura emocionante y dichosa del darse y
del recibir hasta la muerte.
Amar es posible. Más aún, amar
es necesario. La plenitud de la vida humana se encuentra
en el amor. Donde no hay amor, la muerte empieza
su trabajo de destrucción y de amargura. Por eso el
amor es más fuerte que la muerte, y llena a
los esposos enamorados con una paz profunda y sincera, una
paz que no termina ni con el dolor, ni con
las pruebas, ni con el desgaste del tiempo que sólo
arrutina a los que no saben amar sin límites.
El amor
es temible porque es omnipotente. Por eso Dios no se
cansa de los hombres. Vence nuestros pecados porque nos ama.
La cruz de Cristo es la imagen de su amor.
Los cristianos, que creemos en el amor, podemos vivir el
matrimonio en plenitud de paz y de alegría. Sabemos lo
que es darse hasta la muerte, perdonar y comprender, lo
que significa amar sin egoísmos, como Dios ama. Aquí se
encuentra el camino más seguro para la alegría matrimonial: amar
como Dios ama. Ese es el camino para alcanzar la
felicidad que tanto anhelan los esposos que, sin límites, inician
el camino de la mutua entrega en el amor.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
tE FELICITO Y TE AGRADEZCO POR LA CLARIDAD DE LOS CONCEPTOS, ME GUSTARÍA Que nos preparaces alguno sobre las cuatro dimensiones en que se vive la fidelidad,según lo explico el papa juan pablo II
en una de sus visitas a México.
esta idea la empleamos mucho mi esposa y yo en los encuenteos conyugales. saludos y gracias desde este méxico.
es muy importante saber el sentido verdadero del amor ya que en la actualidad se ha degradado esta palabra sólo al placer. me parece importante rescatar esta parte del amor de entrega sin limites, amar como Cristo nos amó creo que éste es el reto para los matrimonios actuales.