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Recuerda: No eres ni buena ni mala. Todo depende del uso que se haga de ti. Como se dice por tus redes: “el problema no es la máquina sino el hombre que la usa”
Querida www, tienes un e-mail
Desde que hace años me sumergí en tus redes, nuestra
historia en común me ha resultado fascinante.
Es verdad que tu
mundo virtual no es fácil de entender y que
tiene implicaciones preocupantes, obscenas y peligrosas, pero no me parece
justo que te satanicen por ello.
Sé que puedes ser una
fantástica herramienta para la educación y el entretenimiento de nuestros
pequeños, e incluso no tan pequeños, aunque deberás andarte con
cuidado con los intrusos malévolos que te quieren perjudicar. No
los dejes entrar. No les permitas que pongan al alcance
de nuestros niños, y no tan niños, contenidos nocivos
para su salud física y moral, ni que algún depravado
les haga daño. Y si lo hacen, busquemos los
medios oportunos para sacarlos de tu casa inmediatamente. Nosotros te
ayudaremos. No te preocupes.
Sin embargo, no te debe molestar que
muchos padres se informen sobre ti para encauzar a sus
hijos en una correcta y prudente utilización de la red.
Debes entender que tu fácil accesibilidad y el anonimato
o disfraz que muchos utilizan para navegar por tus redes
nos preocupa a os que tenemos la responsabilidad de educar
a nuestros hijos. Aunque eso no nos impedirá dar la
voz de alarma para cerrar, modificar o filtrar contenidos que
nos perjudiquen o nos aíslen.
Recuerda: No eres ni buena
ni mala. Todo depende del uso que se haga de
ti. Como se dice por tus redes: “el problema no
es la máquina sino el hombre que la usa”. Aunque
asumo que es difícil de comprender para los que te
ven como algo desconocido, complicado, agresivo e incluso peligroso. Muchos
de ellos se ven “obligados” a adaptarse a ti como
meros usuarios. Tu nuevo lenguaje, tus pautas de comportamiento y
tu cultura son desconocidas para ellos. Dales tiempo.
Pero hoy no
me gustaría hablar de esto. Escucha. Llevo varios años editando
la sección de “Cartas al director” de un medio digital
que tu albergas. Esta tarea es uno de los mayores
regalos que me han ofrecido en mi vida, te lo
aseguro.
Conocer las opiniones de gente humilde, sin pretensiones,
pero maravillosa, que abren su corazón sin pudor para ofrecernos
su sabiduría popular, tan necesaria en estos tiempos que corren,
porque saben que lo que ofrecen es algo bueno para
el que lo lee, es un privilegio inmerecido, te lo
aseguro.
Es más, no tengo palabras para definir a todas esas
mujeres y hombres que trasladan sus preocupaciones, denuncias y sentimientos
a todo aquel que quiera escucharles, con la única pretensión
de dignificar nuestro mundo y, por qué no, cambiarlo.
Sólo sé me ocurren palabras de agradecimiento. Sí. Tal vez
ellos no son conscientes pero, con cada una de sus
cartas, me transmiten una información que me resulta gratificante y
me enriquece como persona. Considero que , editar y comentar cartas
en los diarios digitales, participar en foros o bitácoras, e
incluso, lanzarse a regalar tus opiniones a todo aquel que
quiera escucharlas, no sólo es una nueva manera de comunicarte
con otros internautas, sino que es un modo de comprender
la vida, de conocer y tratar a gente buena, de
recibir calor en momentos de dificultades, de acortar las distancias
con los que tenemos lejos y de intercambiar opiniones con
personas con las que de otro modo no hubiéramos tenido
oportunidad de contactar.
Sumergida en tus redes he conocido a gente
muy valiosa. Hombres y mujeres valientes, comprometidos, alegres. Personas buenas,
muy buenas, que escondidas tras una página web cualquiera, y
sin querer protagonismo ni reconocimiento alguno, te utilizan con sabiduría
para compartir “riquezas intelectuales y culturales”, orientar, ayudar y
crear opinión que ayude a “Buscar la Verdad para
compartirla”, como nos recordó Benedicto XVI a los periodistas hace
unos meses.
Querida amiga, siento haberme extendido demasiado. Sí, ya
lo sé, el tiempo es oro. Pero, ¿me dejas que
termine contándote una historia que albergas en algún rinconcito de
tu casa?
Te gustará.
"En una iglesia de una aldea alemana tenían
un Cristo muy bonito y valioso. Estaba crucificado y la
gente le tenía mucha devoción. Durante la Segunda Guerra Mundial
cayó una bomba y, al explotar, le arrancó los dos
brazos. Al final de la contienda, los del pueblo se
planteaban restaurarlo. Pero alguien sugirió dejarlo como estaba, sin brazos.
Se aceptó la propuesta e incluyeron una leyenda explicativa que
decía así: “Vosotros sois mis brazos”. Así nos recuerda a
todos que Jesucristo tiene necesidad de nosotros para seguir su
misión en la tierra."
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