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Discursos y Cartas para la Familia | tema
Autor: Maru Ruano
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México
En la Catedral Metropolitana, con motivo del día de la familia 1° de marzo de 2008
 
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México
Homilía pronunciada por el Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México
Queridos hermanos y hermanas fieles laicos de Cristo Jesús, queridas familias de México, queridos hermanos en el ministerio sacerdotal.

En este primer domingo de marzo, como desde hace varios años, celebramos el día de la familia. Saludo a los representantes del Consejo De La Comunicación que cada año convocan a la sociedad mexicana a reflexionar sobre una de las realidades más importantes y al mismo tiempo más cotidianas de nuestra vida: la familia, que es la unidad formada en cada uno de los hogares por los padres y los hijos, núcleo indispensable para la formación de los ciudadanos de nuestro país y de los cristianos en nuestra Iglesia de México. Saludo también a los representantes del Pontificio Instituto Juan Pablo II Para La Familia con quienes acabamos de tener un acto de homenaje a este gran defensor de la familia y de la vida.

La necesidad de escuchar y escucharse en familia, es particularmente sentida en la actualidad, en una sociedad marcada por los medios de comunicación y por las mil maneras de relacionarnos entre los seres humanos. Sin embargo, descubrimos con tristeza, que en una sociedad de tanta comunicación, el aislamiento y el individualismo pueden ser enfermedades terribles en la vida familiar. En vez de vivir conectados entre nosotros, vivimos conectados a los aparatos que la tecnología nos ofrece. En vez de tener el corazón abierto a la comunicación con los demás, lo tenemos bloqueado, como saturado, por tantas cosas que nos alejan de las personas que deberíamos amar.

En este sentido, las lecturas de este cuarto domingo de cuaresma son muy iluminadoras de la necesidad que tenemos de conversión interior para mejorar nuestras familias. La familia es un núcleo de varias personas, y precisamente por eso, es necesaria la mejora de cada uno de los miembros de la familia para que el todo funcione adecuadamente. La liturgia de la palabra nos presenta una contraposición entre las tinieblas y la luz. Las tinieblas son signo del corazón apartado de Dios y de lo que nos hace menos humanos. Mientras que la luz es símbolo de la cercanía al Señor y todos los valores que hacen mejor al ser humano.

Esta contraposición se manifiesta de modo particular en el evangelio del ciego de nacimiento que acabamos de escuchar. Un evangelio que tiene tres protagonistas. Por un lado se encuentra Jesús, que es la luz del mundo, y, como él mismo dice: Yo he venido a este mundo para que los ciegos vean. Por otro lado, están los enemigos de Jesús, representados por los fariseos, que se encuentran cerrados, y en este sentido ciegos, ante el mensaje renovador de Jesús. Y en tercer lugar, encontramos al ciego de nacimiento, que es el símbolo de cada uno de nosotros, que nos encontramos en la disyuntiva de elegir entre la luz que Jesús viene a traer al corazón, y la oscuridad que quiere establecerse en nuestro interior.

En un gesto milagroso, Jesús le devuelve la vista al ciego. Sin embargo en el evangelio esto no es lo importante. Lo importante es el desafío que sufre el ciego de nacimiento para recuperar no la luz de los ojos, sino la luz del corazón. Este es precisamente el sentido del diálogo final que Jesús tiene con el ciego: ¿Crees tú en el hijo del hombre? Le pregunta Jesús y la respuesta del ciego nos hace ver que en su interior ha recuperado la vista del alma: Creo Señor.

Este ciego, al que el evangelio no le da un nombre propio, somos cada uno de nosotros. Nuestra vida puede caminar en las tinieblas, esas tinieblas que son la falta de valores y de virtudes cristianas, o puede caminar en la luz que es el sentido trascendente de la vida, y las buenas obras que nos acercan a Dios.

Cuando caminamos en las tinieblas del pecado, los perjudicados no somos solo nosotros, sino que dañamos a los que están a nuestro alrededor y de modo especial a nuestra familia. Pensemos en el mal que podemos hacer a nuestros hijos cuando permitimos que el enojo se apodere de nosotros y se descargue sobre ellos. No solamente se genera una situación de miedo, de carencia de afecto, o incluso hasta de violencia física, sino que se pone delante de sus ojos un modelo negativo que por desgracia ellos quizá repetirán cuando les toque ser papás.

O pensemos en lo que sucede cuando uno de los dos cónyuges permite que en su corazón y en su vida se introduzca la infidelidad a la alianza esponsal y, con un comportamiento desordenado en la sexualidad, se llega a la separación y al divorcio. En este caso, los hijos sufren no sólo el dolor de ver roto el hogar del que necesitan estabilidad y cariño, sino que también se encuentran desprovistos del ejemplo para cuando ellos tengan que ser auténticos en respetar las promesas hechas al casarse con su esposo o con su esposa.

Por eso como repitió incansablemente el Santo Padre Juan Pablo II: el bien de la persona y de la sociedad está íntimamente vinculado a la "buena salud" de la familia. Por eso, la Iglesia está comprometida en defender y promover la dignidad natural y el excelso valor del matrimonio y de la familia.

En este día de la familia, todos deberíamos reflexionar sobre las tinieblas que pueden estar presentes en nuestros hogares para poner manos a la obra en el esfuerzo por erradicarlas. Muchas de estas tinieblas se erradican con la comunicación entre los miembros de la familia, pero otras necesitan de algo más. Los sociólogos, los psicólogos y los estudiosos del campo de la familia nos dan técnicas para mejorar las relaciones intrafamiliares, pero hay un área donde nadie llega.

Es el campo del pecado, cuando la familia se ve tocada por el pecado, no basta con un buen terapeuta o un libro de superación personal. Hace falta la presencia de Jesucristo en medio de la familia para salir adelante. Los esposos cristianos tienen el sacramento del matrimonio, que con la presencia del Señor en medio de su relación, puede vencer al pecado y al mal que por la fragilidad humana se hace presente en el hogar. El pecado que es el egoísmo, el pecado que es la prepotencia, el pecado que es la falta de caridad y de respeto entre los esposos, el pecado que es la omisión ante las necesidades de los hijos, el pecado que es la negligencia en la transmisión de la fe y de los valores cristianos de los padres a los hijos.

Solamente la presencia de Cristo entre los esposos, puede llenar con su perdón las situaciones de fragilidad que con se dan en la familia. Cuántas veces se escucha que alguien dice: es que me cuesta perdonar a mis papás por esto o aquello que hicieron, es que me cuesta perdonar a mi esposo o a mi esposa por tal o cual situación. Todo esto son tinieblas que necesitan la luz de Cristo para ser vencidas.

Las lecturas de hoy nos ofrecen un hermoso programa de vida: caminar en la luz, como nos dice san Pablo en la carta a los efesios: unidos al señor, son luz. Vivan, por tanto, como hijos de la luz. Los frutos de la luz son la bondad, la santidad y la verdad. Busquen lo que es agradable al Señor. Qué hermosa es la familia en la que Jesús ocupa el centro y, con su luz maravillosa, irradia los corazones de sus integrantes. Cómo florece el gozo, la esperanza, el perdón, el respeto, la alegría. La familia que tiene a Cristo en su centro no se ve exenta de problemas y dificultades, pero tiene la fuerza para enfrentarlas.

En este marco nos seguimos preparando para el próximo Encuentro Mundial De Las Familias que se tendrá en México en enero del año 2009, esperamos que con la presencia del Santo Padre Benedicto XVI. Recientemente el Papa nos animaba a seguir trabajando por la familia con estas palabras: les aliento a que, inspirándose en el amor de Cristo por los hombres, den testimonio ante el mundo de la belleza del amor humano, del matrimonio y la familia. Esta, fundada en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, constituye el ámbito privilegiado en el que la vida humana es acogida y protegida, desde su inicio hasta su fin natural. Por eso, los padres tienen el derecho y la obligación fundamental de educar a sus hijos en la fe y en los valores que dignifican la existencia humana.

Aprovechemos este domingo para estar más cerca de nuestra familia. Vale la pena trabajar por la familia y el matrimonio, porque vale la pena trabajar por el ser humano, el ser más precioso creado por Dios. Encomendemos a la protección materna de Nuestra Señora de Guadalupe a cada uno de los miembros de nuestra familia y pidámosle que nos conceda ser luz de Cristo para quienes ocupan un lugar de especial cariño en nuestro corazón.
 
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