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Autor: Fernando Pascual | Fuente: Editorial de Ecclesia. Revista de cultura católica, 20 (2006), 435-443 El Evangelio de la familia
A 25 años de la Familiaris consortio
El Evangelio de la familia
Este año 2006 se cumplan los 25 años de la
publicación de la exhortación apostólica postsinodal Familiaris consortio, dada a
la luz con fecha de 22 de noviembre de 1981.
El recuerdo de este aniversario se ha visto enriquecido con
la celebración, en la ciudad española de Valencia, del V
Encuentro mundial de las familias.
Queremos, con estas líneas, mostrar cómo
la exhortación Familiaris consortio (FC) mantiene viva toda su riqueza
doctrinal; cómo ha servido para iluminar el camino magisterial durante
estos 25 años; y cómo su estudio ofrece herramientas fundamentales
para evangelizar a la familia en los inicios del nuevo
siglo. Veremos también cómo el tema de la familia ocupa
un puesto particular en la vida de la Iglesia, a
través de la evocación del mensaje que sobre la familia
nos ha dejado el V Encuentro mundial de las familias.
1.
Hacia un «evangelio de la familia»: el mensaje de Familiaris
consortio
El tema de la familia ocupó un lugar importante en
el Concilio Vaticano II. El capítulo I de la parte
II de la constitución Gaudium et spes ofrecía perspectivas y
valoraciones sobre el matrimonio y la familia en el mundo
contemporáneo. En realidad, el texto conciliar dedicaba sus reflexiones más
a la naturaleza del matrimonio y la familia, a sus
fines naturales y sobrenaturales, que a un análisis de la
época contemporánea en relación con estos temas.
Habría que esperar al
sínodo de 1980 para poder contar con un profundo diagnóstico
de la situación de la familia en el mundo moderno.
En cierto sentido, los 15 años transcurridos entre la clausura
del Vaticano II y el sínodo habían mostrado una profunda
crisis en las sociedades de tradición cristiana que ponía en
serio peligro no sólo el modo correcto de asumir lo
que es propio de la vida matrimonial, sino incluso las
mismas nociones de «matrimonio» y de «familia». Tal crisis se
ha agravado notablemente en la década de los 90 y
en los primeros años del siglo XXI, confirmando así los
análisis de FC.
La primera parte de Familiaris consortio («Luces y
sombras de la familia en la actualidad») realiza un discernimiento
sobre la situación de la familia contemporánea, tanto a nivel
general como a nivel intraeclesial. Tras recordar que tal discernimiento
arranca del Evangelio (FC n. 5), el documento traza un
ágil cuadro de algunos elementos positivos y negativos.
Como elementos positivos,
FC enumera los siguientes: una conciencia más viva de la
libertad personal; una mayor atención a las relaciones en el
matrimonio, la promoción de la dignidad de la mujer, la
procreación responsable, la educación de los hijos; el desarrollo de
relaciones entre las familias; el reconocimiento de la misión eclesial
de la familia y de su responsabilidad en la construcción
de una sociedad más justa (FC n. 6).
Como elementos negativos,
FC ofrecía una enumeración más larga, aunque ciertamente no completa:
un modo equivocado de concebir la independencia de los cónyuges
entre sí; ambigüedades graves acerca de la relación de autoridad
entre padres e hijos; dificultades a la hora de transmitir
valores en familia; un número creciente de divorcios; la difusión
del aborto; el amplio recurso a la esterilización; el triunfo
de una mentalidad anticonceptiva; la falta de medios fundamentales para
la subsistencia en muchas familias del así llamado Tercer Mundo;
la falta de generosidad en muchas familias de los países
más ricos frente a la perspectiva de abrirse a nuevos
nacimientos (FC n. 6).
Una de las principales causas de esta
situación se encuentra en «una corrupción de la idea y
de la experiencia de la libertad, concebida no como la
capacidad de realizar la verdad del proyecto de Dios sobre
el matrimonio y la familia, sino como una fuerza autónoma
de autoafirmación, no raramente contra los demás, en orden al
propio bienestar egoísta» (FC n. 6).
Los fenómenos anteriores tocaban la
vida y la conciencia de los fieles. Entre los bautizados
eran visibles síntomas preocupantes: «la facilidad del divorcio y el
recurso a una nueva unión por parte de los mismo
fieles; la aceptación del matrimonio puramente civil [...]; la celebración
del matrimonio sacramento no movidos por una fe viva, sino
por otros motivos; el rechazo de las normas morales que
guían y promueven el ejercicio humano y cristiano de la
sexualidad dentro del matrimonio» (FC n. 7).
La FC no se
limitaba al discernimiento: quería principalmente ofrecer luz para comprender el
verdadero designio de Dios respecto del matrimonio y la sfamilia.
Esta fue la tarea de las partes segunda (El designio
de Dios sobre el matrimonio y la familia), tercera (Misión
de la familia cristiana, la parte más larga del documento)
y cuarta (Pastoral familiar: tiempos, estructuras, agentes y situaciones).
A partir
de lo que nos ofrece la Revelación, podemos descubrir cuál
sea la fundamentación antropológica de la institución familiar. El hombre,
creado a imagen y semejanza de Dios, está llamado al
amor, tiene como vocación profunda vivir para amar. En esta
vocación al amor se inserta la sexualidad, que no puede
ser vista simplemente como algo biológico, sino que encuentra su
sentido plenamente humano «solamente cuando es parte integral del amor
con el que el hombre y la mujer se comprometen
totalmente entre sí hasta la muerte» (FC n. 11).
La total
donación física, posible desde la dimensión sexual, sólo conquista su
carácter plenamente humano en el matrimonio, un pacto de amor
que hace que el hombre y la mujer se acepten
plenamente, de modo definitivo, sin límites, en fidelidad. En cierto
sentido, y contra la idea equivocada de libertad que ya
señalamos antes, la fidelidad conyugal no sólo no disminuye la
libertad personal, sino que «la defiende contra el subjetivismo y
relativismo, la hace partícipe de la Sabiduría creadora» (FC n.
11).
Esta donación encuentra su modelo y su máxima expresión en
la comunidad de amor que se establece entre Dios y
su pueblo. Una comunidad de amor que lleva al sacrificio
de Cristo por su Iglesia, sacrificio que es modelo de
la donación que debería darse entre los esposos (FC nn.
12-13, 34). En sintonía con cuanto enseñó san Pablo en
Ef 5, hemos de recordar que los esposos son un
«recuerdo permanente, para la Iglesia, de lo que acaeció en
la cruz; son el uno para el otro y para
los hijos, testigos de la salvación, de la que el
sacramento les hace partícipes» (FC n. 13; cf. nn. 36-41).
Tal
verdad vale no sólo para el amor mutuo, sino para
la misma fecundidad matrimonial: ante cada hijo que nace como
don, los padres están llamados a ser signos del amor
de Dios, de quien procede toda paternidad (FC n. 14,
citando Ef 3,15). En cierto modo, la apertura a la
vida, la generosidad que dispone a los esposos a la
llegada del hijo, es un signo de la acción amorosa
del Dios que crea nuevas vidas con la colaboración del
hombre y de la mujer unidos a través del vínculo
matrimonial (FC nn. 28-35).
Desde estas claves de comprensión, Juan Pablo
II lanzaba al inicio de la tercera parte un grito
que conserva aún hoy toda su frescura: «¡Familia, sé lo
que eres!». Cuando la familia descubre qué es, puede iniciar
el camino hacia lo que debe ser, puede descubrir su
misión, que consiste en «custodiar, revelar y comunicar el amor,
como reflejo vivo y participación real del amor de Dios
por la humanidad y del amor de Cristo Señor por
la Iglesia su esposa» (FC n. 17).
La óptica del amor
permite comprender los objetivos generales que articulan las cuatro secciones
en las que está dividida la tercera parte: formación de
una comunidad de personas, servicio a la vida, participación en
el desarrollo de la sociedad, participación en la vida y
misión de la Iglesia.
La primera sección explica diversos aspectos de
la naturaleza del matrimonio, de los papeles que tienen en
la familia la mujer, el hombre, los niños y los
ancianos (FC nn. 18-27).
La segunda sección expone algunas ideas sobre
la cooperación que los esposos están llamados a realizar en
el amor de un Dios creador, sea a la hora
de transmitir la vida, sea en las tareas que se
refieren al sustentamiento y educación de los hijos (FC nn.
28-41). Queda subrayada, en modo especial, la doctrina constante de
la Iglesia respecto a la apertura que el acto conyugal
debe mantener a la eventual transmisión de la vida, a
partir de una proposición (la n. 22) aprobada por los
Padres Sinodales, en continuidad con las enseñanzas del Concilio Vaticano
II y de la encíclica Humanae vitae (cf. FC nn.
29, 32-35).
Las secciones tercera y cuarta tratan acerca de la
importancia de la familia a la hora de configurar la
sociedad, y en lo que se refiere a la vida
y misión de la Iglesia. La familia permite evitar la
despersonalización y masificación que puede darse en una sociedad desarticulada
(FC n. 43). Además, está llamada a transmitir la fe,
a vivir en un clima de profunda vida espiritual, a
convertirse en fuente de caridad y servicio hacia todos los
hombres, pues «cada hombre es mi hermano» (FC n. 64).
La
cuarta parte afronta el tema de la pastoral familiar. Ofrece
inicialmente una serie de indicaciones para preparar a los bautizados
a la vida matrimonial y para ayudar a los esposos
a vivir el sacramento y el gran misterio que inicia
después de la boda, a través de un continuo acompañamiento
que permita madurar en la vocación al amor.
Es considerado en
esta sección un tema que ha ido adquiriendo, tristemente, creciente
actualidad: ¿qué hacer si piden la celebración del sacramento del
matrimonio personas que muestran escasa adhesión al conjunto de la
fe católica? Corresponde a los pastores ayudar a estas personas
a crecer en la fe, pero sin dejar de comprender
«las razones que aconsejan a la Iglesia admitir a la
celebración a quien está imperfectamente dispuesto» (FC n. 68). Basta
para admitirles a la celebración el constatar que aceptan «lo
que la Iglesia realiza cuando celebra el matrimonio de bautizados»
(FC n. 68)1.
No faltan diversas indicaciones para la pastoral familiar
de casos difíciles, casos que cubren una gama enorme de
situaciones (familias de marineros, militares, prófugos, encarcelados, huérfanos, emigrantes..., FC
n. 77). Reciben un tratamiento más amplio el complejo tema
de los matrimonios mixtos (FC n. 78), y una serie
de situaciones irregulares que tocan a millones de bautizados. Estas
situaciones son: el matrimonio a prueba, las uniones libres de
hecho, los católicos unidos simplemente en matrimonio civil, los separados
y divorciados no casados de nuevo, los divorciados casados de
nuevo (FC nn. 79-84). La cuarta parte concluye con unas
palabras para los que viven sin familia, que también son
destinatarias de una «buena nueva de la familia» en la
gran familia que es la Iglesia (FC n. 85).
2. Al
servicio a la familia: 25 años de actividad eclesial
Podemos decir
que, 25 años después de la publicación de FC, muchos
de los problemas allí señalados siguen afectando la vida de
millones de familias. A los mismos se añaden tendencias fuertemente
marcadas, en algunos países y a nivel internacional, a favor
de leyes sobre las parejas de hecho, los erróneamente llamados
matrimonios homosexuales, la ulterior difusión del crimen del aborto. Es
de subrayar el fuerte descenso de la natalidad que se
está generalizando en todo el mundo, y que es especialmente
dramático en los países más desarrollados, así como el aumento
de nacimientos fuera del matrimonio, la situación de precariedad y
abandono de millones de ancianos, y el retraso de la
edad en la que se contraen las nupcias. Estos y
otros fenómenos muestran hasta qué punto el matrimonio y la
familia se encuentran en una situación de dificultades y agresiones
quizá sin precedentes en la historia humana2.
En estos últimos años,
ciertamente, no han faltado elementos positivos. Se trabaja en todo
el mundo por evitar la discriminación de la mujer, el
matrimonio forzado de las adolescentes, la violencia doméstica, la supresión
del trabajo infantil, la promoción de las familias más desamparadas,
el cuidado y respeto a los minusválidos y los ancianos.
Por
parte de la comunidad eclesial ha habido un esfuerzo notable
en preparar a los jóvenes al matrimonio y por acompañar
a los esposos en las diversas etapas de la vida,
gracias, sobre todo, a las indicaciones dadas precisamente en FC.
Muchos grupos de familias y de jóvenes comprometen su tiempo
y sus energías en proyectos de voluntariado, en asistencia a
mujeres que desean abortar, en la asistencia a niños abandonados,
en la promoción de una auténtica cultura a favor del
matrimonio y la vida.
A nivel de Iglesia universal señalamos, a
continuación, una serie de acontecimientos y documentos que muestran cuánto
ha sido importante el esfuerzo por promover los auténticos valores
de la familia.
En 1981, unos meses antes de la publicación
de la FC, Juan Pablo II instituía el Pontificio consejo
para la familia, que asumía las funciones del ya existente
Comité para la familia, creado por Pablo VI en 1973.
El Pontificio consejo para la familia ha realizado, desde su
fundación, un ingente trabajo de promoción de la familia en
sí misma y, de modo especial, en su dimensión de
santuario de la vida. Ha impartido, además, numerosos cursos de
actualización para obispos, sacerdotes y agentes de la pastoral familiar
de todo el mundo. Ha publicado obras y documentos de
enorme valor. Entre los mismos, cabe mencionar el Lexicón. Términos
ambiguos y discutidos sobre familia, vida y cuestiones éticas (2003),
y Familia y cuestiones éticas (2004 y 2006, dos volúmenes
de una serie de tres).
En 1983, según lo pedido en
FC n. 46, la Santa Sede publicaba la Carta de
los derechos de la familia, un documento ofrecido a los
gobiernos, a las familias y a todas las personas en
general, en el que se recoge la doctrina católica sobre
el derecho familiar. Esta Carta se basaba en ideas ya
expresadas en FC, así como en diversos documentos del Concilio
Vaticano II y de otras fuentes, sin excluir la Declaración
universal de los Derechos humanos.
El año internacional de la familia
(1994), promovido inicialmente por las Naciones Unidas y asumido como
propio por la Iglesia, significó un momento especialmente intenso para
trabajar a favor de la familia. Juan Pablo II publicó
un texto rico y denso, la Carta a las familias,
y convocó el primer Encuentro mundial de las familias, que
tuvo lugar en la ciudad de Roma. Promovió, además, una
importante acción diplomática a favor de la vida y la
familia, para contrarrestar amenazas y maniobras de quienes buscaron controlar,
según fines innobles e ideas distorsionadas sobre la familia, la
Conferencia de las Naciones Unidas sobre la familia que tuvo
lugar en El Cairo (Egipto). En esos meses intensos del
año 1994, Juan Pablo II instituyó la Pontificia Academia para
la vida, dedicada a profundizar en la temática bioética, de
tanta importancia en la familia, el primer santuario de la
vida.
El consistorio extraordinario de cardenales, celebrado en Roma del 4
al 7 de abril de 1991, estuvo dedicado a las
amenazas contra la vida que venían produciéndose en el mundo
contemporáneo. A petición de los cardenales, Juan Pablo II elaboró
una de las encíclicas más importantes de su pontificado, dedicada
explícitamente al tema de la vida, la Evangelium vitae (25
de marzo de 1995). Este documento ha incidido enormemente en
la labor de los distintos episcopados del mundo y en
la conciencia y actividad, a favor de la vida, de
cientos de realidades eclesiales en todos los niveles. Si tenemos
en cuenta que la familia es el lugar donde se
aprende a descubrir que la vida es algo bueno, don
de Dios y fruto del amor de los padres (como
también se recuerda en la Carta a las familias), se
comprende la importancia de la Evangelium vitae en la reflexión
de la Iglesia católica sobre la familia en el mundo
contemporáneo.
Pocos meses antes de la publicación de la FC se
fundaba en la Universidad Lateranense (Roma) el Pontificio Instituto Juan
Pablo II para los estudios sobre el matrimonio y la
familia, al que se alude en un texto de la
misma FC (n. 70). Esta institución académica se ha difundido
en diversos lugares del mundo (México, Estados Unidos, Brasil, Benín,
India, Australia, España, Austria) y se ha convertido en un
centro de irradiación de la doctrina católica sobre la familia.
Es
de justicia hacer mención de la enorme labor magisterial que
durante los casi 27 años de pontificado desarrolló Juan Pablo
II en torno al matrimonio y la familia. Antes de
la FC, con el inicio de la larga serie de
catequesis sobre el cuerpo y el amor humano; durante numerosos
discursos en sus viajes nacionales e internacionales; en otras intervenciones
a raíz de congresos, audiencias a diversas asociaciones católicas y
a grupos de peregrinos llegados a la ciudad de Roma;
a través de discursos «especializados» a la Rota romana sobre
el tema de la nulidad matrimonial... La lista podría alargarse
mucho, por lo que no resultaría erróneo evocar a Juan
Pablo II, entre los muchos títulos que está recibiendo, como
el Papa del matrimonio y la familia.
Hay que añadir aquí
otras intervenciones de gran importancia que se han producido desde
la Congregación para la doctrina de la fe en cuestiones
relativas a la temática matrimonial y familiar. Sin ser exhaustivos,
podríamos recordar los siguientes documentos: Carta a los obispos de
la Iglesia católica sobre la recepción de la comunión eucarística
por parte de los fieles divorciados que se han vuelto
a casar (1994), Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento
legal de las uniones entre personas homosexuales (2003), Carta a
los obispos de la iglesia católica sobre la colaboración del
hombre y la mujer en la iglesia y el mundo
(2004).
3. Un colofón extraordinario: el V Encuentro mundial de las
familias
Como ya dijimos, el primer Encuentro mundial de las familias
tuvo lugar en Roma el año internacional de la familia
(1994), y tuvo como lema «La familia, corazón de la
civilización del amor». Siguieron luego otros tres encuentros: uno en
Río de Janeiro (1997), dedicado a «La familia: don y
compromiso, esperanza de la humanidad»; otro en Roma (2000), con
motivo del jubileo, que tuvo como centro de atención a
«Los hijos, primavera de la familia y de la sociedad»;
el siguiente en Manila (2003), bajo el título «La familia
cristiana: una buena nueva para el tercer milenio».
El encuentro de
Valencia (1 al 9 de julio del 2006) estaba dedicado
a «La transmisión de la fe en la familia», y
contó con un gran número de actividades que no enumeramos
ahora por brevedad. Podríamos destacar la relevancia del Congreso Internacional
Teológico-Pastoral que tuvo lugar del 4 al 7 de julio,
con participantes de los cinco continentes que trabajaron en diversos
paneles y pronunciaron conferencias sobre temáticas relativas no sólo a
la transmisión de la fe en la familia, sino a
otros argumentos relacionados con la centralidad de la familia en
la vida social y en la maduración de las personas.
El
Papa Benedicto XVI se hizo presente en dos días intensos
de encuentros y actividades. En la tarde del sábado 8
de julio recordó una de las ideas que, en cierto
modo, ha sido una constante del magisterio de Juan Pablo
II sobre la familia: «El padre y la madre se
han dicho un “sí” total ante de Dios, lo cual
constituye la base del sacramento que les une; asimismo, para
que la relación interna de la familia sea completa, es
necesario que digan también un “sí” de aceptación a sus
hijos, a los que han engendrado o adoptado y que
tienen su propia personalidad y carácter». El sí de los
esposos crea un clima de aceptación y de amor, desde
el cual los hijos pueden recorrer un camino de maduración
que les permita «dar a su vez un “sí” a
quienes les han dado la vida».
En la homilía del domingo
9 de julio, el Papa se apoyó en la oración
de Ester (Est 14,5) para evidenciar cómo el amor funda
y explica la existencia de cada ser humano: «Venimos ciertamente
de nuestros padres y somos sus hijos, pero también venimos
de Dios, que nos ha creado a su imagen y
nos ha llamado a ser sus hijos». Necesitamos, por lo
tanto, reconocer que nuestra existencia no viene del azar, sino
del amor, tal y como nos ha sido revelado por
Jesucristo.
En la comprensión de que cada existencia es posible desde
el amor, los esposos pueden descubrir y acoger a cada
niño «que les nace como hijo no sólo suyo, sino
también de Dios, que lo ama por sí mismo y
lo llama a la filiación divina».
El V Encuentro mundial de
las familias se ha convertido en un espléndido marco para
agradecer a Dios los 25 años de la FC. La
familia es «el camino de la Iglesia», decía Juan Pablo
II en la Carta a las familias (n. 14), haciéndose
eco de lo que había dicho en su primera encíclica,
Redemptor hominis n. 14: «Este hombre es el camino de
la Iglesia». No puede ser de otra manera, porque es
en la familia donde cada ser humano inicia su «humanización»,
donde puede abrirse al gran regalo de la fe, donde
descubre y experimenta su dignidad y su vocación al amor.
Redescubrir
y profundizar estos y otros muchos legados que nos ha
dejado la exhortación apostólica Familiaris consortio será la mejor manera
de celebrar 25 años de un documento que conserva toda
su vigencia y su profundidad. Será, en cierto modo, nuestro
gesto de gratitud a Juan Pablo II por su servicio
constante al ser humano y por su valentía al denunciar
peligros que, tristemente, siguen amenazando a la institución familiar. Será,
en definitiva, nuestro renovado sí a la vocación al amor,
fuente de la vida y camino para asumir la identidad
más profunda del ser humano: ser imagen y semejanza de
Dios, que es Amor.
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