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| El Espíritu, Señor y Dador de vida. La familia y la vida de cara al tercer milenio |
Auditorio del Pontificio Ateneo Antonianum, Roma, 3 de junio
de 1998
He aceptado con mucho agrado compartir con ustedes estas
reflexiones dado que me considero muy cercano a esta familia
del Sodalitium. Como ha dicho el Fundador, acabo de desempacar
maletas, pues he estado quince días en San Petersburgo y
en Ucrania, en unos cursos de familia y de bioética
que organizamos.
Aun sabiendo que de todas maneras llegaría muy al
filo de este encuentro acepté la invitación con enorme gusto.
En primer lugar, para asociarme a la alegría de este
momento tan importante en la vida de la familia del
Sodalitium. Esta presencia masiva en Roma es muy significativa. Movilizar
tanta gente, sobre todo desde América Latina, que es distante,
con todo lo que eso representa, no es tarea fácil.
Pero, además, el tema que se me proponía --el Espíritu
Santo, Señor y Dador de vida en la Iglesia doméstica,
en el santuario de la vida que es la familia--
representa para mí una muy buena oportunidad de diálogo. No
va a ser por tanto una conferencia de tipo académico,
sino sencillamente algunas reflexiones en torno a este tema, en
el año dedicado al Espíritu Santo en la preparación del
tercer milenio.
Mis felicitaciones muy cordiales por todo lo que este
momento significativo representa, por ese encuentro tan hermoso con el
Sucesor de Pedro desde días anteriores, y por todo lo
que esto implica en vitalidad, esa vitalidad que en profundidad
viene del Espíritu.
El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, es
Señor y Dador de vida, como lo confesamos en el
Credo, con un título en algunos aspectos incluso curioso. El
título de "Señor" suele estar en el Nuevo Testamento muy
centrado en el señorío mismo de Cristo. Sin embargo, la
Iglesia confiesa al Espíritu Santo Dominum et vivificantem, Señor y
Dador de vida. El vivificantem en latín es mucho más
expresivo que lo que podría ser, me parece, en otras
lenguas: vivificantem, vivificans. Llama la atención que el título, usualmente
referido a Nuestro Señor Jesucristo, se amplíe --por así decirlo--
también al Espíritu. Uno no confiesa que cree en, con
toda la fuerza que ello significa, sino en las personas
de la Trinidad. "Creer en" tiene una fuerza muy característica
en el griego, expresada en el acusativo. Creer en --ese
acusativo griego eis ton Theón-- es algo absolutamente reservado a
las personas divinas de la Trinidad. No confiesa uno a
la Iglesia de la misma manera; uno no cree en
la Iglesia con ese sentido fuerte del griego. Uno cree
que en la Iglesia está el Espíritu, que es por
otra parte como el alma de la Iglesia, pero la
Iglesia en ningún momento es divinizada, elevada a la categoría
del Padre. Eis ton Theón: creo en el Padre, creo
en Jesucristo, su Único Hijo, creo en el Espíritu Santo,
que después es presentado como Señor y Dador de vida.
Cristo
aparece en la Primera Carta a los Corintios como objeto
inmediato de la totalidad de la fe, como Aquel a
quien la Iglesia puede confesar sólo en virtud de la
fuerza del Espíritu. Hay una efusión del Espíritu que parte
del Resucitado, Dux vitae, Señor de la vida, pero es
en virtud de la acción del Espíritu Santo que en
la Iglesia surge la fe, pues «nadie puede decir "¡Jesús
es Señor!", sino con el Espíritu Santo» (1). Solamente en
la fuerza del Espíritu es posible hacer la confesión fundamental:
Jesús es Señor, Él es el Kyrios. Y esta confesión
fundamental tiene una característica muy especial.
Muchos se preguntan: ¿pero sólo
en virtud del Espíritu se puede decir que Jesús es
Señor? Pues bien, si eso fuera una simple confesión vocal,
con los labios, meramente declarativa, no se ve por qué
se necesitaría la fuerza del Espíritu. Si es una expresión
solamente vocal, la fuerza del Espíritu Santo no es necesaria.
Pero si se trata de una confesión real, es decir
de la entrega de la totalidad de la vida, en
una respuesta de todo el ser, que hace que el
ser --y en ello insistiré después-- ex-sista, salga de sí,
para una donación especial, eso no puede realizarse, con todo
lo que significa e implica, sino en virtud de la
gracia, de la fuerza, de la energía del Espíritu. Una
confesión que en el momento en que esto se escribía
exigía sin duda de parte de los cristianos arriesgar o
dar la vida, una confesión hasta el martirio, con esa
totalidad de entrega, requiere la fuerza del Espíritu Santo. Los
mártires lo son porque el Espíritu Santo los ha movido,
los ha llenado de una fuerza que de suyo no
podrían de manera alguna tener.
Al confesar en el Credo: Dominum
et vivificantem, creemos en el Espíritu que es persona en
la Trinidad. Nos hallamos pues con una relativa novedad, por
la cual ese señorío --al Espíritu se le llama Señor,
Dominum-- se manifiesta en la caridad de Aquel que da
la vida.
Esta confesión nos remite a una serie de textos
de la Escritura. Ya desde el mismo libro del Génesis
todo lo que manifiesta una realidad de vida tiene como
base el soporte, el soplo, el hálito del Espíritu. La
misma presentación poética --hermosísima, con toda la riqueza que tiene--
de Dios como un alfarero que amorosamente hace al hombre
con sus propias manos --señala un Padre de la Iglesia
que las manos son como el mismo Espíritu en acción--,
nos muestra cómo insufla ese aliento de vida en el
hombre (2). Ese aliento vital en la Escritura es el
ruaj, es un viento. En Pentecostés lo es en forma
impetuosa: el viento que conmueve, que lo penetra todo.
Ese ruaj
es efundido por el Padre, y el hálito vital sobre
las narices de ese hombre que acaba de formar con
sus manos --es muy hermosa esta presentación catequética y poética
del Génesis-- hace que éste viva, que se convierta en
un ser viviente --el término hebreo nefesh es muy rico--.
Antes no vive; en virtud de ese aliento vital que
se comunica con el ruaj, el espíritu, vive. Por eso
en muchísimos pasajes de la Escritura, en los Salmos por
ejemplo, se puede ver que cuando falta el aliento y
el soporte del Espíritu, todo va a la muerte. Se
vive --o se revive-- en virtud del Espíritu. Tal vez
uno de los relatos más hermosos es el de Ezequiel,
el del campo lleno de huesos calcinados que expresa la
muerte significada claramente en los restos humanos. Pero en virtud
del Espíritu todo vuelve a cobrar vida: los huesos se
recubren de nervios y de músculos, los muertos se levantan
(3).
El Espíritu es el que da la vida, el que
sostiene esa vida. Por eso el Concilio puede decir que
el Espíritu es en la Iglesia como «el alma en
el cuerpo humano» (4). Vivimos como personas humanas en virtud
del principio formal del alma. En la Iglesia el Espíritu
Santo es de tal manera fuente de la vida que
es como el alma de la Iglesia. Es la fuente
que en virtud del ruaj, del viento impetuoso, le da
la vida. Es toda la Iglesia la que se mueve.
Cada miembro en la Iglesia, toda la Iglesia es movida
por el viento vivificador e impetuoso del Espíritu. Esto se
presenta de forma preciosa en la Carta a los Romanos:
¿Quiénes son los hijos de Dios? Qui sunt filii Dei?
«Quicumque Spiritu Dei aguntur», «todos los que son guiados por
el espíritu de Dios --dice San Pablo-- son hijos de
Dios» (5). Son guiados, movidos, impulsados por el Espíritu Santo.
Y el Espíritu Santo se vuelve en ellos el principio
vivificador que los lleva al movimiento.
De la Catedral de Santa
Sofía --que era la gran gloria de la cristiandad en
Constantinopla, ahora Estambul, antes de que los musulmanes la convirtieran
en una mezquita-- se dice que estaba ideada como una
inmensa tienda al interior de la cual el Espíritu soplaba,
llenando así esos espacios que se volvían bellísimos, llenos de
mosaicos hermosos. A cada persona el Espíritu la mueve como
se mueve un bajel, una barca de vela; pero es
toda la Iglesia la que se mueve y se infla,
como la Catedral de Santa Sofía, por el viento impetuoso
del Espíritu.
Vivificador, Dador de vida, es una expresión muy fuerte,
porque lo es en virtud de ser fuente de amor,
es decir de aquel paso fundamental en el cual del
egoísmo se pasa a la entrega. Y ese paso del
egoísmo a la entrega en un amor oblativo, comprometido, que
busca el bien del otro, es posible solamente en el
Espíritu. El hombre herido por el pecado, con una libertad
golpeada, puede volver al resplandor original en virtud de un
amor rescatado y purificado en Cristo. Eso es lo que
en filosofía significa existir. Se ex-siste cuando se sale de
sí, de un encerramiento, de una prisión, y este salir
de sí es como una especie de éxtasis --no el
de los místicos, aunque también-- en el cual lo fundamental
es dejar esa caparazón reducida, asfixiante del egoísmo, y así
llenar de oxígeno al cristiano y a la Iglesia.
A la
Iglesia la hace respirar el Espíritu. Cuando parece que el
Espíritu no actúa no es por falta de acción del
Espíritu, sino porque le ponemos trabas y lo contristamos. «Me
lypeite to Pneuma», dice San Pablo, «no contristéis al Espíritu»
(6). Contristar --el verbo en griego es muy expresivo-- al
Espíritu Santo es quedarse en dificultades, en tristezas, en la
desidia; es no dejarlo actuar. Cuando el Espíritu Santo es
limitado por nuestra cerrazón, yo diría que la Iglesia no
respira, y por lo tanto tampoco evangeliza. Es como un
enfisema pulmonar: no hay oxígeno. Y cuando no hay oxígeno,
la Iglesia se pierde en muchas cosas secundarias, en discusiones
sin mayor interés, no navega, se vuelve una especie de
barca que da vueltas sobre sí misma, no tiene ímpetu
evangelizador, no es capaz de proclamar. Para proclamar hay que
tener oxígeno nuevo, pulmones enérgicos, llenos de la fuerza del
Espíritu. El enfisema pulmonar se ha acentuado demasiadas veces en
la vida de la Iglesia porque algunos de sus miembros
se han dedicado a no respirar bien, a consumir ideologías,
a perderse en pequeñas discusiones, a enmendarle la plana a
los proyectos originales de Dios, a reinterpretar lo que debe
ser la Iglesia, la unidad. Pero cuando el Espíritu le
inyecta el ruaj a cada persona, a la Iglesia en
su totalidad, proporciona unas válvulas gigantescas de oxígeno. Entonces la
Iglesia respira, y el respirar de la Iglesia es el
evangelizar, es el comunicar el Evangelio. La Iglesia existe en
la doble misión de empeñarse en el amor y de
evangelizar en ese mismo empeño.
Ahora bien, esto tiene un valor
particularísimo en esa Iglesia que es la Iglesia doméstica, en
esa Iglesia a la cual el Señor le confía nada
menos que ser santuario de la vida: la familia. Cuando
se habla de Señor y Dador de vida es obvio
que se está hablando en el sentido más fuerte: de
la vida en Cristo, de la vida en la Trinidad,
de la vida en el Espíritu, de la vida eterna.
Pero se está hablando desde luego de toda vida, que
requiere precisamente esa intervención de Dios para comenzar. Sin embargo,
para que esa vida se desarrolle, se articule, para que
sea también vida eterna, en la fuerza característica de esa
expresión, ello requiere de un vigor muy especial en la
familia. Desafortunadamente puede haber ocurrido que este tema sea menos
explotado y menos conocido. En el Pontificio Consejo para la
Familia estamos reflexionando al respecto. Vamos a reunir en unas
semanas a un grupo de especialistas para estudiar el tema
del Espíritu Santo en la familia. Porque --puede ser que
me equivoque-- es un asunto que ha sido poco trabajado,
y que requiere ser ahondado. Se podrían incluso considerar algunas
propuestas como, por ejemplo, que en la liturgia, en la
misma celebración del matrimonio, aparezca en la epiclesis mucho más
claramente esta verdad.
El autor de esa comunidad de vida y
de amor es Cristo, no los esposos. Es Cristo el
autor, es Cristo el que sale al paso, es Cristo
el que los une. Por eso «lo que Dios ha
unido no lo separe el hombre» (7), como reza la
enseñanza bien conocida del Evangelio de San Mateo.
Es muy
interesante la fórmula --venerabilísima desde el siglo VIII o IX--
que en el Código de Derecho Canónico se redescubrió, según
la cual el matrimonio constituye un «consorcio de toda la
vida» (8). Se trata de una comunidad de toda la
vida, en una totalidad de entrega que solamente puede darse
en virtud de un amor que tiene como raíz el
Espíritu. La espiritualidad conyugal no puede estar alejada de este
camino, pues hoy se va viendo cada vez con mayor
claridad que tal vez el término más importante en la
comunidad de vida y amor es éste: totalidad. Me explico:
cuando uno lee o relee la bellísima y profética encíclica
Humanae vitae, allí uno ve las características fundamentales del amor
que el Papa señala: es un amor «plenamente humano», un
amor «total», un amor «fiel y exclusivo», un amor «fecundo»
(9). En sus notas, el amor en pareja responde precisamente
a la noción de la antropología bíblica de formar una
sola carne: mía sarx (10). Se trata de una expresión
muy fuerte: una identidad tal que no es sólo la
unión de cuerpos, es la unión de espíritus, pero es
la unión de espíritus en una novedad maravillosa: una sola
carne. Esta unidad en toda su fuerza se produce por
el aspecto de la totalidad del amor, de lo entero
de la relación de ese amor. Es decir, lo que
hace que el amor de los esposos se vuelva unidad
de una sola carne es el consentimiento, la donación recíproca,
pero no una donación recíproca de cualquier tipo, sino una
donación recíproca en términos de totalidad.
En el Plan de Dios
se puede ver que esa totalidad, que tiene que ser
por acción del Espíritu, es hermosísima, pero al mismo tiempo
exigente. Entrega y totalidad suponen en primer lugar la totalidad
del mismo acto de salir de sí para entregarse incondicionalmente
al bien del otro; la totalidad requiere respeto, ternura, signos,
amor, lenguaje comprensible. El Santo Padre habla, utilizando una expresión
muy hermosa, del lenguaje de los cuerpos, del cuerpo al
servicio de la epifanía de ese momento. La totalidad en
la entrega se da en el consentimiento. La recíproca donación
como totalidad es muy compleja, no es nada fácil. ¡Hay
tantos egoísmos que susurra el mundo de hoy, tantos pequeños
halagos!
Es también una totalidad en el tiempo. Una forma de
totalidad que no sea de absoluta duración en el tiempo,
hasta la muerte, haría que ese amor no sea un
consentimiento de totalidad. De allí que se trata de amar
hasta la muerte. ¡Qué frase tan hermosa! ¡Es una declaración
de amor tan comprometedora, una palabra tan llena de significado!
Esto quiere decir que no es por una semana, por
un mes o por un año, sino a lo largo
de toda la vida, de tal manera que hay que
madurar bajo la mirada de Dios, madurar en la persona,
madurar en toda su riqueza de ser humano, así el
cuerpo vaya envejeciendo. Cuando algunas personas cambian de pareja cada
cierto tiempo, en lo que se llama poligamia sucesiva, se
da una deformación total del amor. En el auténtico amor
más bien el desgaste del tiempo, de la enfermedad, en
lo físico, se ve compensado por una nueva profundidad y
una riqueza cada vez mayor, por una madurez formidable en
la entrega que no se mide sólo por el aspecto
reductivo de la unión sexual.
Se trata de una totalidad en
la entrega que asegura la confianza de la exclusividad interior
y exterior. En el Discurso a Diogneto podemos leer acerca
de los cristianos: «Ponen mesa común, pero no lecho» (11).
El lecho no, por la exclusividad del amor entre los
esposos que nadie puede alterar inmiscuyéndose. La totalidad --y una
totalidad en exclusividad-- se vuelve un canto a la fidelidad,
que lo es también a la felicidad. Porque nadie puede
decir que el Señor inventó el matrimonio como un instrumento
de tortura. Jamás aparece esa idea en ningún texto. Tampoco
puede verse al matrimonio como una tumba del amor, o
una prisión oscura. Que en un matrimonio pueda haber momentos
de dificultad es normal, pero es a la felicidad a
la que convoca el Señor en el Espíritu, y el
matrimonio es para la felicidad en la totalidad de la
entrega. Si la entrega no es total, entonces la felicidad
no se tiene, no se puede tener, aunque las personas
digan que les está yendo muy bien. Y es que
el hombre es una verdad integral, y el equilibrio de
la integralidad de la persona requiere del don de una
auténtica fidelidad.
Refiriéndose a ese don, G.K. Chesterton, con su humor
espléndido, decía que las aves que no hacen nido, no
maduran. Un ave que no hace nido es inmadura. A
no ser que se trate de una vocación característica en
la riqueza de Dios --la vida sacerdotal, la vida consagrada--
lo usual es que, como dice Chesterton, un ave que
no hace nido, un nido estable, un nido comunidad de
vida y amor, no se desarrolle. Este nido estable supone
una totalidad de amor, y la totalidad de amor supone
explícita e implícitamente una cierta presencia del Espíritu. Desde luego
que para el matrimonio sacramento eso es más que evidente,
pero también lo es para aquellos que viven un matrimonio
natural sin haber conocido a Cristo. La gracia de Dios
y la moción del Espíritu --afirma la Gaudium et spes--
obra en ellos «de modo invisible» (12). Dios de alguna
manera está actuando en ellos. Por eso en la Carta
a los Efesios (13) --esto lo digo inclusive con esperanza--
la Iglesia descubre el sacramento, pero también, en virtud de
la unidad en una sola carne, descubre de alguna manera
esa presencia de Dios en aquellos que han fundado una
familia que no tiene todavía la luminosidad, la riqueza, la
profundidad de la fe.
Hay que redescubrir entonces una espiritualidad matrimonial
en la familia que siga el camino de la donación
de Cristo por la Iglesia, según la hermosa expresión de
San Pablo: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó
(tradidit) a sí mismo por ella» (14). Hay algunos autores
que están trabajando este filón de la espiritualidad matrimonial que
me parece muy rico. El Señor «se entregó a sí
mismo». Es una entrega de donación, un amor oblativo, una
donación plena. Ese entregarse a sí mismo, como lo hizo
Cristo por la Iglesia, es precisamente el ejemplo para los
esposos. Una donación que, así como la de Cristo, implica
también la acción del Espíritu. Todo esto supone al Espíritu
presente en la Iglesia, supone una profunda fe en la
acción del Resucitado, que infunde el Espíritu en el gran
Pentecostés eclesial, pero también en el pentecostés del amor, del
encuentro, del lenguaje, de la unidad, de la ternura, del
compromiso, de la piedad de los esposos. Y esto en
relación con los dos aspectos fundamentales, porque un amor de
totalidad es un amor abierto a la vida, al don
del hijo. «Los hijos son, sin duda, el don más
excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los
propios padres» (15), señala la Gaudium et spes. Son, pues,
el don de la vida, ese don de la vida
que se acoge.
La vida es siempre don de Dios. Él
es su fuente. Se acoge con alegría, con espíritu de
fiesta, con reconocimiento, pero se acoge como una misión en
la familia, para educar, para formar.
Hoy podemos ver que se
acoge poco la vida; parece como si se la teme
más y más. Recién llegado de Rusia tengo algunas cifras
en la memoria: se dan anualmente 3 y medio millones
de abortos en esa nación. Algunas mujeres abortan 3, 4
ó 5 veces en su vida, y en algunos casos
parecería que no tienen mucha conciencia. Ya en una visita
anterior nos habían dicho que allá el aborto era una
operación quirúrgica secundaria. Aunque a veces se les complica por
problemas médicos, para ellos es una operación quirúrgica secundaria que
no afecta valores morales. Y en Ucrania, que tiene 50
millones de habitantes, se dan cerca de 2 y medio
millones de abortos cada año. Ya lo sabemos, 40 ó
50 millones en el mundo. Hoy en Europa ha crecido
mucho el miedo a la vida. En una reunión sobre
demografía que realizamos hace algunos años con un grupo de
especialistas, se decía, utilizando una imagen gráfica, que esto es
como el «Titanic»: muchos van en un barco de primera
clase, creyendo que nadie podrá hundirlo, entre música y champaña,
pero allí está el iceberg, y con el iceberg viene
el invierno demográfico: países en los que la población empieza
a reducirse. Hay un miedo a la vida que se
inculca con el mito demográfico de la sobrepoblación que cada
día se va viendo con más claridad que es sólo
un mito.
La familia, esa comunidad de vida y de amor
en donde hay un recíproco donarse, una mutua ayuda (mutuum
adjutorium), tiene su razón de ser también complementariamente en el
hecho de dar la vida, como instrumento de Dios que
la comunica infundiendo el alma, y de educar en la
vida. Ésa es una misión de la familia. Cuando a
la familia la separan de la vida, por el camino
de la contraconcepción que se vuelve un imperialismo y un
colonialismo, se traiciona la total comunión de amor y se
destruye ese amor. Eso lo había advertido ya Pablo VI
en la Humanae vitae (16). Separar el amor unitivo del
amor fecundo es atentar contra la raíz misma de ese
único amor.
El miedo a la vida va creciendo por muchos
factores, no sólo por el egoísmo --aunque lo hay, ¡y
de qué manera!-- sino también por problemas reales, como el
del trabajo --obligatorio casi-- de la mujer fuera del hogar.
Muchos esposos se preguntan: ¿cómo hacemos para tener hijos?, ¿quién
los educa?, ¿cómo hacemos, sobre todo los primeros años? Gary
Becker, premio Nobel de economía, señala que el mundo está
desquiciado, porque primero crea mecanismos que obligan a la mujer
a tener que trabajar, pues si no, no logran entre
los dos sobrevivir con salarios simples. Pero resulta que después
los Estados tienen que buscar otros mecanismos para ver de
qué manera reemplazan en su oficio a las madres, con
enormes costos. Es una economía trastornada: ayudan a las familias
con beneficios sociales, pero no logran reemplazar a las familias.
Ninguna institución, ningún Estado en ninguna época de la historia,
ha sido capaz de sustituir a la familia, aunque se
han hecho muchos intentos.
La familia es insustituible, y lo es
sobre todo porque es la única capaz de formar humanamente,
integralmente al ser humano, de formar en el amor, en
un amor responsable y con unos valores, con esa capacidad
de ex-sistir, de respeto, de donación. En el Plan de
Dios nadie es capaz de responder a esa misión de
la manera en que están llamados a hacerlo los padres.
Cualquier otra mediación social la podemos posiblemente aceptar, pero en
esto de formar al hijo integralmente --que no es llenarlo
de cosas, de regalos, de computadoras, de información, sino formar
el ser mediante la transmisión de la fe, de unos
valores morales insustituibles, de una verdad sobre el hombre y
la mujer, y por ello sobre la familia, creado «a
imagen y semejanza de Dios»-- sólo es eficaz la familia.
Pero
para que los padres puedan hacer esto, dando la vida,
defendiendo la vida, estableciendo la cultura de la vida, se
necesita esa fuente de energía en la familia que es
la presencia del Espíritu. Porque a pesar de los muchos
problemas y dificultades que puedan haber, existe una energía maravillosa
en la familia. Y es que la energía de Dios
es una energía que no pasa, que no se desgasta,
que no termina, que es permanentemente comunicada, pues es una
energía que viene del Espíritu. El desgaste energético del que
hablan los físicos --todo está sometido al desgaste energético y
un día las galaxias y las estrellas se apagarán, como
hoy vemos luces de estrellas apagadas hace millares y millares
de años, porque todo se desgasta--, no se aplica a
la energía de Dios, a la energía del Espíritu. Lo
paradójico es que la energía del Espíritu hace que en
el donarse la fuerza del amor crezca --se trata de
otro tipo de energía-- para defender el don de la
vida y para llevar esa vida a su última floración.
El
proceso de la vida va del nacimiento a la muerte,
es la parábola que culmina en el verdadero hombre, en
aquel que será capaz de ver a Dios «cara a
cara» (17), aquel que va a descubrir ya no el
amor en el camino, sino el amor «cara a cara»
en el esplendor del que apenas en forma participada experimentamos
una felicidad limitada en la Tierra. He aquí la razón
por la cual podemos decir que el Espíritu Santo, alma
en la vida de la Iglesia, es alma en la
vida de la familia. Y si las familias son animadas
por el Espíritu, tendrán la capacidad de comunicar el Evangelio
de la familia, la Buena Nueva que moviliza y alegra.
No se trata de un anuncio de tristeza y de
tortura. Cruz sí, pero una cruz pascual, una cruz que
se prolonga hasta la cruz misma de Cristo en donde
adquiere su propia consistencia la cruz de cada uno. Cada
cual ha de tomar la cruz de su vida, pero
la cruz en Cristo. No son recetas fáciles las que
la Iglesia ofrece, como las de los gurús. ¡No! Son
modalidades costosas de compromiso, de manera que en Cristo, Dux
vitae, el Señor de la vida que reina vivo, tengamos
la efusión del Espíritu en la raíz en la que
todo auténtico amor se vuelve vida y desemboca en el
mar infinito del amor de Dios.
Las notas han sido añadidas
por el editor.
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Notas
1. 1Cor 12,3. 2. Ver Gén 2,7. 3.
Ver Ez 37,1-10. 4. Lumen gentium, 7. 5. Rom 8,14. 6.
Ef 4,30. 7. Mt 19,6. 8. CIC, c. 1055, SS
1: «La alianza matrimonial, por la que el varón y
la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la
vida («totius vitae consortium»), ...fue elevada por Cristo Señor a
la dignidad de sacramento entre bautizados». 9. Ver Pablo VI,
Humanae vitae, 9. 10. Mt 19,5-6; Mc 10,8; 1Cor 6,16; Ef
5,31. Ver Gén 2,24. 11. Discurso a Diogneto, V,7. 12.
Gaudium et spes, 22. 13. Ver Ef 5,21-32. 14. Ef
5,25. 15. Gaudium et spes, 50. 16. Ver Pablo VI,
Humanae vitae, 11-12. 17. 1Cor 13,12. |
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