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Recomendaciones
Pontificio Consejo para la Familia
14 de marzo de 1997
Queremos
expresar nuestra fe en el sacramento del matrimonio: unión definitiva
de un hombre y una mujer bautizados en Cristo; unión
ordenada a la acogida y a la educación de los
hijos (ver Gaudium et spes, 48).
Constatamos que el sacramento del
matrimonio constituye una riqueza para los mismos esposos, para la
sociedad y para la Iglesia. Implica una maduración bajo el
signo de la esperanza para los que desean robustecer su
amor en la estabilidad y fidelidad, con la ayuda de
Dios que bendice su unión. Esa realidad redunda en beneficio
también de todas las demás parejas.
En muchos países, los divorcios
se han convertido en una auténtica «plaga» social (ver Gaudium
et spes, 47). Las estadísticas señalan un crecimiento continuo de
los fracasos, incluso entre personas que se hallan unidas en
el sacramento del matrimonio. Este preocupante fenómeno lleva a considerar
sus numerosas causas, entre las cuales se encuentran: el desinterés,
de hecho, del Estado con respecto a la estabilidad del
matrimonio y de la familia, una legislación permisiva sobre el
divorcio, la influencia negativa de los medios de comunicación social
y de las organizaciones internacionales y la insuficiente formación cristiana
de los fieles.
Estos «jaques» son una fuente de sufrimiento tanto
para los hombres de hoy como, sobre todo, para los
que ven que fracasa el proyecto de su amor conyugal.
La
Iglesia es muy sensible al dolor de sus miembros: al
igual que se alegra con los que se alegran, también
llora con los que lloran, (ver Rom 12, 15).
Como ha
subrayado muy bien el Santo Padre en el discurso que
nos dirigió durante los trabajos de la Asamblea Plenaria: «Estos
hombres y estas mujeres deben saber que la Iglesia los
ama, no está alejada de ellos y sufre por su
situación. Los divorciados vueltos a casar son y siguen siendo
miembros suyos, porque han recibido el bautismo y conservan la
fe cristiana» (n. 2).
Así pues, los pastores han de mostrar
su solicitud hacia los que sufren las consecuencias del divorcio,
sobre todo hacia los hijos; se deben preocupar de todos
y, siempre en armonía con la verdad del matrimonio y
de la familia, traten de aliviar la herida infligida al
signo de la alianza de Cristo con la Iglesia.
La Iglesia
Católica, al mismo tiempo, no puede quedar indiferente frente el
aumento de esas situaciones, ni debe rendirse ante una costumbre,
fruto de una mentalidad que devalúa el matrimonio como compromiso
único e indisoluble, así como no puede aprobar todo lo
que atenta contra la naturaleza propia del matrimonio mismo.
La Iglesia,
además, no se limita a denunciar los errores, sino que,
según la constante doctrina de su magisterio -reafirmada especialmente en
la exhortación apostólica Familiaris consortio (nn. 83 y 84)- quiere
hacer uso de cualquier medio para que las comunidades locales
puedan sostener a las personas que viven en esas condiciones.
Por
esto, nosotros, en la asamblea plenaria del Consejo pontificio para
la familia, presentamos las siguientes recomendaciones a los obispos -como
moderadores de la pastoral matrimonial-, así como a sus respectivas
comunidades. Podrán ser útiles para concretar las orientaciones pastorales y
para adecuarlas a las situaciones particulares.
Además, invitamos a todos los
que tienen responsabilidades en la Iglesia a un esfuerzo especial
con respecto a los que viven las consecuencias de las
heridas causadas por el divorcio, teniendo presente:
- la solidaridad de
toda la comunidad;
- la importancia de la virtud de la
misericordia, que respeta la verdad del matrimonio;
- la confianza en
la ley de Dios y en las disposiciones de la
Iglesia, que protegen amorosamente el matrimonio y la familia;
- y
un espíritu animado por la esperanza.
Ese esfuerzo especial supone una
adecuada formación de los sacerdotes y de los laicos comprometidos
en la pastoral familiar. El primer signo del amor de
la Iglesia es no permitir que caiga el silencio sobre
una situación tan preocupante (ver Famiiaris consortio, 84).
Para ayudar a
redescubrir el valor y el significado del matrimonio cristiano y
de la vida conyugal, proponemos tres objetivos y los correspondientes
medios pastorales.
PRIMER OBJETIVO: LA FIDELIDAD
Conviene que toda la comunidad cristiana
utilice los medios para sostener la fidelidad al sacramento del
matrimonio, con un esfuerzo constante encaminado a:
- cuidar la preparación
y la celebración del sacramento del matrimonio;
- dar toda su
importancia a la catequesis sobre el valor y el significado
del amor conyugal y familiar,
- acompañar a los hogares en
su vida diaria (pastoral familiar, recurso a la vida sacramental,
educación cristiana de los niños, movimientos familiares, etc.);
- alentar y
ayudar a los cónyuges separados o divorciados, que viven solos,
a permanecer fieles a los deberes de su matrimonio;
- preparar
un directorio de los obispos sobre la pastoral familiar (ver
Familiaris consortio, 66), donde aún no se haya realizado;
- cuidar
la preparación del clero y en particular de los confesores,
para que formen las conciencias según las leyes de Dios
y de la Iglesia sobre la vida conyugal y familiar;
-
promover la formación doctrinal de los agentes pastorales;
- animar la
oración litúrgica para los que atraviesan dificultades en su matrimonio;
-
y difundir estas orientaciones pastorales también mediante folletos sobre la
situación de los divorciados vueltos a casar.
SEGUNDO OBJETIVO: ACOMPAÑAR A
LAS FAMILIAS EN DIFICULTAD
Los pastores deben exhortar en particular a
los padres, en virtud del sacramento del matrimonio que han
recibido, para que sostengan a sus hijos casados; a los
hermanos y hermanas, para que rodeen a las parejas con
su fraternidad; y a los amigos, para que ayuden a
sus amigos.
Además, los hijos de los separados y de los
divorciados necesitan una atención específica, sobre todo en el marco
de la catequesis.
Se debe promover también la asistencia pastoral de
los que se dirigen o podrían dirigirse al juicio de
los tribunales eclesiásticos. Conviene ayudarles a tomar en cuenta la
posible nulidad de su matrimonio.
No hay que olvidar que a
menudo las dificultades matrimoniales pueden degenerar en drama, si los
esposos no tienen la voluntad o la posibilidad de acudir
con confianza, cuanto antes, a una persona -sacerdote o laico
competente- para que les ayude a superarlas.
En cualquier caso, es
preciso hacer todo lo posible para llegar a una reconciliación.
TERCER
OBJETIVO: ACOMPAÑAMIENTO ESPIRITUAL
Cuando los cristianos divorciados pasan a una unión
civil, la Iglesia, fiel a la enseñanza de nuestro Señor
(ver Mc 10, 2-9), no puede expresar signo alguno, ni
público ni privado, que significara una especie de legitimación de
la nueva unión.
Con frecuencia se constata que la experiencia del
anterior fracaso puede provocar la necesidad de solicitar la misericordia
de Dios y su salvación. Es preciso que los divorciados
que se han vuelto a casar den la prioridad a
la regularización de su situación en la comunidad eclesial visible
e, impulsados por el deseo de responder al amor de
Dios, se dispongan a un camino destinado a hacer que
se supere todo desorden. La conversión, sin embargo, puede y
debe comenzar sin dilación ya en el estado existencial en
que cada uno se encuentra.
SUGERENCIAS PASTORALES
El obispo, testigo y custodio
del signo matrimonial -junto con los sacerdotes, sus colaboradores-, con
el deseo de llevar a su pueblo hacia la salvación
y la verdadera felicidad, deberá:
a) expresar la fe de la
iglesia en el sacramento del matrimonio y recordar las directrices
para una preparación y una celebración fructuosa;
b) mostrar el sufrimiento
de la Iglesia ante los fracasos de los matrimonios y
sobre todo ante las consecuencias para los hijos;
c) exhortar y
ayudar a los divorciados, que han quedado solos, a ser
fieles al sacramento de su matrimonio (ver Familiaris consortio, 83);
d)
Invitar a los divorciados que han pasado a una nueva
unión a:
- reconocer su situación irregular, que implica un estado
de pecado, y a pedir a Dios la gracia de
una verdadera conversión;
- observar las exigencias elementales de la justicia
hacia su cónyuge en el sacramento y hacia sus hijos;
-
tomar conciencia de sus propias responsabilidades en estas uniones;
- comenzar
inmediatamente un camino hacia Cristo, único que puede poner fin
a esa situación: mediante un diálogo de fe con la
persona con quien convive, para un progreso común hacia la
conversión, exigido por el bautismo, y sobre todo mediante la
oración y la participación en las celebraciones litúrgicas, pero sin
olvidar que, por ser divorciados vueltos a casar, no pueden
recibir los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía;
e)
llevar a la comunidad cristiana a una comprensión más profunda
de la importancia de la piedad eucarística, como por ejemplo:
la visita al Santísimo Sacramento, la comunión espiritual, la adoración
del Santísimo;
f) invitar a meditar en el sentido del pecado,
llevando a los fieles a comprender mejor el Sacramento de
la Reconciliación;
g) y estimular a una comprensión adecuada de la
contrición y de la curación espiritual, que supone también el
perdón de los demás, la reparación y el compromiso efectivo
al servicio del prójimo.
Publicado en L´Osservatore Romano, edición en castellano,
14 de marzo de 1997. |