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Autor: S.S. Benendicto XVI | Fuente: Zenit.org El Papa Benedicto XVI a las Familias desde Nazaret
Homilía de Benedicto XVI en Nazaret. El Papa visitó Nazaret y reflexionó sobre el papel de cada miembro de la familia, a la luz de la Sagrada Familia
El Papa Benedicto XVI a las Familias desde Nazaret
Homilía de Benedicto XVI en Nazaret
La ciudad de Jesús, María
y José
Queridos hermanos y hermanas
"¡Que la paz de Cristo presida
vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un
solo Cuerpo! (Colosenses 3, 15). Con estas palabras del apóstol
Pablo, saludo a todos con afecto en el Señor. Me
alegro de haber venido a Nazaret, lugar bendecido por el
misterio de la Anunciación, lugar que contempló los años escondidos
del crecimiento de Jesús en sabiduría, edad y gracia (Cf.
Lucas 2,52). Agradezco al arzobispo Elias Chacour sus gentiles palabras
de bienvenida, y abrazo con el signo de la paz
a mis hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y todos los fieles
de Galilea, que en la diversidad de sus ritos y
tradiciones, expresan la universalidad de la Iglesia de Cristo. Deseo
dar las gracias en especial a cuantos han hecho posible
esta celebración, particularmente a quienes han participado en la planificación
y construcción de este nuevo escenario con su espléndido panorama
de la ciudad.
Aquí en la ciudad de Jesús, María y
José, nos reunimos para destacar la conclusión del Año de
la Familia celebrado por la Iglesia en Tierra Santa. Como
signo de esperanza para el futuro, bendeciré la primera piedra
de un Centro Internacional para la Familia, que será construido
en Nazaret. Oremos para que este Centro promueva una sólida
vida familiar en esta región, ofrezca apoyo y asistencia a
las familias en cualquier lugar y las anime en su
insustituible misión en la sociedad.
Esta etapa de mi peregrinación, estoy
seguro, llamará la atención de toda la Iglesia hacia esta
ciudad de Nazaret. Como dijo el Papa Pablo VI todos
necesitamos volver a Nazaret para contemplar siempre de nuevo el
silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de
toda vida familiar cristiana. Aquí, tras el ejemplo de María,
José y Jesús, podemos apreciar aún más la santidad de
la familia que, en el plan de Dios, se basa
en la fidelidad para toda la vida de un hombre
y una mujer, consagrada por el pacto conyugal y abierta
al don de Dios de nuevas vidas. ¡Cuánta necesidad tienen
los hombres y mujeres de nuestro tiempo de volver a
apropiarse de esta verdad fundamental, que constituye la base de
la sociedad y qué importante es el testimonio de parejas
casadas para la formación de conciencias maduras y la construcción
de la civilización del amor!
En la primera lectura de hoy,
tomada del libro del Eclesiástico (3, 3-7.14-17), la palabra de
Dios presenta a la familia como la primera escuela de
la sabiduría, una escuela que educa a los propios miembros
en la práctica de esas virtudes que conducen a la
felicidad auténtica y duradera. En el plan de Dios para
la familia, el amor del marido y la mujer produce
el fruto de nuevas vidas, y encuentra su expresión cotidiana
en los esfuerzos amorosos de los padres para asegurar una
formación integral humana y espiritual para sus hijos. En la
familia cada persona, ya sea el niño más pequeño o
el familiar más anciano, es valorada por lo que es
en sí misma, y no es vista meramente como un
medio para otros fines. Aquí empezamos a atisbar algunos de
los papeles esenciales de la familia como primera piedra de
la construcción de una sociedad bien ordenada y acogedora. Además
alcanzamos a apreciar, dentro de la sociedad en general, el
deber del Estado de apoyar a las familias en su
misión educadora, de proteger la institución de la familia y
sus derechos inherentes, y de asegurar que todas puedan vivir
y florecer en condiciones de dignidad.
El apóstol Pablo, escribiendo a
los Colosenses, habla instintivamente de la familia cuando busca ilustrar
las virtudes que edifican "el único cuerpo" que es la
Iglesia. Como "elegidos de Dios, santos y amados", estamos llamados
a vivir en armonía y en paz los unos con
los otros, mostrando sobre todo magnanimidad y perdón, con el
amor como el vínculo más grande de perfección (Cf. Colosenses
3, 12-14). En la alianza conyugal, el amor del hombre
y de la mujer es elevado por la gracia hasta
convertirse participación y expresión del amor de Cristo y de
la Iglesia (Cf. Efesios 5, 32), de modo que la
familia, fundada sobre el amor, esta llamada a ser una
"iglesia doméstica", un lugar de fe, de oración y de
preocupación amorosa por el verdadero y duradero bien de cada
uno de sus miembros.
Al reflexionar sobre estas realidades, aquí, en
la ciudad de la Anunciación, nuestro pensamiento se dirige naturalmente
a María, "llena de gracia", la Madre de la Sagrada
Familia y nuestra Madre. Nazaret nos recuerda el deber de
reconocer y respetar la dignidad y misión concedidas por Dios
a las mujeres, como también sus carismas y talentos particulares.
Ya sea como madres de familia, en cuanto presencia vital
en las fuerzas laborales y en las instituciones de la
sociedad, ya sea en la particular vocación a seguir al
Señor mediante los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia,
las mujeres tienen un papel indispensable en la creación de
esa "ecología humana" (Cf. Centesimus annus, 39) de
la que nuestro mundo y también esta tierra tienen una
necesidad urgente: un ambiente en el que los niños aprendan
a amar y querer a los demás, a ser honestos
y respetuosos con todos, a practicar las virtudes de la
misericordia y del perdón.
En esto, pensamos también en san José,
el hombre justo que Dios quiso poner al frente de
su casa. Del ejemplo fuerte y paterno de José, Jesús
aprendió las virtudes de la piedad masculina, la fidelidad a
la palabra dada, la integridad y del trabajo duro. En
el carpintero de Nazaret vemos cómo la autoridad puesta al
servicio del amor es infinitamente más fecunda que el poder
que busca el dominio. ¡Cuánta necesidad tiene nuestro mundo del
ejemplo, de la guía y de la silenciosa calma de
hombres como José!
Finalmente, al contemplar la Sagrada Familia de Nazaret,
dirigimos ahora la mirada al niño Jesús, que en la
casa de María y de José creció en sabiduría y
conocimiento, hasta el día en el que inició su ministerio
público. En esto, quisiera compartir un pensamiento particular con los
jóvenes presentes. El Concilio Vaticano II enseña que los niños
tienen un papel especial para hacer crecer a sus padres
en la santidad (Cf. Gaudium et spes, 48).
Les pido que reflexionen sobre ello y dejen que el
ejemplo de Jesús les guíe no sólo para demostrar respeto
a sus padres, sino también para ayudarles a descubrir con
más plenitud el amor que da a nuestra vida el
sentido más profundo. En la Sagrada Familia de Nazaret, Jesús
enseñó algo a María y a José sobre la grandeza
del amor de Dios, su Padre de los Cielos, la
fuente última de todo amor, el Padre de quien toda
familia en el cielo y en la tierra toma su
nombre (Cf. Efesios 3, 14-15).
Queridos amigos, en la oración colecta
de la misa de hoy hemos pedido al Padre que
"nos ayude a vivir como la Sagrada Familia, unidos en
el respeto y en el amor". Renovemos aquí nuestro compromiso
de ser levadura de respeto y de amor en el
mundo que nos rodea. Este Monte del Precipicio nos recuerda,
como lo ha hecho con generaciones de peregrinos, que el
mensaje del Señor fue en ocasiones fuente de contradicción y
de conflicto con los mismos que le escuchaban. Por desgracia,
como sabe el mundo, Nazaret ha experimentado tensiones en los
años recientes, que han dañado las relaciones entre las comunidades
cristiana y musulmana. Invito a las personas de buena voluntad
de ambas comunidades a reparar el daño cometido, y en
fidelidad al credo común en un único Dios, Padre de
la familia humana, a trabajar para construir puentes y encontrar
formas de convivir pacíficamente. ¡Que cada uno rechace el poder
destructivo del odio y del prejuicio, que matan al alma
humana antes que al cuerpo!
Dejad que concluya con unas palabras
de gratitud y alabanza a cuantos se esfuerzan por llevar
el amor de Dios a los niños de esta ciudad
y por educar a las nuevas generaciones en los caminos
de la paz. Pienso de manera especial en los esfuerzos
de las iglesias locales, particularmente en sus escuelas y en
sus instituciones caritativas, para derribar los muros y para ser
terreno fértil de encuentro, de diálogo, de reconciliación y de
solidaridad. Aliento a los sacerdotes, a los religiosos, a los
catequistas y a los profesores a que se comprometan, junto
con los padres y cuantos se dedican al bien de
nuestros pequeños, a perseverar por dar testimonio del Evangelio, a
tener confianza en el triunfo del bien y de la
verdad, y a confiar en que Dios hará crecer toda
iniciativa destinada a difundir su Reino de santidad, solidaridad, justicia
y paz. Al mismo tiempo reconozco con gratitud la solidaridad
que muchos hermanos y hermanas nuestros en todo el mundo
expresan hacia los fieles de Tierra Santa, apoyando los loables
programas y actividades de la Catholic Near East Welfar Association.
"Hágase
en mí según tu palabra" (Lucas 1,38). ¡Qué la virgen
de la Anunciación, que con valentía abrió el corazón al
misterioso plan de Dios, y se convirtió en Madre de
todos los creyentes, nos guíe y nos apoye con su
oración! ¡Que obtenga para nosotros y nuestras familias la gracia
de abrir los oídos a esta palabra del Señor que
tiene el poder de construir (Cf. Hechos 20, 32), que
nos inspire decisiones valerosas, y que guíe nuestros pasos por
el camino de la paz!
[Traducción del original inglés realizada por
Jesús Colina]
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