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Autor: Dr. Jaime Antúnez Aldunate | Fuente: Catholic.net ¿Qué cosa es el valor?
Ponencia del Dr. Jaime Antúnez Aldunate en el VI Encuentro Mundial de las Familias
¿Qué cosa es el valor?
¿En nombre de qué podemos afirmar que tal acto humano
es bueno o malo, tal conducta justa o injusta, tal
comportamiento correcto o no?
Nuestra época, nosotros mismos, perturbados muchas
veces por los inmensos cambios que vemos a nuestro alrededor
y que afectan de forma muy concreta nuestras vidas y
las de nuestras familias, nos habremos de hacer muchas veces
esta pregunta: ¿Sobre qué, a fin de cuentas, se apoyan
los valores y los principios éticos?
Para responder a esta pregunta,
las generaciones que nos precedieron se apoyaban sobre dos fundamentos.
El primer fundamento era religioso: Dios manifestaba su voluntad a
través de su ley. Este fundamento no excluía sino que
abrazaba asimismo el orden de la razón, como lo expresa
con claridad Tertuliano, a quien cita el Catecismo de la
Iglesia Católica en su capítulo sobre la Ley Moral: “El
hombre es el único entre todos los seres animados que
puede gloriarse de haber sido digno de recibir de Dios
una ley: Animal dotado de razón, capaz de comprender y
de discernir, regular su conducta disponiendo de su libertad y
de su razón, en la sumisión al que le ha
entregado todo”. Se entiende de este modo que es intrínseco
a la dignidad del hombre que su inteligencia haya sido
creada con la capacidad de aprehender la verdad. La verdad
sobre el hombre puede así ser conocida universalmente gracias a
la ley moral inscrita en el corazón de cada uno,
lo cual lejos de ser una limitación es la real
garantía de poder obrar moralmente con libertad.
El segundo fundamento sobre
el qué se apoyaban los valores y los principios éticos
era de carácter metafísico: los griegos (v.gr. Aristóteles y los
estoicos) evocaban la naturaleza humana, con lo que ella suponía
de consonancia armónica entre el cosmos y la conciencia personal.
Muchos siglos después, el filósofo alemán Emmanuel Kant -para quién
la filosofía como moral se nutre en último término de
la esperanza de que Dios exista- elegiría otra perspectiva metafísica:
fundó su ética sobre el bien, buscado en cuanto él
mismo (“Hacer el bien porque es el bien”) y percibido
como un imperativo categórico.
¿Qué nos sucede entre tanto hoy?
Resulta claro
que estos dos pilares –el religioso y el metafísico- que
fundamentaban para nosotros y para nuestros mayores la moral y
los valores, se han derrumbado ante nuestros ojos. La religión
ya no representa una referencia común para las sociedades occidentales
(a diferencia de lo que acontece en ciertas sociedades islámicas).
Y por lo que se refiere a la metafísica, la
hemos visto desmoronarse a partir de la crisis de la
razón ética, en el siglo XVII, derivando paulatinamente en tantas
convicciones como conciencias individuales existan.
En materia de fe y de
costumbres habríamos abandonado así la era de la verdad y
la certeza para entrar en la era de las convicciones,
que en muchos casos se confunden con simples convenciones.
Una ficción
que ilustra la actual realidad moral
El cuadro que se hace
presente ante nosotros, está bien figurado en la introducción del
libro “Tras la virtud” del filósofo y sociólogo británico Alasdair
MacIntyre, a través de una imagen metafórica relativa a las
ciencias naturales, que el mencionado autor denomina escuetamente “sugerencia inquietante”.
Imaginemos, dice, que las ciencias naturales sufren los efectos de
una gran catástrofe. La población mundial culpa a los científicos
de grandes desastres ambientales. Se producen motines, se asaltan los
laboratorios y se les incendia, se da muerte a los
físicos, los libros y los instrumentos son destruidos. El movimiento
llamado “Ningún-Saber” toma victoriosamente el poder y procede a la
abolición de la ciencia que se enseña en colegios y
universidades, apresando y ejecutando a los científicos que restan. Pasa
luego un cierto tiempo y la gente ilustrada que ha
sobrevivido a la catástrofe promueve una reacción contra la mencionada
ola destructiva anticientífica. Intentan resucitar la ciencia, aunque se encuentran
con el problema de que han olvidado en gran parte
lo que fue. Poseen apenas fragmentos: cierto conocimiento de los
experimentos desgajado sin embargo de cualquier conocimiento del contexto teórico
que les daba significado; partes de teorías sin relación tampoco
con otro fragmento o parte de teoría que poseen, ni
con la experimentación; instrumentos cuyo uso ha sido olvidado; semicapítulos
de libros, páginas sueltas de artículos, no siempre del todo
legibles porque están rotos y chamuscados. A pesar de todo,
se recogen esos fragmentos y se les incorporan a una
serie de prácticas que se materializan resucitando para ellas los
títulos científicos de física, química, biología, etc. Los adultos involucrados
en este esfuerzo disputan unos con otros sobre los correspondientes
méritos de la teoría de la relatividad, la teoría de
la evolución y otras más, aunque poseen ahora un conocimiento
muy restringido y parcial de cada una de ellas. Los
niños son llevados a aprender de memoria las partes sobrevivientes
de la tabla periódica y recitan como ensalmos algunos de
los teoremas de Euclides. Nadie, o casi nadie, comprende que
lo que se está llevando a cabo no es ciencia
natural bajo ningún concepto. Los contextos que serían necesarios para
dar sentido a toda esta actividad se han perdido, quizás
irremediablemente. Algunos echan mano de expresiones como “peso atómico”, “masa”,
“gravedad específica” con una ilación de lenguaje que recuerda los
tiempos anteriores a la pérdida provocada por la gran catástrofe.
Pero acontece en realidad que las premisas implícitas en el
uso de esas expresiones habrían desaparecido y su utilización nos
revelaría elementos de arbitrariedad y hasta de elección fortuita francamente
sorprendentes. Se cruzarían razonamientos contrarios y excluyentes no soportados por
ningún argumento.
¿A qué viene construir este mundo imaginario habitado por
pseudocientíficos ficticios?, se pregunta MacIntyre. Y se responde: “La hipótesis
que quiero adelantar es que, en el mundo actual que
habitamos, el lenguaje de la moral está en el mismo
grave estado de desorden que el lenguaje de las ciencias
naturales en aquel mundo imaginario recién descrito. Lo que poseemos,
si este parecer es verdadero, son fragmentos de un esquema
conceptual, partes a las que ahora faltan los contextos de
los que derivaba su significado. Poseemos, en efecto, simulacros de
moral, continuamos usando muchas de las expresiones-clave. Pero hemos perdido
–en gran parte, si no enteramente- nuestra comprensión, tanto teórica
como práctica de la moral”.
Agrego a lo anterior en
forma libre, tres breves notas que respecto de esta crisis
toma en cuenta MacIntyre y que contribuyen también a ilustrar
nuestro tema:
Primero, la catástrofe sufrida por los habitantes de ese
mundo imaginario debe haber sido de tal naturaleza que, con
excepción de unos pocos, estos dejaron de comprender la naturaleza
de esa misma catástrofe. Algo similar nos parece ver, diríamos
nosotros, en el campo de la moral y los valores. Segundo,
en el cuadro de grave desorden que sufre hoy el
lenguaje de la moral –y que anticipó la metáfora de
la catástrofe científica- “a partir de conclusiones rivales podemos retrotraernos
hasta nuestras premisas rivales, pero cuando llegamos a las premisas,
la discusión cesa, e invocar una premisa contra otra sería
un asunto de pura afirmación y contra-afirmación. De ahí, tal
vez, el tono estridente de tanta discusión moral”.
Tercero, hoy
la gente piensa, habla y actúa en gran medida como
si el emotivismo fuera verdadero, independientemente de cuál pueda ser
su punto de vista teorético públicamente confesado. El emotivismo está
incorporado a nuestra cultura. Con esto no se afirma sólo
que la moral no es lo que fue, sino algo
más importante: que lo que la moral fue, ha desaparecido
en amplio grado, y que esto marca una degeneración y
una grave pérdida cultural. Dejemos aparte ahora el desarrollo que
acomete el filósofo británico y adoptemos simplemente estas consideraciones como
pórtico para nuestra propia reflexión acerca del tema que nos
ha propuesto el Santo Padre. El proceso a Dios
Decíamos recién
que hemos visto el quebrantamiento de los dos pilares –el
religioso y el metafísico- que fundamentaban para nuestros mayores la
moral y los valores. La religión ha dejado así paulatinamente
de ser una referencia común para la sociedad occidental, mientras
que a partir de la crisis de la razón ética,
en el siglo XVII, se produce el derrumbe de la
metafísica. Entrase entonces de lleno en lo que es común
llamar el proceso de secularización de la cultura.
Como en
la revolución acientífica llevada a cabo por los del movimiento
“Ningún-Saber” que imagina MacIntyre, se abre en el siglo XVIII
un proceso sin precedentes, el proceso a Dios, como lo
llama el historiador Paul Hazard. En el siglo XIX dicho
proceso se transforma en un rechazo a Dios. El ataque
frontal contra la Iglesia católica y la fe cristiana desencadenado
por el iluminismo del siglo dieciocho, que declara la fe
cristiana irracional, mítica, legendaria, enemiga de la ciencia y del
progreso, tiene portavoces como Voltaire, Bayle, Holbach Helvetius entre otros.
Su visión destructiva de la religión y de la Iglesia
se profundiza en el siglo diecinueve con Hegel, Feuerbach, Marx,
Comte, Nietzsche, Freud; y en el siglo veinte con el
comunismo, el nacionalsocialismo , y luego con sucesivas generaciones de
pensadores antirreligiosos y anticristianos como Sartre y de científicos materialistas
y agnósticos. Lo que continua hasta hoy, en las líneas
generales que dominan la cultura -a pesar de espléndidas contraexpresiones-
no desdice estos antecedentes, sino que los ahonda.
La tercera etapa
vio asimismo en el siglo XX el advenimiento del hombre-demiurgo.
El extraordinario desarrollo de los conocimientos científicos y avances, más
extraordinarios aún, de una técnica que interviene en todos los
campos, impulsaron al hombre a ocupar el lugar de un
Dios en lo sucesivo ausente. “Desde ahora –escribía Jean Rostand–
contamos con el medio para actuar sobre la cosa vital
(...) porque hemos penetrado en los arcanos de la naturaleza.
(...) La ciencia ha hecho dioses de nosotros antes que
merezcamos ser hombres”.
La secularización en su estadio actual exige
una separación radical de toda expresión religiosa o metafísica. No
siempre rechaza a la religión como tal, pero sí la
supuesta pretensión de modelar la sociedad como en el pasado
y de orientar las costumbres. Cada individuo debe usufructuar de
autonomía respecto a ella; la religión ha de convertirse en
asunto exclusivamente privado. El mundo se ha «despojado de sus
dioses y su Dios», dijo Martin Heidegger. Y sucede, aparentemente,
algo así como si lo divino, se hubiese retirado del
mundo.
La cuestión de los valores hoy
Sin perjuicio del
proceso de secularización descrito en sus grandes trazos, nos encontramos
hoy a diario -principalmente en los medios de comunicación, escritos
y sobre todo en los audovisuales- con una retahíla de
intercambios y discusiones que dan lugar a lo que algunos
llaman la “cuestión valórica”. Se entiende en general por valor, en
este marco, una opinión más estable, diferente de aquella otra
que puede llamarse de coyuntura, como lo son en general
las políticas, económicas o de índole semejante. Se homologará frecuentemente
el tema del valor con un “reproche ético”. Entran en
la categoría de la discusión de valores muy característicamente aquellas
referidas a temas como la familia, el aborto, el derecho
a la vida, la reproducción sexual y similares.
Nos encontramos aquí,
sin embargo, con la necesidad de realizar una primera distinción.
Pues un valor para ser reconocido como bien, necesita ser
experimentado. Es esto algo de la esencia del valor cuando
se trata del tema de la cultura.
Hablando en la
Pontificia Universidad Católica de Chile a los constructores de la
sociedad, durante su visita apostólica a nuestro país, así lo
expresa el recordado Siervo de Dios Juan Pablo II: “La
cultura es "el estilo de vida común (Gaudium et spes,
53c) que caracteriza a un pueblo y que comprende la
totalidad de su vida: "el conjunto de valores que lo
animan y de desvalores que lo debilitan... las formas a
través de las cuales aquellos valores o desvalores se expresan
y configuran, es decir, las costumbres, la lengua, las instituciones
y estructuras de convivencia social" (Puebla, 387). En una palabra,
la cultura es, pues, la vida de un pueblo”.
La
cultura, en otras palabras, sustantivo que deriva de cultivo, supone
un tiempo y un cambio –el de la siembra y
la cosecha decimos- e implica unos valores que nos hacen
vivir y cambiar en una dirección consistente con ese desarrollo
germinal.
La tradición aristotélica hablaba en este sentido de virtudes. Las
virtudes las entendemos en cuanto fuerzas, capacidades de obrar. Los
valores, mientras tanto, apuntan a bienes o cosas que son
estimables.
Pero sea como fuere, virtudes o valores, unos y otros
lo son en cuanto realidades vividas y no en cuanto
meras opiniones. Si no son capaces de cultivar a la
persona –en el sentido de germinar en ella un cultivo
de su ser- estamos en el plano de simples justificaciones
o entelequias racionales, sin vinculación entitativa con el bien, la
verdad y la belleza. Se repetiría así, en el plano
moral o del valor, la situación experimentada por aquellos que
deseaban resucitar –en la ficción de MacIntyre- la ciencia fragmentada
y desgajada de su contexto epistemológico, a consecuencia de la
catástrofe producida por la revolución anticientífica que desencadena el movimiento
“Ningún-Saber”.
Todo lo cual nos pone de frente a la crítica
de Nietzsche , quien formula una suerte de interesado “J’acusse”
(“Yo acuso”): el nihilismo es la situación en la que
los valores se resquebrajan, dejan de tener fuerza, pierden su
finalidad, donde no existe respuesta a la pregunta por qué,
dice el autor de la “Genealogía de la moral” y
de “El Anticristo”. Se les ha situado, a los valores,
en una esfera en la que no se les puede
vivir, transformándose estos en meras justificaciones de la razón y
de la voluntad de poder.
“Dios ha muerto, nosotros lo hemos
matado”, grita Nietzsche. “Hemos cambiado el sentido de los valores,
se les ha subvertido (se refiere a los valores trascendentales
de la metafísica: la unidad, la verdad, el bien, la
belleza). ¿Cómo es que no estamos temblando frente a la
oscuridad que viene? ¿Cómo podrá el hombre vivir con esta
realidad?”, se pregunta. A lo cual responde: sólo el Superhombre
es capaz de sobrevivir en esta situación. Se burla entonces
con sarcasmo de los que pretenden crear una moral después
de haber dado muerte a Dios. ¿Tener en esa situación
una moral? Absurdo, responde Nietzsche. Con diabólica lucidez, el filósofo saca
las consecuencias –aplicadas a la historia humana que tiene ante
sus ojos- de los dichos de la serpiente en el
Paraíso. Los valores suponen por definición, ya dijimos, un algo
estimable, pero su apreciación como tal supone a la vez
un apetito ordenado. El fruto del árbol del Paraíso era
apetitoso a la vista. Lo era, como lo son tantos
bienes antes y después de la subversión provocada por la
revolución nihilista que saluda Nietzsche, la que hizo despertar en
el hombre poderosas fuerzas que, según él, la “moral judeo-cristiana”
había enseñado a refrenar. Y entonces proclama: “Lo que hasta
ahora era lo más valioso sobre la tierra, resulta lo
más despreciable. Y lo que era lo más despreciable, es
ahora lo más valioso”. Como en el Paraíso, glosamos nosotros,
donde el valor estaba en Dios y era según Dios,
y la tentación de la autonomía lo quiso hacer del
hombre y según el hombre. Nietzsche habla desde el lenguaje de
la subversión de los valores. Lo vital para él no
es vivir según Dios, sino gozar lo apetitoso del fruto,
sin Dios. Vivir “dionisiacamente”. Pero fue Dios quien entre tanto
hizo el fruto –hizo todas las cosas y todo lo
hizo bien- y así, el esfuerzo de una “antropología creatural”,
opuesta a la tendencia histórica que comentamos, apuntaría por el
contrario a redescubrir la estimabilidad y belleza que las cosas
tienen según Dios.
La salud no está en dejarse llevar
por las fuerzas “dionisíacas” del “eros”, sino por un amor
razonable y verdadero. Pues Cristo, que no vino a condenar
al primer Adán y a la primera Eva, sino a
redimirlos, “viene a renovar lo que es don de Dios
en el hombre, cuánto hay en él de eternamente bueno
y bello, y que constituye el substrato del amor hermoso.
La historia del “amor hermoso” es, en cierto sentido, la
historia de la salvación del hombre”, nos dice Juan Pablo
II en la Carta a las Familias. “Cuando hablamos de
‘amor hermoso’, hablamos, por tanto, de la belleza: belleza del
amor y belleza del ser humano que, gracias al Espíritu
Santo, es capaz de este amor”, agrega.
Para ahondar en
la comprensión de la dualidad moral y valórica aquí planteada,
y en las premisas de una verdadera “antropología creatural”, conviene
leer con cuidado la primera parte de la encíclica Deus
caritas est. El Papa Benedicto XVI se detiene allí en
los conceptos de “eros” y “agapé”, como expresión del amor
humano, según el uso dado a uno y otro de
estos términos por los griegos y también por el Antiguo
y el Nuevo Testamento. Con claridad y hondura, llama nuestra
atención en el comienzo de esta carta hacia lo siguiente:
relegar la palabra eros por la nueva concepción del amor
que se expresa con la palabra agapé, “denota sin duda
algo esencial en la novedad del cristianismo, precisamente en su
modo de entender el amor”. Y agrega, en directa relación
con lo que veníamos tratando: “En la crítica al cristianismo
que se ha desarrollado con creciente radicalismo a partir de
la Ilustración, esta novedad (la del amor entendido como “agapé”)
ha sido valorada de modo absolutamente negativo. El cristianismo, según
Friedrich Nietzsche –sigue diciendo el Papa-, habría dado de beber
al eros un veneno, el cual, aunque no le llevó
a la muerte, le hizo degenerar en vicio. El filósofo
alemán expresó de este modo una apreciación muy difundida: la
Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en
amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizás
carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en
nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos
hace pregustar algo de lo divino?” (hasta aquí la cita
de Deus caritas est).
“Antropología creatural”(y real dimensión del “Eros”)
Lo
característico del amor cristiano –al que damos el nombre de
agapé- es la oblación, el don. La cultura pagana, principalmente
la griega, rendía culto por el contrario al amor vehemente
y posesivo, es decir, el eros. El judeo-cristianismo no rechazó
el eros, sino que combatió, desde el Antiguo Testamento, la
desviación destructora que conduce a transformarlo en falsa divinidad, que
le priva de dignidad y lo deshumaniza. “El eros necesita
disciplina y purificación para dar al hombre, no el placer
de un instante, sino un modo de hacerle pregustar en
cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad
a la que tiende todo nuestro ser (...) (Mas para
ello) hace falta una purificación y una maduración, que incluyen
también la renuncia. Esto (en cualquier caso) no es rechazar
el eros ni « envenenarlo », sino sanearlo para que
alcance su verdadera grandeza (...) Porque ni la carne ni
el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que
ama como criatura unitaria, de la cual forman parte cuerpo
y alma”.
En la ribera opuesta de la Weltanschaung nietzschiana
–que supone un eros envenenado por el cristianismo- Benedicto XVI
nos recuerda los fundamentos religiosos y asimismo metafísicos que es
imperioso guardemos en nuestros corazones hoy, cuando esa oscuridad presagiada
por el filósofo ha caído sobre el mundo, a fin
de animarnos a recuperarlos para la cultura en general: “El
aspecto filosófico e histórico-religioso que se ha de subrayar en
esta visión (…) es que, por un lado, nos encontramos
ante una imagen estrictamente metafísica de Dios: Dios es en
absoluto la fuente originaria de cada ser; pero este principio
creativo de todas las cosas —el Logos, la razón primordial—
es al mismo tiempo un amante con toda la pasión
de un verdadero amor. Así, el eros es sumamente ennoblecido,
pero también tan purificado que se funde con el agapé.”
Esta imagen de amor-eros por su pueblo, fundido y purificado
en agapé de Dios, Único Señor , se corresponde muy
justamente con el matrimonio monógamo e indisoluble. “El matrimonio basado
en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el
icono de la relación de Dios con su pueblo y,
viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en
la medida del amor humano”. Esta verdad, como orientación de
su amor, la encuentra plenamente el cristiano en la cruz
y en la comunión, que nos hace un cuerpo, aunados
en una única existencia. Por lo que se entiende asimismo
que uno de los nombres de la Eucaristía sea propiamente
agapé. En dicha perspectiva ya no se ve al otro
con los propios ojos y sentimientos, sino con los de
Jesucristo. “La historia de amor entre Dios y el hombre
consiste precisamente en esta comunión de voluntad que crece en
la comunión del pensamiento y del sentimiento, de modo que
nuestro querer y la voluntad de Dios coinciden cada vez
más: la voluntad de Dios ya no es para mí
algo extraño que los mandamientos me imponen desde fuera, sino
que es mi propia voluntad, habiendo experimentado que Dios está
más dentro de mí que lo más íntimo mío”.
La
acusación de Nietzsche, según la cual el cristianismo habría “envenenado”
el eros, queda pues completamente refutada.
“Cruel tirano Herodes, por qué temes
que Cristo venga? No usurpa los reinos de la tierra, el
que viene a dar los celestiales”
El himno de la primera
víspera de la fiesta de Epifanía que celebramos hace pocos
días desvirtúa poéticamente lo temores que padece el hombre de
nuestro tiempo, heredero de la cultura ilustrada.
Los valores y el
problema del relativismo
Nietzsche no podía o no quería ver que
la única forma en que los valores recuperaran entidad y
fuesen consonantes para el hombre era acudiendo al puente de
lo que llamamos teológicamente la gracia. Sin considerar las virtudes
teologales –la Fe, la Esperanza, la Caridad- hablar de valores
en el contexto histórico en que nos sitúa el filósofo,
viene de nuevo a ser consonante con el nihilismo. Volvemos
al escenario de los valores entendidos como entelequias lingüísticas. Justificaciones
a posteriori de opciones hechas por la voluntad, sin tener
realmente en cuenta los valores propiamente dichos. Engendro del más
puro relativismo.
La única forma de ser razonable en la línea
del logos, es que la razón brote de la experiencia.
Esta radical formulación de Don Giussani se entiende perfectamente al
mirar la experiencia de la santidad en la historia de
la Iglesia. La verdadera presencia del actuar divino se descubre
porque esas virtudes teologales, de las que recién hablamos, verdadero
y último fundamento de los valores, son una energía que
visiblemente rehace la faz de la tierra. No podría confundírsele
en caso alguno con algo estático o con cierto motor
inmóvil. Se nos aparece asimismo como una expresión de belleza,
en refulgente sintonía con la verdad y la bondad que
transforman, y por tanto en profunda afinidad con lo entitativo
de los valores. La verdad es el alma de la
belleza, enseñó Guardini.
Esta racionabilidad, coherente con el logos y
con la experiencia viva –que es lo propio de lo
que llamamos valor- se ha de ver asimismo en el
marco de una experiencia mucho mayor, en el tiempo y
en el espacio, como es la solidariedad intergeneracional, o lo
que comúnmente conocemos como tradición. La continuidad en el amalgamiento
de los valores por parte de las distintas generaciones e
instancias de la sociedad civil, constituye algo que podríamos llamar
un “consenso profundo”, por contraste con aquel otro consenso del
que oímos hablar a diario en los distintos medios, y
que corresponde al acomodo interesado de “valores” o como quiera
llamárseles, en todo caso en su versión de entelequias racionales.
Como puede fácilmente entenderse, y más allá de cualquier crisis,
nos hallamos en este punto frente a una experiencia de
communio cuyo natural efecto es el cultivo como personas de
quienes participan de ella. Sin duda que, en este orden
de comunión, la familia –“escuela del más rico humanismo” como
la llama la Constitución Pastoral Gaudium et spes - nos
ilumina por encima de cualquier otro cuerpo social. Su capacidad
de transmitir cultura de generación en generación y ofrecerse como
matriz de convivencia en todos los ámbitos públicos y privados,
no tiene equivalencia. Sabemos que es en su seno donde
se fragua el futuro de la humanidad.
Subrayando lo que
específicamente nos ocupa – los valores- tenemos en la familia,
a la luz de lo anterior, el paradigma de lo
que socialmente es un bien o valor en sí mismo.
Vemos, en efecto, como el consenso profundo de los siglos
la consagra como tal. No está su bien específico en
que ayuda a las personas a sobrevenir dificultades de una
u otra índole, cuya lista sería largo enumerar. No. Lo
propio del valor familia es el de una comunión que
cultiva y cambia a las personas que de ella forman
parte, rasgo intrínseco de su eclesialidad. Obra así también como
genuina matriz del resto de los organismos que componen la
sociedad civil. Su destrucción, debemos comprenderlo, no radica en la
dispersión de sus partes –como sería el caso de una
sociedad comercial cualquiera- sino en la extinción de la misma.
Lo que es un valor fundado en una experiencia de
bien común, como es la familia, sólo sobrevive en comunión
y no es susceptible de fragmentación; si se le fragmenta
se acaba ese bien. Así sucede también, por ejemplo, aunque
en menor medida, en el caso de la escuela -
que nace de la familia- cuya destrucción más que la
dispersión de la materialidad de sus instalaciones, estriba en la
extinción de ese valor consistente en la comunidad de maestros
y discípulos.
De seguir con el mismo ejercicio, veríamos que son
también esos valores reconocidos como tales, los que dan su
cuerpo real a la Doctrina Social de la Iglesia. Replegarse
así en enunciados sobre el destino universal de los bienes,
la solidariedad, el principio de subsidiaridad, el orden justo y
otros, sin tener como punto de partida a la persona,
la familia, la comunidad de trabajo, la experiencia de los
grupos intermedios, la escuela, vale decir, la sociedad civil, puede
arrastrar al enunciado de verdades parciales, cuando no de simples
entelequias universales. Es lo que a menudo vemos en las
ya clásicas confrontaciones ideológicas que disputan por más espacio para
el Estado o para el Mercado. A decir verdad, en
tanto no aparezcan en el horizonte las personas y sus
necesidades reales, cualquier discusión, incluso de temas tan atinentes como
la subsidiaridad o la solidaridad, corre el peligro ya señalado. Engendro
del más puro relativismo, dijimos. En efecto, si se habla
de relativismo de los valores, el problema debe ser visto
en el plano de la experiencia. Pues este relativismo tiene
que ver, más que con el lenguaje y los discursos,
principalmente con los quiebres familiares, con la secularización de la
mujer , con la crisis social de la figura del
padre , con la voluntad de no compromiso, y tantas
y tan variadas actitudes del género. El valor no se
sostiene en un discurso, como es claro, sino en un
modo de ser persona.
Obstáculos mayores
En el contexto globalizado en que
vivimos, hay dos grandes factores -a los que no podríamos
dejar de referirnos- que parecen incidir de modo particularmente negativo
con respecto a la entidad de los valores que buscamos
resguardar y fortalecer.
A) Uno es el problema que deriva de
la técnica, tal cual es a menudo concebida hoy. “Cuando
la tecnología deja de tener raíces profundas en la cultura,
se transforma en una tecnocracia ciega a las necesidades humanas”.
Hablamos por cierto de una técnica no comprendida como servicio
al otro, sino como valor supremo, desvinculado de los valores
de la persona, y que gira, con respecto a ésta,
en torno al binomio eficacia-sustituibilidad. El parámetro por el que
se mide la civilización tecnocrática es evidentemente la eficacia ;
la tecnología por definición es eficacia. Si hay una parte
que no funciona, se la cambia; lo mismo en cuanto
al procedimiento, se busca otro.
Nadie podrá negar la íntima
satisfacción que producirá en una persona ser eficaz en lo
que hace, en sus labores profesionales, en la atención de
su familia, y así en adelante. Pero en este último
caso se trata de una eficacia entendida como un valor
subsidiario, incardinado, por decirlo así, en las virtudes teologales que
dan, según vimos, entidad al valor. Separadas de esas virtudes
teologales, como sucede en el contexto secularizado de la cultura
actual, la eficacia se traduce en una máquina despersonalizada. La
afirmación de que cada ser humano es una persona, una
vocación única de Dios, que la multiplicidad y variedad de
los seres humanos enriquece a la humanidad, todo ello se
termina con el binomio eficacia-sustituibilidad. Se lo defina o no
como parámetro de la moral utilitarista, el hecho real es
que tenemos hoy como criterio dominante o generalizado, que la
legitimación de cualquier persona o acción es dada por la
eficacia a secas.
Especialmente preocupante resulta, en este mismo sentido,
la circunstancia de que el fenómeno de la globalización está
imponiendo, a todo el mundo, una concepción de la felicidad
como puro producto progresivo de la tecnociencia. En esta visión
de las cosas -donde se hace tan particularmente ausente la
virtud teologal de la esperanza- no queda ya lugar para
el alma, la resurrección de la carne, ni la vida
eterna.
B) El segundo gran obstáculo para la entidad de
los valores proviene, con toda evidencia, de los medios de
comunicación de masas.
Se trata, en cierto modo, de la
situación ya muchas veces expuesta por el magisterio de la
Iglesia y que recoge, por ejemplo, con toda claridad Juan
Pablo II en la Carta a la Familias. Es el
drama de los modernos medios de comunicación sujetos a la
tentación de manipular el mensaje, falseando la verdad sobre el
hombre, produciendo con ello profundas alteraciones en este hombre de
nuestro tiempo, a punto de poder hablarse en este caso
de una “civilización enferma”.
Dicha enfermedad tiene sin duda mucho
que ver también con la cuestión de la técnica, tratada
en el punto anterior. Una civilización sana, entre otras cosas
es aquella que convive con las personas y con las
realidades, y se atiene a ellas. La velocidad de la
comunicaciones, el prurito de trabajar éstas en el “tiempo real”,
lleva a los medios a vivir en la anticipación de
la información, a no esperar, a desarrollar la costumbre de
generar expectativas, todo lo cual trastorna la percepción de la
“realidad real”. ¿No explica ello en parte el tráfago incontenible
de atribuciones e imputaciones de todo tipo que circulan en
los medios con perfecta indiferencia de la verdad?
A esa dimensión
del problema se añade sin embargo otra, que tampoco le
es ajena. Los medios de comunicación, tomados por esa dinámica
del “tiempo real”, provocan cada vez más una acentuación del
corto plazo y del presente, en perjuicio del mediano y
largo plazo. La vigencia de la información es breve y
se olvida luego. Como éstas son efímeras, los medios valoran
también lo efímero, el instante. Sobra decir, pues lo tenemos
a la vista, cuánto este criterio de temporalidad se traspasa
también a la actividad política, cada vez más dependiente de
esos medios, con grave perjuicio de su dimensión cultural, dimensión
llamada a formar tradiciones y a realizar una transmisión intergeneracional
de valores -indispensables para la estabilidad democrática- sólo infundibles al
precio de la claridad, la paciencia y el tiempo.
La
creciente dependencia en que vive la población de los muy
variados medios que la técnica va cada día ofreciendo –al
margen de la provechosa utilidad que obviamente puede generar su
buen uso- va por otra parte generalizando el hábito mental
de vivir “conectado”, situación alarmante en cuanto se superpone y
desplaza el natural y personal vivir “comunicado”. Mientras lo segundo,
lo dice la palabra, es propio de la comunión interpersonal,
no sucede lo mismo con la conexión, crecientemente impersonal, paralela
a -y sintomática de- la soledad en que vive el
hombre contemporáneo.
El traspaso de esta problemática realidad al tema del
lenguaje, puede desde luego observarse en todos los niveles. El
lenguaje existe por que existe otro. Puede afirmarse, por la
propia experiencia de la historia de la cultura, que en
la medida en que ese “otro” –con letra O mayúscula
ó minúscula- ha sido sentido más fuertemente, el lenguaje se
ha enriquecido hasta alcanzar cumbres absolutamente admirables. La desaparición del
otro, su traslación al plano de la realidad virtual, tendrá
en seguida efectos -hoy por lo demás muy visibles -
en la “deconstrucción” del lenguaje, tanto del hablado como del
escrito, particularmente en el ámbito de la red. Decíamos que
este fenómeno degenerativo se desarrolla en todos los niveles. No
es necesario extendernos en demasiados análisis. Cada uno en su
país puede hacer la experiencia…
“La familia es una escuela
del más rico humanismo”
Sólo cuando otros nos reconocen, sea
a través de vínculos de amistad, de los afectos familiares
o de la fraternidad en el trabajo, tenemos verdaderamente la
sensación de existir. Cuando nadie te ve, tienes la idea
de no existir. En un mundo en el que los
hombres están solos -porque este mundo es el de las
grandes masas pero lleno de hombres solos, de hombres que
no son reconocidos por los otros y que perciben su
propia vida como si no tuviera significado- es fácil ser
capturado en el plano de los valores, o más precisamente
de los contravalores, por distintas formas de nihilismo. Nos explicamos
perfectamente la atribución de Robert Spaemann para nuestro tiempo como
siendo el del “nihilismo banal”.
Importa pues constatar que el
reconocimiento del misterio de la vida –el de los valores,
que tenemos el tiempo de nuestra existencia terrena para descubrir
y vivir- está necesariamente vinculado a una relación humana. De
ahí también las dificultades que registramos hoy para una auténtica
experiencia religiosa. Falla a menudo ese factor humano que radica
en la conciencia del otro, siendo que la experiencia religiosa
siempre está relacionada al vínculo con el otro, está relacionada
con una gratuidad que se muestra en un rostro, en
una persona diferente de uno mismo.
En lo que a
veces se ha llamado una “sociedad líquida” –por referencia a
este mundo de relaciones humanas veloces, evanescentes, ocasionales y efímeras-
cuesta sin duda bastante esfuerzo madurar una relación. Ello torna
también difícil la experiencia del misterio de la vida. Porque
dicha experiencia tiene que ver muy directamente con relaciones humanas
verdaderas. Tiene que ver con el hecho de que me
deje provocar y tocar por la humanidad del otro. Pues
esa humanidad del otro, que ya es grande, es signo
de algo aún más grande que la naturaleza. No andaba
en este sentido descaminado el pensador hebreo Emanuel Levinas, muerto
recientemente, al afirmar que el rostro del otro es la
huella del infinito. Esta relación entre la experiencia del otro
y la experiencia de Dios –el valor religioso por antonomasia-
la expresó con particular belleza el Concilio, recordándonos que el
Señor Jesús, “ofreciendo perspectivas inaccesibles a la razón humana, sugiere
cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y
la unión de los hijos de Dios en la verdad
y el amor. Esta semejanza muestra que el hombre, que
es la única criatura en la tierra a la que
Dios ha amado por sí misma, no puede encontrarse plenamente
a sí mismo sino en la entrega sincera de sí
mismo”.
La gran “revelación”, el primer descubrimiento del otro, es
la familia . El hombre de hoy no puede aprender
de la moderna cultura de masas los contenidos del “amor
hermoso”, observa el Siervo de Dios Juan Pablo II, quien
nos recuerda que éste se aprende en cambio rezando, y
rezando “con aquel escondimiento con Cristo en Dios” que enseña
San Pablo.
Es la oración que inspiró en el umbral
de la nueva alianza el “amor hermoso” de José y
de María, y que hizo a José , informado por
el ángel del Señor y obedeciendo su mensaje, acoger el
don precioso de la Encarnación del Verbo en las entrañas
de la Virgen, fuente y cimiento de todo genuino valor.
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