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Gustavo Daniel D'Apice
| colaborador de catholic.net
Profesor
Universitario de Teología graduado
en la Pontificia Universidad
Católica Argentina adscripta
a la Gregoriana de Roma. Enseña
en la Universidad Católica de
Cuyo, en un Instituto de Teología
y Catequesis, hace aportes periodísticos
gráficos y conduce programas
teológicos de radio y TV. Laico
consagrado y con dedicación
especial a la investigación
teológica, en comunión con el
Obispo Diocesano y, por supuesto,
el Magisterio de la Iglesia,
compartiendo lo descubierto
través de los distintos medios
mencionados (àulicos, gráficos,
TV, radio FM, Internet). Cuenta
con el Auspicio Cultural de
la Subsecretaría de Cultura
de la Provincia de San Juan,
Argentina.
Autor: Gustavo Daniel D´Apice | Fuente: Gustavo Daniel D´Apice La amistad social.
Si en nuestra interrelaciones cotidianas buscáramos la amistad social con las personas que tratamos, todo sería más fácil y llevadero.
La amistad social.
La amistad social.
Todo sería diferente si nuestras relaciones no fueran
por conveniencia sino, aunque laborales, basadas en la búsqueda de
la amistad, el amor, la solidaridad y el colaboracionismo.
Qué distinto
sería si en vez de ver a un mero “cliente”,
vería en él un potencial amigo, fruto del trabajo compartido,
de las horas pasadas juntos, de los esfuerzos puestos en
común para el éxito de determinado servicio o producto.
Qué distinto
sería si en vez de ver en mis compañeros de
trabajo competidores a los cuales celar y envidiar, viera potenciales
amigos que comparten conmigo la tarea encomendada, que son parte
de la misma empresa laboral a través de la cual
puedo satisfacer mis (o algunas de mis) necesidades, con quienes
me debo solidariamente en el esfuerzo de horas compartidas, alegrías
y pesares observados y sentidos juntos, expectativas, logros y fracasos
que en nuestras miradas y manos comunes se depositaron y
siguieron su curso.
Qué distinto sería si en vez de ver
en mis “jefes” personas autoritarias que quieren manejar y explotar
mi vida, pudiera contemplar en ellos servidores que velan por
mi progreso y bienestar, por la unidad de la familia
laboral, por el buen pasar de todos los que compartimos
cierto espacio físico y cierto proyecto en común, parte ya
integrante de nuestras vidas cotidianas.
Ya no sería el “voy a
ver clientes” o “a visitar clientes”, voy a reunirme con
“los” compañeros de trabajo, los “jefes” llamaron a reunión.
Serían “mis”
clientes, “mis” compañeros de trabajo, “mis” jefes. No cualquiera. Como el
zorro que el Principito quería domesticar en la obra clásica
de Saint d`Exupery para que no fuera cualquier zorro, sino
“su” zorro: Habría un sentido de pertenencia no posesiva, sino
solidaria, de mutuo afecto y amistad, de importarme el otro
por él mismo.
Cuando lo laboral se transforma en afecto y
amistad, surge una nueva perspectiva en la vida de los
que realizan esta “epopeya”. La calidad de vida se transforma
en superior. Ya no es “el que me vende”. O “ya
vino éste”. O “lo largo en cualquier momento”.
Es la alegría
de tratar con quien ofrecer y/o aceptar un servicio, de
tratar con quien colabora conmigo realizando esta o aquella tarea,
de pagar a aquel que me ha dado a cambio
algo que me ha resultado útil, aunque más no sea
la posibilidad de ayudarlo con mi peculio, que redundará en
alegría y paz en mi vida.
Seremos los unos para los
otros. La quietud y el sosiego se abrirán paso entre
los desencuentros y la búsqueda de ventajas sobre los demás.
La
mayoría de nuestra vida está entretejida de estas relaciones.
¿Por qué
no hacer del trabajo agobiante, agotador e interminable, una escuela
de vida cariñosa, saludable, apacible y amistosa? ¿Por qué desaprovechar tanto
tiempo de nuestra vida haciendo todo a contramano y pesadamente?
Si
la meta de la relación interlaboral fuera la amistad social,
las cargas y el yugo del cotidiano trajín quedarían alivianadas
en un 75% al menos, sino totalmente.
Y sería fuente de
gozo y buen pasar, las horas se nos harían más
cortas, y desearíamos estar con aquellos con quienes realmente estamos,
porque los queremos.
Pensándolo bien, ¿no nos cansamos de remar contra
la corriente, sabiendo que nuestro lugar es con estas personas
y no con las otras, pretendiendo estar con las otras
y no con éstas con las que estamos, en una
utopía incapaz de satisfacer los deseos de aquellos que nunca
están conformes con nada?
Adaptémonos afinadamente a las circunstancias, y seamos
amigos de aquellos que comparten nuestra vida, no de aquellos
que nunca veremos y que pocas veces se cruzan en
nuestro diario vivir.
Seamos sabios. Vivamos nuestra vida. Y seamos felices
en los acontecimientos concretos en los que nos desenvolvemos con
estas personas determinadas.
Gustavo Daniel D´Apice – Teólogo – Profesor de
Filosofía
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