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Virtudes humanas.
Hace poco decíamos que:
a) Murmurar, es hablar mal de una
persona ausente, pero de cosas que, el que habla y
el que escucha, conocen, aunque no tienen por qué comentarlo
“ponzoñosamente”.
b) Difamar, es quitar la fama al otro, diciendo de él,
en su ausencia, cosas malas que el o los que
escuchan no conocen, y que no hay por qué decirlas,
aunque sean ciertas.
c) Calumniar es lo peor. Es decir, “con
mentira”, cosas malas de alguien que no está presente, para
perjudicarlo.
1. Es feo murmurar, y esto se da mucho en
los “serpentarios” de distintas asociaciones, clubes, o grupos de personas,
desde la familia hasta en reuniones ocasionales y, aún, pseudo-religiosas.
Y se puede evitar: Poniendo de manifiesto lo positivo del
ausente, desviando la conversación cuando se dirige a lo negativo
de la persona que no está, poniendo de manifiesto sus
cualidades y no sus vicios, aunque sean conocidos por todos.
Esta “tentación” es muy común, y se hace difícil sustraerse
de ella, porque se habla de “cosas que son”, pero
no para poner en común y así vituperar a aquel
de quien se está hablando.
Después de hacerlo, si uno
se da cuenta y se arrepiente, porque siempre queda un
sabor amargo, conviene proponerse hablar de lo bueno del otro
y no de lo malo, salvo que esto ayude al
bien común y al mismo del que se habla, para
corregirlo o encauzarlo.
2. La difamación es peor. Es la que
se dice casi despacito y como al oído, al que
no lo sabía: “¿Viste che…que tal persona tal cosa, que
Juanita esto o Robertito aquello…?”, cuando el interlocutor desconocía el
hecho. Y ahí se entera: “¡Mirá vos, no lo sabía,
pero era de esperar…!”.
¿Qué hacer cuándo uno se
da cuenta? La cosa también es cierta, pero no hay
por qué ventilarla por ahí, más cuando no produce frutos
de bondad y/o de bien para el “alcahueteado” o para
la comunidad. La posible solución, para el “botón”, es callarse
la boca en adelante, y si necesita hablarlo, a manera
de “catarsis” o purificación, conviene hacerlo no en
son de crítica ni difamación, sino como pidiendo ayuda para
sí, a un amigo/a íntimo/a o a un guía espiritual.
O diciéndoselo al propio interesado, si es posible, para que
se corrija de ello, en vez de andar diciéndoselo a
los demás. Para el que escucha, ser fuerte y no
“prestar el oído” para esas cosas, que lo debilitan en
la integridad de su persona.
3. La cumbre de seguir el
susurro del diablo es la calumnia. Aquí todo es mentira.
Y si el calumniador se arrepiente de lo que hace,
debe restituir la fama a aquel al que se la
quitó, en público ante quien lo dijo, pidiendo perdón y
disculpas por su propasación.
Y el que escucha, de darse
cuenta, debe solicitar reparación a aquel que calumnió, diciéndoselo, o
diciéndole que no le cree, que no piensa que sea
así, y guardándose de acercar el oído cuando se está
hablando mal de otro aunque, sin llegar a ser calumnia,
sea difamación o murmuración. La negatividad y veneno que se
nos inocula, es luego difícil de extirpar.
La guerra no
se vive sólo en medio oriente, en Irak, o la
propicia nadie más que Estados Unidos. La guerra la
propiciamos cuando comenzamos a condenarnos y eliminarnos en lo pequeño,
cuando comenzamos a murmurar, difamar y/o calumniar. Busquemos, por lo
tanto, la paz en eso que parece pequeño pero, que
de seguirse, nos daría la paz en la familia, en
el barrio, en el trabajo, en la provincia, en la
Nación, en el continente, en el planeta. G.D. D´Apice. |