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Autor: Benedicto XVI | Fuente: Vatican.va El cuidado de los enfermos ancianos
Discurso a la conferencia internacional del Consejo Pontificio para la Salud sobre el tema: «La pastoral en el cuidado de los enfermos ancianos»
El cuidado de los enfermos ancianos
Publicamos el discurso que dirigió el 17 de noviembre de
2007 Benedicto XVI a los participantes en la conferencia internacional
de Consejo Pontificio para los la Pastoral de la salud
sobre el tema: «La pastoral en el cuidado de los
enfermos ancianos».
* * * Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado
y en el sacerdocio; ilustres señores y señoras; queridos hermanos
y hermanas:
Me alegra encontrarme con vosotros, con ocasión de
esta Conferencia internacional organizada por el Consejo pontificio para los
agentes sanitarios. Dirijo a cada uno mi cordial saludo; en
primer lugar, al señor cardenal Javier Lozano Barragán, con sentimientos
de gratitud por las amables palabras que me ha dirigido
en nombre de todos. Saludo, asimismo, al secretario y a
los demás componentes del Consejo pontificio, a las autorizadas personalidades
presentes y a cuantos han participado en este encuentro para
reflexionar juntos sobre el tema del cuidado pastoral de los
enfermos ancianos. Se trata de un aspecto hoy central de
la pastoral de la salud que, debido al aumento de
la edad media, afecta a una población cada vez más
numerosa, que tiene muchas necesidades pero, al mismo tiempo, cuenta
con indudables recursos humanos y espirituales.
Aunque es verdad que
la vida humana en cada una de sus fases es
digna del máximo respeto, en ciertos aspectos lo es más
aún cuando está marcada por la ancianidad y la enfermedad.
La ancianidad constituye la última etapa de nuestra peregrinación terrena,
que tiene distintas fases, cada una con sus luces y
sombras. Podríamos preguntarnos: ¿tiene aún sentido la existencia de un
ser humano que se encuentra en condiciones muy precarias, por
ser anciano y estar enfermo? ¿Por qué seguir defendiendo la
vida cuando el desafío de la enfermedad se vuelve dramático,
sin aceptar más bien la eutanasia como una liberación? ¿Es
posible vivir la enfermedad como una experiencia humana que se
ha de asumir con paciencia y valentía?
Con estas preguntas
debe confrontarse quien está llamado a acompañar a los ancianos
enfermos, especialmente cuando parece que no tienen ninguna posibilidad de
curación. La actual mentalidad eficientista a menudo tiende a marginar
a estos hermanos y hermanas nuestros que sufren, como si
sólo fueran una "carga" y un "problema" para la sociedad.
Al contrario, quien tiene el sentido de la dignidad humana
sabe que se les ha de respetar y sostener mientras
afrontan serias dificultades relacionadas con su estado. Más aún, es
justo que se recurra también, cuando sea necesario, a la
utilización de cuidados paliativos que, aunque no pueden curar, permiten
aliviar los dolores que derivan de la enfermedad.
Sin embargo,
junto a los cuidados clínicos indispensables, es preciso mostrar siempre
una capacidad concreta de amar, porque los enfermos necesitan comprensión,
consuelo, aliento y acompañamiento constante. En particular, hay que ayudar
a los ancianos a recorrer de modo consciente y humano
el último tramo de la existencia terrena, para prepararse serenamente
a la muerte, que —como sabemos los cristianos— es tránsito
hacia el abrazo del Padre celestial, lleno de ternura y
de misericordia.
Quisiera añadir que esta necesaria solicitud pastoral hacia
los ancianos enfermos no puede menos de implicar a las
familias. En general, conviene hacer todo lo posible para que
las familias mismas los acojan y se hagan cargo de
ellos con afecto y gratitud, de modo que los ancianos
enfermos puedan pasar el último período de su vida en
su casa y prepararse para la muerte en un clima
de calor familiar.
Aunque fuera necesario internarlos en centros sanitarios,
es importante que no se pierda el vínculo del paciente
con sus seres queridos y con su propio ambiente. Conviene
que en los momentos más difíciles el enfermo, sostenido por
el cuidado pastoral, se sienta animado a encontrar la fuerza
de afrontar su dura prueba en la oración y en
el consuelo de los sacramentos. Que se sienta rodeado por
sus hermanos en la fe, dispuestos a escucharlo y compartir
sus sentimientos. En verdad, este es el verdadero objetivo del
cuidado "pastoral" de las personas ancianas, especialmente cuando están enfermas,
y más aún si están gravemente enfermas.
En diversas ocasiones
mi venerado predecesor Juan Pablo II, que especialmente durante su
enfermedad dio un testimonio ejemplar de fe y de valentía,
exhortó a los científicos y a los médicos a comprometerse
en la investigación para prevenir y curar las enfermedades vinculadas
al envejecimiento, sin caer jamás en la tentación de recurrir
a prácticas de abreviación de la vida anciana y enferma,
prácticas que de hecho serían formas de eutanasia.
Los científicos,
los investigadores, los médicos y los enfermeros, así como los
políticos, los administradores y los agentes pastorales no deberían olvidar
nunca que "la tentación de la eutanasia (...) es uno
de los síntomas más alarmantes de la cultura de la
muerte, que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar"
(“Evangelium vitae", 64). La vida del hombre es don de
Dios, que todos están llamados a custodiar siempre. Este deber
también corresponde a los agentes sanitarios, que tienen la misión
específica de ser "ministros de la vida" en todas sus
fases, particularmente en las marcadas por la fragilidad propia de
la enfermedad. Hace falta un compromiso general para que se
respete la vida humana no sólo en los hospitales católicos,
sino también en todos los centros sanitarios.
Para los cristianos
es la fe en Cristo la que ilumina la enfermedad
y la condición de la persona anciana, al igual que
cualquier otro acontecimiento y fase de la existencia. Jesús, al
morir en la cruz, dio al sufrimiento humano un valor
y un significado trascendentes. Ante el sufrimiento y la enfermedad
los creyentes están invitados a no perder la serenidad, porque
nada, ni siquiera la muerte, puede separarnos del amor de
Cristo. En él y con él es posible afrontar y
superar cualquier prueba física y espiritual y, precisamente en el
momento de mayor debilidad, experimentar los frutos de la Redención.
El Señor resucitado se manifiesta, en quienes creen en él,
como el viviente que transforma la existencia, dando sentido salvífico
también a la enfermedad y a la muerte.
Queridos hermanos
y hermanas, a la vez que invoco sobre cada uno
de vosotros y sobre vuestro trabajo diario la protección materna
de María, “Salus infirmorum”, y de los santos que han
dedicado su vida al servicio de los enfermos, os exhorto
a esforzaros siempre por difundir el "evangelio de la vida".
Con estos sentimientos, os imparto de corazón la bendición apostólica,
extendiéndola de buen grado a vuestros seres queridos, a vuestros
colaboradores y, en particular, a las personas ancianas enfermas.
Traducción
distribuida por la Santa Sede
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