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Autor: Maria Lucero Velasco | Fuente: Yo Influyo La Guadalupana rompe fronteras para dar consuelo y unir a los corazones que la buscan
quienes, por motivos familiares o profesionales, han abandonado su patria pero nunca olvidan lo que se lleva muy adentro del corazón: su religión católica, su cultura, su amor por México
“¡Ay, ay, ay, ay, canta y no llores!”. Así cantaron
los mariachis a los pies de la imagen de la
Virgen de Guadalupe en la Catedral de Notre Dame de
París, acompañados por cientos de mexicanos y demás latinos residentes
en la capital de Francia, quienes nos reunimos este 12
de diciembre para festejar al «Emblema Espiritual» de México e
Iberoamérica: La Guadalupana.
Pero entre canto y canto, la verdad es
que sí hubo lágrimas, y es que esta fiesta de
la Virgen es también la ocasión de encuentro entre mexicanos
y una oportunidad de sentirse cerca de donde se está
muy lejos: La Patria.
Cada año, la Catedral de París
organiza una misa para conmemorar las apariciones de la Virgen
de Guadalupe. Este año fue presidida por Monseñor JACQUIN, rector
de la Catedral, y por el Padre Arturo Reynoso, quien
durante su homilía en español, brindó un mensaje de esperanza,
de aliento, y enfatizó eso que Dios quiere darnos a
través del Evangelio y por medio de la Santísima Virgen:
Consuelo. Y eso buscaban muchos de los rostros de quienes,
por motivos familiares o profesionales, han abandonado su patria para
adquirir otra en Francia, pero a pesar de la distancia
y el tiempo, nunca olvidan lo que se lleva muy
adentro del corazón: su religión católica, su cultura, su amor
por México.
Las historias personales son muchas, como la de
Guadalupe Cardona, quien hace 16 años se vino a trabajar
como niñera y ahora es madre de dos niñas francesas
a las cuales trata de sembrarles las tradiciones mexicanas. Gente
de Acapulco, de Morelos, de Michoacán, todas ellas creadoras de
familias franco mexicanas, que sin duda son una hermosa mezcla
de tradiciones. Gente que a pesar de los años, y
a pesar de haber adquirido un poco de acento al
hablar su propio idioma, siguen visitando cada 12 de diciembre
a la Morenita, en París.
Y para aquellos que hemos
vivido las mañanitas en la mismísima Basílica de Guadalupe, vivirlas
en Francia ofrece una perspectiva distinta y una oportunidad de
descubrir dos culturas que se unen con un mismo sentido.
La celebración inició con las mañanitas entonadas por mariachis, los
cuales llamaron la atención de una morelense -sentada a mi
lado- que se acercó para decirme: “¿ya viste que ninguno
de los mariachis tiene panza?”.
Durante la misa, los cantos
continuaron en el esquema tradicional de la Catedral de París,
concluyendo con un Ave María a capela, de una mujer
francesa con un gran abrigo blanco, que sin duda contrastaba
con las imágenes de Lucerito o María Paquita vestidas de
Mariachi, pero que daba escalofríos de lo hermoso que cantaba.
Claro está que al final se arrancaron de nueva cuenta
los mariachis, que encabezaron la procesión del altar mayor a
la capilla lateral, dedicada a la Guadalupana.
Con un poco
de dificultad, los guardias de la Catedral consiguieron sacar a
todos los mexicanos, quienes querían estar más tiempo orando a
los pies de la Virgen. Pero como en el atrio
no hay horario, la gente continuó el festejo con los
mariachis que se picaron y cantaron una y otra y
luego otra, teniendo como escenario un fabuloso árbol de Navidad
de varios metros, iluminado; y allá a lo lejos, la
puntita de la Torre Eiffel que se dejaba ver para
recordarnos que a pesar de las banderas mexicanas y los
mariachis a flor de piel, estamos muy lejos de la
tierra de los tacos y las tostadas.
Pero la distancia no
nos impidió a los que comenzamos a conocer los recovecos
interesantes de esta ciudad, disfrutar un rico pozole en uno
de los restaurantes mexicanos más exclusivos y de verdadero sabor
a la patria de Francia: El Anahuacalli, donde los más
suertudos (como yo) pudimos entrar sin reservación, lo cual es
muy difícil, ya que este restaurante es el lugar favorito
de muchas parejas franco mexicanas, de franceses que aprecian la
buena cocina mexicana, y de mexicanos que añoran su patria
y que saben que en el Anahuacalli, gracias al sabor
y al calor de la gente que dirige y atiende,
se sentirán como en casa.
Y todo esto, por ella,
por Nuestra Madre Guadalupana, quien, a pesar de los más
de 9000 km y de la diferencia de lenguas, está
en Francia, donde es motivo de oración y de alegría,
y como lo dijo elPadre Arturo, símbolo de esperanza e
invitación para hacernos humildes y pequeños, como Juan Diego, para
escuchar su mensaje.
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