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La existencia imprevisible
Psicólogos católicos /Filosofía del hombre

Por: Daniel Innerarity | Fuente: Arvo.net

Tenemos muchos motivos para vivir en una temporalidad amodorrada, plana y floja. Los grandes proyectos que tensaban las expectativas históricas se han revelado como ilusiones inalcanzables. En el curso de unos pocos años la cartografía que nos servía de orientación se ha plagado de indicaciones equívocas. Valores muy sólidos se han revelado como coartadas impresentables, hasta el punto de que cualquier término requiere ser puesto a salvo de sus deformidades. La idea misma de proyecto debe ser manejada con cautela sí uno quiere evitar sus connotaciones voluntaristas y espantar las sugerencias de obstinación que evoca.

 

Cuando las certezas son escasas también se encogen las ambiciones que en otro tiempo eran con formada a gran escala. La insignificancia personal resulta más patente en un espacio ensanchado por los enigmas crecientes, las posibilidades y responsabilidades de la técnica, la globalización de nuestras acciones o la rapidez e impredicibilidad de los cambios históricos. En este panorama inabarcable se justifica la consecuencia doméstica que dedujo el gran pesimista rumano Cioran: “Esta mañana, después de haber oído a un astrónomo hablar de miles de millones de soles, renuncié a mi aseo personal: ¿de qué sirve lavarse?”. La magnitud abrumadora de las cosas puede convertirse en una invitación a la sensatez, pero también provoca el desánimo entre quienes habían considerado que una cosa sólo tiene sentido si acapara todo el sentido, si está vinculada a finalidades cósmicas. El pesimista suele ser un optimista desengañado, como los restos de un exceso roto del que no ha obtenido ningún aprendizaje.

El futuro como parálisis

Cuando el flujo de sentido de la experiencia se ha desviado o detenido, el horizonte de la espera deviene más incierto e indiferenciado; la costumbre se fosiliza, la experiencia se deshistoriza y la espera del futuro se convierte en parálisis o fuga. El futuro, asilo habitual de la esperanza y consuelo de los hombres sin pasado, se convierte en motivo de temor. El presente parece reducirse a un punto evanescente, a un espacio inhóspito que ya no se nutre ni de las enseñanzas del pasado ni de una polarización hacia el futuro. La existencia individual aparece como un bricolage de experiencias disparatadas, provisorias e inerciales. En el mejor de los casos, se está abierto a la irrupción de lo nuevo y de lo imprevisto pero nunca implicado en proyectos de construcción del futuro que no sean meramente técnicos.

A pesar de todas las razones que militan a su favor, se equivocan a mi juicio quienes mantienen que, con el derrumbamiento de las grandes esperanzas y con la sabiduría adquirida del carácter nocivo de las utopías, se deba finalmente abocar a un pensamiento y una acción desideologizados, sobrios y objetivos. La dietética de las expectativas es buena porque modera el deseo y hace que no prescindamos alegremente de esa fuente de sensatez que es el escarmiento. Pero el deseo debe ser templado, no estirpado como un apéndice soñador que causara todas las desilusiones. Hemos de cultivar el deseo tanto o más que el recuerdo, pues lo que deseamos nos conforma tanto como lo que hicimos u omitimos en el pasado. Las aspiraciones son la medida con que juzgamos cuanto pasa, lo que nos tensa razonablemente, pero también lo que nos quiebra o adormece. Formar es configurar intenciones, labrar el imaginario del que se nutre cuanto hacemos. Vivir es anticipar.

La intrepidez del riesgo

La anticipación imaginaria de un ideal de excelencia humana es un ejercicio de intrepidez que introduce el riesgo en el núcleo de la vida. Hacerse una idea de sí es algo menos seguro que calcular o predecir, porque las previsiones anticipadas por el ingenio humano están siempre a expensas de una imprevisibilidad irreductible. Thomas Mann definió a los hombres como diletantes de la vida, o sea, seres que se aventuran a vivir cuando carecen todavía de la experiencia de la vida que sería necesaria para asegurarse una vida acertada. La experiencia que se obtiene para vivir llega cuando la vida está declinando. Nacemos y morimos demasiado pronto; nacemos cuando no sabemos cómo se vive y morimos cuando no podemos ya vivir como sabemos. Las cosas más importantes no se enseñan ni se aprenden antes de hacerse. Cada uno debe hacer experiencia directa de ellas a través de senderos irrepetibles e individuales, accidentados e inconclusos. Una opacidad de fondo parece circundar cualquier tentativa de convertirse en “profesionales” de la vida, precisamente porque la vida no se deja someter a ningún experimento, porque no es repetible.

Por eso el riesgo no es algo que acompaña solamente a las grandes tecnologías, no es la sombra potencial de una gran catástrofe; es una condición de la vida interesante e interesada. La acción específicamente humana se desenvuelve en un escenario incierto, a diferencia del comportamiento asegurado por el instinto. La inseguridad favorece la flexibilidad; es un momento de apertura de posibilidades, sin el cual serían impensables tanto las innovaciones como la evolución cultural. La sociología contemporánea ha estudiado muy bien que el progreso no constituye una eliminación de la inseguridad sino su cultivo consciente y el adecuado mantenimiento de un nivel de incertidumbre. Hay una mayor conciencia de que la ignorancia es a fin de cuentas irreductible, que todo éxito de aseguración provoca riesgos hasta entonces desconocidos.

Que nos caiga un rayo

El riesgo no es una variable objetiva que pudiera medirse y manejarse del mismo modo en todas las culturas o en las diferentes etapas de la vida humana. En un estudio de antropología cultural sobre la apreciación del riesgo en diversas culturas se informa de que los habitantes de Lele en Zaire sólo se sienten amenazados por tres peligros: la posibilidad de que les caiga un rayo, la esterilidad y la bronquitis. En Europa estos riesgos nos hacen sonreír, como lo harían los zaireños si supieran, por ejemplo, que lo que más nos espanta es el aburrimiento, la obesidad, el paro o la inspección de Hacienda. El riesgo es una magnitud subjetiva, una construcción social que tiene que ver con determinadas expectativas. Por eso se explica que quienes vivimos en una de las épocas más seguras de la humanidad sintamos una molestia aguda frente a las incertidumbres. Si consideramos que en una sociedad moderna, liberados del acomodo en la tradición tutelar, los hombres han de poder decidir permanentemente acerca de su propia biografía, la inseguridad se nos convierte en una experiencia básica.

Los riesgos son también posibilidades; la oportunidad es el nombre genérico de una situación abierta cuyo resultado negativo es la derrota. Nuestras acciones son estrategias contra el peligro pero también origen de nuevos riesgos, en la misma medida en que establecen oportunidades para el despliegue de la libertad. La emancipación tiene mucho que ver con la ruptura de horizontes “seguros” de expectativa, el ensayo de nuevas posibilidades operativas y el mantenimiento de un futuro abierto. Este tipo de experiencias abiertas está proliferando en los últimos años frente a formas caducas de seguridad. La “forma normal” de las cosas —en economía, en organización, en las lógicas borrosas...— cada vez es vista más como inseguridad que como orden. Lo normal es un cierto caos; el desorden no debe ser extirpado a cualquier precio. Ya no se trata tanto de perfeccionar los mecanismos de seguridad como de normalizar aquella inseguridad que hemos aceptado como un elemento de nuestras formas de vida.

Reivindicar la vulnerabilidad

Frente a los ideales de una vida asegurada contra todo riesgo, frente a la ilusión de que es posible vivir orillando razonablemente el infortunio, me gustaría reivindicar una existencia quebradiza y frágil, necesitada y dependiente de cosas que no están a nuestra absoluta disposición, expuesta a la fortuna: sufrimos penalidades, necesitamos de los otros, buscamos su reconocimiento, su aprobación o su amistad. La peculiar belleza de la excelencia humana reside justamente en su vulnerabilidad. Comentando la imagen del árbol utilizada por Píndaro en una de sus odas, Marta Nussbaum ha reivindicado para el imaginario moral el modelo de la planta frente al modelo dominante del animal heroico o la estabilidad mineral: “La delicadeza de una planta no es la dureza deslumbrante de una gema. Aquí parecen coexistir dos tipos de valor, tal vez incompatibles. Quizá la belleza del verdadero amor humano tampoco sea del mismo tipo que la belleza del amor que puede suscitarse entre los dioses inmortales; es decir, el primero no sólo se distinguiría del segundo por su brevedad. El húmedo cielo que cubre a los mortales y restringe sus posibilidades confiere al mismo tiempo a su medio un esplendor fugaz que, sospechamos, se halla ausente del universo divino”. En la tradición poética griega la excelencia humana no puede ser invulnerable y conservar al mismo tiempo su naturaleza distintiva. Odiseo prefiere el amor mortal de una mujer destinada a envejecer al inmutable esplendor de Calipso. El hecho de que sea contingente constituye el motivo más fuerte que nos impulsa a alabar lo valioso. Hay una belleza especial en lo mudable que apreciamos en los relatos de azares, enredos y tragedias, una belleza escasamente valorada en los ideales humanos de autosuficiencia y racionalidad calculadora que fueron dominantes a lo largo de la modernidad. El intento de gobernar la vida eliminando la fortuna, subrayando el aspecto activo frente a la pasividad, puede llevar a la desconsideración de aquellas actividades y dimensiones humanas que son especialmente vulnerables al cambio y la mudanza.

Una vida planeada para excluir el riesgo puede empobrecerse gravemente. La excelencia humana es inseparable de la vulnerabilidad, del reconocimiento inexigible de los demás, de la sociedad cuya lógica escapa a nuestro control; supone una racionalidad cuya índole no se identifica con el dominar sino con la apertura, la receptividad y el asombro. Por este motivo los hombres nos las hemos ingeniado siempre para compensar también el exceso de seguridad. El juego, el arte o el deporte son precisamente escenificaciones de la imponderabilidad. Me parece que es este gozo ante la inseguridad lo que explica la pasión por los combates, juegos de azar, apuestas y entretenimientos similares del homo ludens. La organización de ámbitos de incertidumbre es un instrumento mediante el que conseguimos hacer más habitable un mundo tediosamente previsible.

La vida humana necesita equilibrar espacios de seguridad con zonas de riesgo. Si no hubiera más que lo primero, la existencia sería insoportablemente aburrida; si todo fuera un gigantesco riesgo, viviríamos, por así decirlo, en una amenidad agotadora. Muchos ámbitos de nuestra cultura se configuran en torno a técnicas para producir indiferencia. Los hombres necesitamos espacios de irreflexibidad —en las costumbres, en las convenciones de la educación, la previsibilidad de las promesas— para poder soportar la imprevisión en lo que realmente nos interesa: el amor, los negocios, el juego,la política...

El aprendizaje de la decepción

Pero una de las características del juego es que se puede perder; sin esa posibilidad el juego no cumpliría la función que esperamos de él, sería un simulacro de emoción con final feliz asegurado. No creo que estuviéramos dispuestos a renunciar a todos los aspectos emocionantes de la vida a cambio de una existencia previsible, del mismo modo que generalmente tampoco nos gustaría jugar sí no hubiera alguna incertidumbre en el resultado. El juego es interesante porque está igualmente abierto a la victoria y a la derrota.

La decepción puede ser entonces una experiencia liberadora, un tratamiento productivo de las derrotas, un aprendizaje que resulta de hacer frente a la negatividad. En tanto que experiencia de la discrepancia —las cosas no son y no salen siempre como las habíamos previsto—, la decepción rompe la continuidad de los deseos y las acciones abriendo así un espacio para la reflexión. El cultivo de la decepción sitúa al hombre en ese interludio específicamente humano en cuyos márgenes se instalan los fanáticos ciegos ante cualquier desmentido y los funcionarios cínicos de lo inevitable. Propongo considerar la decepcionabilidad como aquella virtud humana que templa nuestro deseo —generalmente excesivo— de que la realidad confirme lo que somos, hacemos y esperamos. Porque estar abierto al desengaño es preferible al aseguramiento tedioso contra la novedad.

 

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