El que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado
Clero /Recursos y experiencias pastorales

Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |


San Bruno
Baruc 1,15-22: “Hemos ofendido al Señor y le hemos desobedecido”
Salmo 78: “Sálvanos, Señor, y perdona nuestros pecados”
San Lucas 10,13-16: “El que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”

 

Hoy iniciamos la lectura del profeta Baruc como lo hacemos al iniciar cada celebración Eucarística: reconociendo nuestros pecados.

El acto de contrición sincero se hace más doloroso al recordar la bondad del Señor. Baruc expresa el arrepentimiento del pueblo: “Hemos pecado contra el Señor y no le hemos hecho caso; lo hemos desobedecido y no  hemos escuchado su voz ni hemos cumplido los mandamientos que él nos dio”. La confesión de la propia culpa para el pueblo de Israel es su búsqueda por reintegrarse a la Alianza. Recordando la grandeza y bondad del Señor, quieren revivir la alianza con él pactada. Con Cristo la oración penitencial y la confesión de las culpas adquieren un nuevo sentido: por la sangre y resurrección de Cristo obtenemos la misericordia y el perdón de los pecados.

La penitencia es ahora una confesión gozosa y gratificante de la misericordia de Dios. El reconocimiento de nuestros pecados es el primer paso para encontrar nuevamente la paz. Ningún enfermo se puede curar, si no acepta primero su enfermedad. No estaremos mirando angustiados nuestros pecados, reconocemos el gran amor de Cristo que nos lava y nos deja limpios, pero el perdón de Jesús no nos lleva a una especie de conformismo o pasividad interior pensando que él ya ha obtenido para nosotros el perdón; sino al contrario, nos urge a una mayor lucha contra todas nuestras equivocaciones.

La reconciliación nos invita a purificarnos siempre más y a vivir en mayor armonía con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Hoy tenemos que reconocer esas intervenciones amorosas de Dios a favor de cada uno de nosotros y buscar sinceramente la reconciliación. Exclamemos con el Salmo 78: “Sálvanos, Señor, y perdona nuestros pecados”.

Las ciudades condenadas por Jesús acusan ese grado de indiferencia, apatía y no reconocer los propios pecaddos.  No nos parezcamos a las ciudades de Corazaín y Betsaida que reciben el reproche del Señor porque no se han convertido.