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Las «Confesiones» del Papa Juan Pablo II
Conoce el Vaticano /Papa San Juan Pablo II

Por: P. Eugenio Martín Elío, LC | Fuente: Catholic.net

Existe en la Iglesia una tradición que siempre ha suscitado el interés y el entusiasmo de los fieles. Se trata de una tradición antigua, pues se remonta al menos hasta la época de S. Agustín. Éste, en sus famosas “Confesiones”- que terminó de escribir en torno al año 400 – hace una evocación histórica de su conversión y del camino espiritual de su vocación para cantar las “Misericordias del Señor”. Siguiendo esta costumbre, se suele pedir a los sacerdotes recién ordenados, o en alguno de los aniversarios más señalados, que cuenten la historia de su vocación.

Por eso el 1° de noviembre de 1996, cuando el Papa Juan Pablo II celebró sus bodas de oro sacerdotales, publicó el libro “Don y misterio”, en el que nos confiesa cuál ha sido el secreto, el hilo conductor, que ha dado sentido a la historia de su vida. En esta obra, el Papa trata de penetrar más allá de los acontecimientos y de las personas para “escrutar el misterio que desde hace cincuenta años le acompaña y le envuelve”: el sacerdocio.

Ante todo, Juan Pablo II resume su vocación con estas palabras: “¿Cuál es la historia de mi vocación sacerdotal? La conoce, sobre todo, Dios. En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida. Ante la grandeza de este don sentimos cuán indignos somos de ello”.

La vocación sacerdotal es un misterio. Misterio por su origen que es la elección divina; misterio por su entraña que consiste en un “intercambio maravilloso” entre Dios y el hombre; y misterio por la misión de anunciar la Palabra.

El viernes 1º de septiembre de 1942, en plena II Guerra Mundial, Karol invitó a su amigo Malinski a acompañarlo a Wawel. En aquella época el castillo de Wawel era la sede del Comando General del ejército alemán. Pero en el edificio, que estaba enfrente de la entrada principal de la catedral, vivía el padre Kazimierz Figlewicz, confesor y director espiritual de Karol desde los tiempos del liceo. A Malinski le pareció “un sacerdote sereno, sonriente y delicado”.

“Nos hizo pasar a una pequeña sala -cuenta Malinski en su libro Mi viejo amigo Karol- nos ofreció una taza de té y después se fue con Karol a otro cuarto. Yo me quedé en la sala. Karol estuvo con él mucho tiempo, demasiado tiempo para una confesión, demasiado tiempo también para una simple conversación. Yo no sabía qué pensar. Finalmente volvieron. Cruzamos algunas palabras de despedida y nos encaminamos de vuelta a casa.

  • ¿Por qué te demoraste tanto?

Karol, como si no hubiese oído mi pregunta, me dijo:

- Quería decirte que he decidido seguir la vocación sacerdotal”.

Cuarenta años después, siendo ya Papa, Juan Pablo II confirma: “Tengo una profunda deuda de gratitud con unos cuantos sacerdotes, sobre todo con uno de ellos, hoy muy entrado en años, que en mi primera juventud, con su bondad y simplicidad, me acercó a Cristo. Era mi confesor y fue él quien supo en qué momento exacto decirme: Cristo te llama al sacerdocio”.

Así fue el momento preciso de su anunciación. Pero sabemos que toda vocación está precedida por el llamado divino, como nos recuerda el Papa citando las palabras del profeta Jeremías en el versículo 5 del capítulo 1º: “Antes de haberte formado, cuando estabas en el seno materno, te conocía; y antes de que nacieses, te tenía consagrado: yo te constituí profeta de las naciones”.

A través de varias purificaciones, Dios se encargó de disponer el alma de aquel joven, y le fue revelando cuál era su Voluntad. Primero fue el ambiente cristiano de su familia y la muerte prematura de sus seres queridos: su mamá cuando apenas iba a cumplir nueve años; su único hermano a los doce. Entre los vecinos que lo veían jugar desde la ventana estaba la señora Helena Szczepanska. Cuando murió su hermano Edmundo esta señora, treinta años mayor que él, no pudo contenerse y lo paró por la calle:

- ¡Pobrecito, perdiste también a tu hermano! – le dijo con lágrimas en los ojos.

Él supo contener la emoción. Mirándola le respondió:

  • Fue la voluntad de Dios.

Años más tarde, iniciada la guerra, un día Karol salió a hacer unas compras. Cuando regresó a su casa, se encontró muerto a su papá, víctima de un ataque al corazón.

Con el estallido de la segunda guerra mundial Dios se encargó de lograr un bien mayor en la vida de Karol: la maduración definitiva de su vocación. La ocupación nazi le supuso un alejamiento de sus proyectos juveniles como la carrera, el teatro y la literatura; y le introdujo en un proceso de maduración que pasó por la dura experiencia del trabajo en la cantera de la fábrica Solvay y por el espejo del testimonio de tantos mártires polacos. En este contexto fue donde Karol descifró el llamado de Dios, e ingresó en el seminario clandestino de Cracovia.

¿Cómo se explica que diera este paso de total abandono en las manos del Señor? Él mismo nos da la respuesta: “La vocación sacerdotal es el misterio de un maravilloso intercambio –admirabile commercium– entre Dios y el hombre. Éste ofrece a Cristo su humanidad para que Él pueda servirse de ella como instrumento de salvación, casi haciendo de este hombre otro sí mismo.”  En esto consiste para el Santo Padre el sacerdocio, en administrar los misterios de Dios, en actuar cada día in persona Christi su condición de Redentor del mundo.

Por eso se entiende su testimonio del 27 de octubre de 1995, cuando dijo: “El Santo Sacrificio de la Misa ha sido y es absolutamente el centro de mi jornada y de mi vida”. El sacerdote, celebrando cada día la Eucaristía, penetra en el corazón del misterio del sacerdocio de Cristo, “quien ofrece a Dios Padre el sacrificio de sí mismo, de su carne y de su sangre, y con su sacrificio justifica a los ojos del Padre a toda la humanidad e indirectamente a toda la creación.” “Cristo es Sacerdote porque es el Redentor del mundo”.

El 1º de noviembre de 1946, día en que el Papa fue ordenado sacerdote en la capilla privada de los Arzobispos de Cracovia, recordó de un modo especial a Jerzy Zachuta, un seminarista que durante el período de clandestinidad le acompañaba a ayudar la Misa, y cuando Karol fue a investigar qué le había pasado, supo que durante la noche había sido detenido por la Gestapo y fusilado. Para el Papa, Jerzy era su hermano en la vocación sacerdotal, pues aunque no recibió el sacramento, Cristo lo “había unido de otro modo al misterio de su muerte y resurrección”.

En una conversación que Juan Pablo II tuvo con su biógrafo George Weigel le hizo este comentario sobre algunos periodistas que reducían su pontificado a interpretaciones políticas: “Tratan de comprenderme desde fuera. Pero sólo se me puede entender desde el interior”. Tal vez ese “interior” más profundo de este Papa al que muchos ya atribuyen el título de “magno”, hunde sus raíces en el “don y misterio” recibido de parte de Dios. Por eso se puede entender lo que les dijo el 1º de octubre de 1979 en su discurso inaugural a los sacerdotes, religiosas, religiosos y misioneros irlandeses: “Este es un tiempo maravilloso para la historia de la Iglesia. Éste es un tiempo maravilloso para ser sacerdote, para ser religioso, para ser misioneros de Cristo”.