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Obediencia ante situaciones de crisis
Diálogo por la paz y la dignidad humana /Justicia y solidaridad internacional

Por: P. Fernando Pascual, LC | Fuente: Catholic.net

En momentos de crisis, como por ejemplo tras un terremoto, una epidemia, una guerra, una temporada de pésimas cosechas, las autoridades suelen pedir a la gente una obediencia casi total a las decisiones que se toman para afrontar la situación.

Pedir obediencia en una situación especialmente difícil, sobre todo cuando están en juego la salud y la vida de millones de personas, es posible desde dos presupuestos fundamentales. Primero: la situación merece un comportamiento colectivo unitario para “sobrevivir” satisfactoriamente. Segundo: las autoridades son capaces de establecer normas buenas y eficaces para afrontar la crisis.

El primer presupuesto es obvio y, normalmente, la gente lo acepta con facilidad. Basta con un conocimiento suficiente de la gravedad de un virus, o de la falta de alimentos, o de la cercanía del ejército invasor, para que las personas anhelen urgentemente indicaciones de las autoridades frente al peligro que se acerca. Solo juntos, bien coordinados, es posible una respuesta firme y, se espera, eficaz, para seguir adelante.

El segundo presupuesto puede generar mayores problemas. A veces, porque la gente no percibe directrices claras ni proyectos bien elaborados por parte de los gobernantes. A veces, y esto es muy peligroso, porque en realidad esos gobernantes no tienen ni conocimientos ni altura moral para encontrar caminos que sirven para proteger a la sociedad ante las amenazas del virus, de la violencia o de la escasez de alimentos.

Si las autoridades muestran señales de incompetencia, si cometen errores al establecer planes de emergencia y al buscar cómo abastecer a la sociedad, las personas sienten una fuerte sensación de desamparo. Incluso, en ocasiones, empiezan a pensar desde la perspectiva del “sálvese quien pueda”, que tantas disgregaciones y problemas genera en las ciudades y los Estados.

Como resulta obvio, obedecer una orden dañina no tiene ningún sentido. Pero desobedecerla no resulta fácil, sea porque las autoridades pueden actuar con sistemas represivos que aumenten los males presentes, sea porque una rebelión de individuos o de grupos tampoco es algo inocuo y sin riesgos.

En ese tipo de casos se produce una terrible lucha interior en las mentes de quienes perciben en toda su viveza los pros y los contras de las dos alternativas: ¿hay que obedecer una orden dañina para mantener la cohesión social? ¿O hay que oponerse a la misma a costa de crear luchas internas que pueden ser tan nocivas, o incluso más, que lo que pasará si se obedece a mandatos equivocados?

En momentos así hace falta mucha prudencia para no promover, según el famoso dicho popular, remedios que provoquen más daños que la enfermedad... Al mismo tiempo, hay que buscar caminos para controlar a las autoridades públicas de forma que se eviten que los gobernantes sean incompetentes o tomen decisiones equivocadas.

Constatar la vulnerabilidad de los gobernantes en los momentos de crisis despierta una conciencia profunda de las propias responsabilidades que hace posible evitar los daños que se producirían si se adoptase una obediencia servil, incondicional, ciega, ante mandatos equivocados.

Al mismo tiempo, esa responsabilidad promoverá una obediencia madura, en la que las personas y los grupos puedan sopesar seriamente si las órdenes recibidas en medio de la situación de crisis han de ser aceptadas, o si merecen una resistencia adecuada para evitar males mayores y parar buscar alternativas eficaces a la hora de proteger el bien común.