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El publicano regresó a su casa justificado, el fariseo no
Hispanos Católicos en Estados Unidos /Homilías Mons. Enrique Díaz

Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net

Cuando contemplamos la actitud tan diversa de estos dos hombres, fácilmente descubrimos quién tiene la razón y quién está obrando incorrectamente. Pero cuando nos toca a nosotros ponernos en la misma situación, con frecuencia nos equivocamos y adoptamos la arrogancia del fariseo que se siente limpio y purificado.

El hombre orgulloso y pagado de sí mismo, no alcanza el perdón, porque al igual que un enfermo lo primero que necesita es reconocerse necesitado, enfermo y pecador. Quien niega la propia enfermedad, quien por pena o por orgullo esconde la herida y no la cura, lo único que consigue es que se infecte, se pudra y se contamine. Lo mismo sucede en el interior del hombre: cuando no somos capaces de reconocer el propio pecado nunca alcanzaremos el perdón.

El primer paso para el arrepentimiento es aceptar nuestro pecado. Son célebres las duras palabras de David condenando a quien injustamente ha robado y despojado a su vecino de su única oveja, para después escuchar del profeta: “ese hombre eres tú”. Mirarse a sí mismo con objetividad es un reto difícil, a veces es más fácil que nos puedan ver los demás. Sin embargo quien desea obtener el perdón y la reconciliación tiene que reconocerse y aceptarse como pecador. Tiempo de cuaresma es tiempo de reflexión y de presentarse delante de Dios con toda humildad.

Tiempo de saberse necesitado, hambriento de perdón. Postrémonos como el publicano y clamemos desde lo profundo de nuestro ser: “Dios mío, apiádate de mí, porque soy un pecador”. Jesús nos da a conocer una imagen muy diferente de Dios: un Dios misericordioso, que está dispuesto a acoger a quien se acerca a él. ¿Estamos dispuestos a pedir perdón sinceramente a Dios por todas nuestras culpas?