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Se aireó, recientemente, en algunos periódicos de Italia la noticia
de que un niño sobrevivió a un aborto “terapéutico”. Creo
que el titular hubiera sido mucho más ajustado a la
verdad con estas palabras: un ser humano inocente sobrevivió a
la ejecución de su injusta pena de muerte. Incluso así
hubiera ganado bastante en ese sensacionalismo que tanto gusta y
se estila hoy en los medios de comunicación.
La historia es
real. Una criatura indefensa de poco más de cinco meses
de vida quiso ser eliminada arbitrariamente en el vientre de
su madre porque se creyó que venía con una malformación.
Pero el intento falló y salió con vida de la
agresión.
No acaba todo aquí. Sin embargo, ya ante esto me
asaltan algunos interrogantes. ¿Desde cuándo el suponer que alguien parece
tener una enfermedad es motivo suficiente para condenarlo a muerte?
¿Y por qué no acabaron con él una vez que
estuvo fuera, como tantas veces se ha hecho en casos
como este? ¿Por qué se permiten “legalmente” matarlo con tanta
facilidad cuando está dentro, y cuando está fuera se lo
piensan un poco más? ¿Acaso no era lo mismo y
el mismo que antes de sacarlo del seno materno? ¿Acaso
no es lo mismo y el mismo el niño que
hoy ya nació y el feto que hace unos meses
crecía en las entrañas de su madre? ¡Cuánta incoherencia!
En este
triste episodio -como en tantos otros- el pequeñín fue rechazado
y sentenciado a muerte por su madre. ¿El aparente motivo?
Por habérsele diagnosticado serias malformaciones y daños celebrales. Y digo
aparente porque lo clamoroso del caso es que los doctores
ahora declaran que el niño, de hecho, no tiene la
malformación que se temía, sino sólo una pequeña hemorragia cerebral;
y la madre sigue empeñada en rechazarlo.
Así que, lo que
en el fondo movió quizá a esa madre a pedir
el asesinato de su hijo no fue el ahorrarle los
sufrimientos de nacer y vivir con esa supuesta malformación (y
ni siquiera eso lo justificaría). Al salir a la luz
la inexistencia de la enfermedad del niño, se hizo a
la vez manifiesto lo que quizá ofuscó el corazón de
esta mujer al seguir rechazándolo: el egoísmo.
Y de nuevo aquí
me hiere otra pregunta, ¿acaso el egoísmo puede defenderse como
derecho de una madre en relación a su propio hijo,
hasta el punto de optar por asesinarlo en “provecho” personal?
No
sé si el mundo esté cambiando demasiado de prisa, pero
mi noción de madre siempre ha tenido relación esencial con
algo totalmente opuesto al egoísmo: el amor. Espero que todavía
hoy muchos coincidan conmigo en pensar que lo que define
a una madre es el amor. Y sobre todo el
amor a sus propios hijos.
Por eso me aterroriza la posibilidad
(muy real) de que, gracias a los que promueven y
votan la ley del aborto -y otras por el estilo-,
nuestro mundo empiece a proliferar en contradicciones como la de
aborto “terapéutico” (curar matando), o la de “madres” egoístas.
Todos los
que buscamos un mundo donde reine la justicia y el
amor preferimos que en él abunden, y cada vez más,
las madres llenas de amor. Esas que aman entrañablemente a
sus criaturas. Esas que quieren vivos a sus hijos, estén
sanos o enfermos. Esas que son capaces de amar hasta
dar la propia vida -literalmente si hace falta- para salvar
la del que es fruto de su seno.
Yo promovería y
votaría una ley -ojalá la hubiese efectivamente- que defienda los
derechos de todo concebido a nacer, a vivir, y a
tener una madre que lo sea de verdad.
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