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Autor: Rodrigo Saucedo | Fuente: es.catholic.net Manual de instrucciones del cerebro humano
El cerebro es una condición, un instrumento por el que la mente, luego, forma los conceptos
Manual de instrucciones del cerebro humano
Ahora sí, no habrá excusas que valgan, ni quejas
que los detengan. Los científicos están a punto de decirnos
la verdad sobre lo que es el hombre. Nadie se
lo esperaba, pero ahora que ya lo saben, o mejor
dicho, que lo están descubriendo, hablarán, y con todo derecho.
En nombre de la ciencia ellos tienen el honorable
deber de informar de sus descubrimientos, nadie puede quedarse sin
saberlo...
A nadie se le escapa la impetuosa vorágine de avances
científicos que nos circundan. Entre todos estos triunfos humanos, de
los que nos han dicho que debemos enorgullecernos, se encuentra
uno que al parecer hará saltar por los aires todos
los frenos que detienen el progreso de nuestra civilización globalizada.
Lo que nos permitirá saber todos los secretos de la
vida humana.
Si habíamos quedado deslubrados por la aparición y desaparición
misteriosa de Dolly, “la ovejita histórica”, de seguro no nos
perdimos el siguiente capítulo del libro, siempre nuevo, de la
biotecnología, que fue la primera lectura del genoma humano y
su patentización a nombre de toda la humanidad. Es cierto
que nos dimos cuenta de que nunca como antes los
hombres éramos tan iguales, pero la ilusión de este hallazgo
nos duró muy poco. (Ni siquiera se hicieron camisetas diciendo:
“genéticamente soy casi igual a ti ¡y qué!”)
Ahora está por
subir a la pasarela del estrellato una nueva disciplina. Estamos
hablando de la “Neurociencia”. Esta neonata macro-ciencia, no sólo incluye
lo que bien podemos conocer como biomedicina o neurología, -que
serían sus competencias- sino que sus ediles estiran sus confines
hasta englobar la psicología, psiquiatría, antropología y la ya tan
olvidada lingüística. En efecto, todo este saber se requiere para
indagar en los más recónditos recovecos de nuestro poco conocido
cerebro humano.
No podemos ni pensar en la trascendencia de las
investigaciones que se llevan acabo sobre el cerebro. Estamos conociendo,
gracias a los más sofisticados sistemas de electroencefalogramas, las partes
de nuestro cerebro que entran en acción cuando nos enojamos,
descansamos, nos emocionamos, o mientras resolvemos un angustioso problema de
trigonometría. Las metas a corto plazo serían evitar el desgaste
excesivo de nuestro cerebro en su parte biológica, y así
prevenir enfermedades como el parkinson, el alzheimer o las tantas
manías que llenan nuestros centros psiquiátricos.
Pero el ambicioso plan, no
se detiene aquí, el segundo paso es encontrar los extraños
conectores que unen el cerebro a la mente, (si aceptamos
que son dos cosas bien diferentes) de modo que conociéndoles
y conociendo el funcionamiento del cerebro milimétricamente, lleguemos un día
a manipularlos. Ya no estamos hablando de un simple manual
de instrucciones para el uso del cerebro, sino de todo
un plano de programación, construcción, ensamblaje y funcionamiento de la
mente humana.
Estamos al fin, frente a la verdad. Los nuevos
pensadores, los científicos libres, y sin prejuicios, nos van a
decir que todo lo que nos sucede y hacemos, es
condicionado por las leyes –todavía misteriosas– de nuestro cerebro y
de los compuestos químicos que interactúan en él. En definitiva,
que ya nos podemos ir despidiendo de nuestra idolatrada libertad,
pues ahora sabemos que ni siquiera somos libres para pensar
lo que queramos...
Nuestros científicos quieren convencernos de que toda la
vida del hombre se compone simple y sencillamente de reacciones
químicas y biológicas de nuestro organismo en esa maraña de
condiciones y circunstancias que llamamos tiempo y espacio. Aunque las
comparaciones son odiosas, nos parece que más de alguno sigue
pensando que el cerebro humano es el mejor y más
potente de los equipos informáticos que jamás se hayan construido,
y que por lo tanto, con el desarrollo de las
ciencias, será tan versátil y tan manejable como las piezas
de una computadora en el “mercado negro”.
El problema radica en
que una concepción así de seca y escueta del cerebro
humano, reduciría al hombre a sola materia, como ya hemos
escuchado en los discursos marxistas. Según ellos, el alma humana,
no es sino el salto cualitativo de la materia, que
cansada de no hacer nada y de padecerlo todo, decide
un día hacerse espíritu. Lo cierto es que nadie todavía
ha podido explicar mejor estas marometas dialécticas de poca congruencia.
Está claro que la tierra es tierra hasta que no
le ocurra un cambio químico y se convierta en otra
cosa. Pero el espacio que separa a la materia del
espíritu es infinito y por consiguiente no tiene un principio
diverso de la materia, por lo que no es posible
explicarlo por sí mismo. Si la materia hubiese sentido tedio
de ser materia, se habría percatado de que no era
materia. Sin embargo, aceptar que el espíritu no es sino
una sublimación de la materia, es el paso decisivo para
llenar nuestro mundo de científicos salidos de las más descabelladas
películas de ciencia ficción, que se volverían los padres de
una nueva humanidad semi-humana y semi-mutante.
Sólo por el hecho de
que la mente humana sea espiritual podemos explicar los actos
que realiza: el conocimiento del mundo que nos circunda, que
inicia a través del contacto que tenemos con la realidad
que nos rodea a través de los sentidos. El cerebro
es una condición, un instrumento por el que la mente,
luego, forma los conceptos.
Así, gracias al trabajo del cerebro,
podemos concebir el concepto de “vacaciones”. No se trata de
un simple sonido de consonantes y vocales tiradas al azar.
Tiene un valor en el lenguaje y un significado real.
Vacaciones: no clases, no trabajo, sí descanso, sí playa, “relax”...
Después, podemos razonar y discurrir sobre tantas y tantas cuestiones
(relativas a nuestras anheladas vacaciones), e incluso sobre el hecho
de poder hacer proyectos para el futuro, según el recuerdo
de nuestro pasado, (nadie va de vacaciones al mismo lugar
que el año pasado si no le ha ido bien,
o si los compañeros fueron un tanto “pesados”) y el
hecho de poder decidir libremente sobre las acciones que emprenderé
(irse de vacaciones a otro sitio, o al menos, con
otros compañeros), habla claramente de la espiritualidad de la mente
humana.
Podemos concluir que todo cuanto hagan nuestros héroes científicos, quedará
siempre en el plano biológico-físico. Nos podrán explicar cómo funciona
el cerebro: cómo le llegan los estímulos y en qué
zonas se realizan las más complicadas funciones de la aprehensión,
el descanso, la memoria... Pero jamás tendrán derecho a decir
que han visto y explorado los abismos de la mente
humana, lo que equivaldría a decir que abren el televisor
y ven descansando en sus camerinos, con una toalla al
hombro y un “gatorade” en la mano, a los
personajes de sus caricaturas preferidas...
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