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Muchas personas están engañadas de que para salvar deben morir
¡Menudo bebé! Acaba de nacer la "Iglesia de la
eutanasia, del suicidio, del aborto, del canibalismo y de la
sodomía". Lo acabo de leer en el periódico. Casi me
da un espanto, pues nos lo anuncian en vísperas de
la Navidad. Dicha campaña pretende defender a la Madre Tierra;
salvar al planeta; redimir a los animales y darnos ejemplo
de vida. ¡Amén!
Quizás te los encuentres por la calle. Visten
camisas que dicen: "Salva al planeta, mátate. Gracias por no
procrear. Come personas, no animales". En vez del tradicional: ¡Felices
Pascuas y Próspero Año Nuevo!, te auguran un *1000 para
el 2000+. Es decir, 1000 suicidios para el año 2000.
¿A qué estamos?
Erik Atkinson, un rubiales, tuvo el honor
de ser el suicida número 1000. Apretó el acelerador de
su viejo Ford. Frenó su vida y saltó del puente
de San Francisco. Sus restos mortales no sé dónde descansen.
El
colmo. Esta "iglesia" te brinda un servicio telefónico. Desde diciembre
se ofrecen explicaciones, métodos y asistencia para el suicidio. Por
supuesto, hay que pagar por adelantado.
Fuera de bromas, esta
organización existe. Tiene su base en los Estados Unidos. Y
espero que nunca atraviese la frontera mexicana ni nos la
exporten al Mercado Común -y digo común, por lo del
sentido común-.
Permíteme compartir contigo una palabra, en vísperas de
la Navidad. No me cabe en la cabeza. 1000 personas.
1000 presuntos mártires. 1000 víctimas del engaño. Me entran escalofríos
de pensarlo: ¿Qué sentido tenía la vida para estos 1000
desafortunados? ¿La vida, la tuya, la mía, la de Moncho
y Marina, tienen sentido? ¿Siempre?
Cambiemos de escenario. Volvamos a España.
Bordadores 4, primero derecha. Allí vivió el "chiflado", aquel legendario
e insigne profesor de Salamanca que tanta fama ha dado
a España. Hoy es una simple casa, habitada por un
profesor de inglés y su familia.
Yo he estado allí. Y
recuerdo con melancolía unas manchas muy negras en un parqué
resplandeciente. Los inquilinos pican la curiosidad de cualquier visitante y
te cuentan el famoso incidente del brasero. ¿Qué brasero? El
brasero de Unamuno.
Unamuno, viejo y cansado de vivir, había entrado
en agonía. Los años no habían pasado en balde. Sus
menguadas fuerzas lo habían debilitado como los músculos de un
bebé. -Moriré, yo moriré-, se le escuchaba entre susurros. El
mismo pensamiento de la muerte le asustaba. Le asustaba y
le sofocaba como el humo de su antiguo brasero. Y
como hacía frío, una mano delicada había removido las ascuas.
La estancia se caldeaba, pero el enfermo hacía contorsiones. Las
brasas bailaban muy suavemente. Al enfermo ya lo dan por
muerto. ¿Y si se equivocan? Pero así lo han diagnosticado.
Y los médicos casi nunca yerran. Murió.
Entonces, lo de las
manchas... Resulta que la pierna de Don Miguel reaccionó. Suelen
ser los reflejos musculares. En el movimiento expansivo derribó el
brasero que le calentaba los pies. Los carboncillos se precipitaron
contra el parqué, lo vistieron de negro y la estancia
se llenó de humo. Así -dicen- Unamuno había firmado con
carbones encendidos sus deseos de vivir, de no soltar las
amarras. Fueron sus últimas palabras. ¿O sus primeras?
Unamuno, el caballero
de la muerte. ¿Cómo vivió? Justamente para vencer el pensamiento
de la muerte, Don Miguel se había casado y se
atrevió a tener la friolera de ocho hijos. ¿No es
eso una afirmación a la existencia? ¡Pero yo quiero ser!
¡El sentido de la vida a la cual yo no
sé renunciar, el deseo de eternizarme, la necesidad de eternidad
es más fuerte que mí mismo! La razón dice que
todo terminará. Pero el corazón, mi corazón, el corazón de
todos los hombres grita: ¡No quiero morir!¡No es posible que
yo muera!¡No quiero morir! ¡Todo el mundo grita así!
Amigo lector,
¿no se te desgarra el alma? Piensa en ti, en
ese ser querido, en tu amigo, en aquel enfermo terminal
o en esa chica que ha perdido la ilusión. Piensa
en los siglos, los centenares, las toneladas de almas que
han sufrido y padecen la misma inquietud, ese estilete de
la existencia, del sentido de la vida que atraviesa el
corazón de la historia. Piensa en Erik Atkinson, el rubiales
suicida número 1000.
Precisamente en ellos, como en Unamuno, el sentimiento
trágico de la vida embiste y lucha contra la razón.
¿Se puede sostener tal lid, tal fiero combate en unas
carnes humanas? ¿La vida tiene siempre sentido, incluso cuando no
se ve?
Unamuno compuso uno de los más bellos poemas del
universo y parte del extranjero: El Cristo de Velázquez. Ese
Cristo, de quien cuelga como cascada una melena. El Hombre
muerto que no muere. En ese Cristo, en esa melena
de sentimiento afianzó Unamuno, "el incrédulo", su seguridad más fuerte
y luminosa: la del sentido de la vida de frente
a la eternidad. Y esa melena, ese Cristo, el tuyo,
el de Unamuno, está a punto de nacer.
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