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Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma Epitafios
He estado entre las puertas de la muerte y siento en mí una alegría inexplicable
A la entrada de la ciudad de Milán uno
se topa con un gran jardín. Es un cementerio de
guerra inglés. Un parque bien cuidado lo envuelve. El lugar
es acogedor e invita a entrar, a pasear. Cualquier visitante,
curioso o no, se detiene a leer las inscripciones de
las lápidas. Y se prueba una sensación de paz y
de tranquilidad. No son lápidas frías que congelan el aliento.
Todo lo contrario. En este cementerio se respira paz y
optimismo.
No es fácil dictar epitafios y menos en tiempos de
guerra. Los que aquí descansan eran soldados, jóvenes militares que
empuñaban las armas y los años de su juventud. Es
difícil querer condensar en unas palabras de piedra el resumen
de una vida, sobre todo en las circunstancias históricas en
que fueron pronunciadas.
Muchas de estas frases conmueven por su
sencillez y por la serenidad que transparentan. Se pasea con
gusto por ese jardín de la muerte. He aquí algunos
de estos epitafios. Los fui copiando al caer de la
tarde. Espero haberlos entendido y traducido bien. El más cercano
al portón de la entrada decía: “La paz seguirá a
la batalla y la noche desembocará en el día”. Un
poco más adelante, a la misma altura: “Amargo y breve
habría sido mi fin, ha sido mejor así, Señor”.
En otra
tumba, los padres del recién nacido cadete, quisieron escribir. “Llamado
a un servicio más elevado”. Me fijo que las fechas
de este grupo más o menos coincide. Cayeron el mismo
día, quizás en el mismo frente, a la misma hora.
“Sus penas han pasado, sus amarguras han terminado para siempre,
una vida de pleno gozo acaba de iniciar”.
Prosiguiendo el camino,
me obligo a detener la vista. No quiero perderme ninguna.
Apunto. Pienso. Sonrío. “Duerme -se lee en otra inscripción- bajo
la vigilante custodia de Dios”. Algunas no logro descifrarlas, quizás
no las entiendo: “Llegará un tiempo en el que comprenderemos”.
“No todo se ha perdido”. “El enemigo te arrebató la
vida, pero no pudo con tu alma”.
Y me vienen a
la mente lejanas poesías. El sentimiento y el recuerdo se
disparan. No lo puedo remediar. ¿Qué le vamos a hacer?
El paisaje, la tarde, el momento, todo me empuja.
Y repito para mis adentros aquellos versos de Bécquer:
“Luz que
en cercos, temblorosos, brilla, próxima a expirar; ignorándose cuál de ellos, el último
brillará.
Eso soy yo, que al ocaso, cruzo el mundo, sin pensar: de
dónde vengo, ni adónde mis pasos me llevarán...”
Queda poco tiempo. Aún
me quedan algunas filas por recorrer. “No llorar por aquel
que Dios ha bendecido y tomado en el descanso del
Paraíso”. “Su alma está en perfecto descanso, en el lugar
que Dios ha ordenado: ¡No más penas, no más dolor!”.
Y
en la última de la hilera, antes de un fondo
de arbustos: “Duerme, querido Raimon, descansa, Dios te ha llamado
de nuevo a casa, ha creído que es lo mejor”.
“Descansa en paz, nosotros damos gracias a Dios cada vez
que nos acordamos de ti”.
Están a punto de cerrar. Apenas
puedo ver. He doblado mi página. Las últimas frases me
parecen garabatos. Tengo que salir y volver. He estado entre
las puertas de la muerte y siento en mí una
alegría inexplicable. Uno sale sereno y victorioso de aquel cementerio
inglés en suelo italiano. Aquí desfila la muerte sin máscaras.
Al volver atrás, al regresar al reino de los vivos,
he recordado aquellas palabras de Martín Descalzo: “¡Benditos los que
saben adónde van, para qué viven y qué es lo
que quieren, aunque lo que quieran sea pequeño. De ellos
es el reino de estar vivos!”.
Me siento orgulloso,
tranquilo. Tengo ganas de respirar, de escuchar el grito de
los niños, de reír. Me encuentro lleno de vida, más
que antes, aunque haya paseado con la muerte, desde la
misma muerte. Me ha dicho que hay Resurrección. ¡Hurra! ¡Viva!
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