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Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma No llores mamá, que me voy al cielo
¿Por qué llorar sin consuelo y esperanza la muerte, si nos vamos al Cielo?
No llores mamá, que me voy al cielo
Invito a mis lectores a que me acompañen ahora interiormente
a visitar un hospital. Entramos en una de las habitaciones.
Un hombre joven yace en la cama prisionero de una
grave enfermedad que lo ha condenado a muerte. Junto a
él está su madre. Notamos de inmediato algo muy especial.
Ahí dentro se respira paz, cariño y algo más que
aún no alcanzamos a precisar, pero que nos resulta igualmente
penetrante.
Escuchemos por un momento el diálogo entre esa madre y
su hijo enfermo en fase terminal.
"A media mañana, cuando le
comenté que era la fiesta de los Ángeles Custodios y
que a lo mejor, su ángel vendría a buscarlo para
presentarlo ante Dios, me respondió con una sonrisa.
Al poco
tiempo me comentó: - Mi ángel custodio debe tener trabajo
con alguien más, porque no viene a buscarme; y cuando
yo le respondí: - Tu ángel de la guarda es
tuyo y de nadie más; él me sonrió.
En un momento
en el que me pareció que estaba un poco mejor,
le dije que me dictara las líneas que nos había
leído en la fiesta de final de carrera, y que
yo no quería olvidar. Entonces, con voz clara, me dictó:
Las
alturas que los grandes hombres consiguieron, no las alcanzaron con
un vuelo súbito, sino que mientras sus compañeros dormían, penosamente
subían más allá de la noche.
Yo entonces, llorando, le dije:
- Hijo, ¿te acordarás de mí cuando llegues al cielo?
Y
él, dulcemente, me contestó: - ¡Por supuesto...!
Después le pregunté: -
¿Verdad que no me dejarás?
Y él añadió: - ¡Qué va...!
Viendo
cómo lloraba, me dijo: - No llores mamá, que me
voy al cielo."
Sí, ya no nos cabe la menor duda.
Ese cuarto está inundado de fe. La fe que se
traspira por los poros del alma de esa madre y
de ese hijo. Una fe que se siente mucho más
penetrante que el dolor. Una fe que se palpa más
vivamente que la misma muerte ya a la puerta.
Ha entrado
a la habitación un médico amigo y se ha quedado
solo con el enfermo. Hablan. El doctor sale llorando y,
abrazando a la madre del joven le dice: - No
entiendo nada de lo que pasa en esta habitación.
Ante la
cara de sorpresa que ella pone, como preguntando a qué
se refiere, él continúa: - Un chico joven, prometedor, amante
de la vida, con una familia como la suya... y
habla con alegría de su partida al cielo. No entiendo
nada.
Es verdad, hay muchos que no lo entienden y no
lo entenderán nunca. ¿Cómo es posible que alguien pueda afrontar
la enfermedad, el dolor, la muerte con la sonrisa en
los labios y sobre todo en el corazón? ¿Cómo se
explica que alguien con “toda la vida” por delante pueda
hablar con alegría de su partida a la patria celeste
dejando lo que deja?
Porque para entender y vivir esto hace
falta algo que no todos tienen o no lo tienen
en suficiente medida. Hace falta fe en Dios. Y es
que la fe en Dios, cuando es auténtica, grande, honda,
es capaz de arrancar felicidad y hasta buen humor de
un hombre aunque padezca la más terrible de las dolencias.
Gracias
a una fe así este joven pudo pasar el trance
de su muerte sereno, gozoso, con los ojos y el
alma puestos en el cielo. Gracias a esa fe convirtió
su lecho de muerte en lecho de vida.
¿Por qué llorar
sin consuelo y esperanza la muerte, si nos vamos al
Cielo?
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