La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma | Fuente: Catholic.net La hermana muerte
Uno de los grandes enigmas de la vida del hombre es la muerte
La hermana muerte
El caballero oye un ruido y se acerca. Tras el
enrejado aparece fugaz el rostro de la Muerte.
El caballero
toma la palabra: -Vivo en un mundo de fantasmas.
La Muerte
le responde: -Y sin embargo no quieres morir.
-Sí quiero.
-¿Quieres garantías?
-Llámalo
como mejor te plazca. ¿Es tan cruelmente inconcebible entender a
Dios con los sentidos? ¿Por qué debe ocultarse en una
bruma de milagros que no se ven? ¿Cómo podemos tener
fe en los que creen, cuando no podemos tener fe
en nosotros mismos? ¿Qué les ocurriría a aquellos de nosotros
que desean creer, pero no pueden? ¿Y qué destino tendrán
los que ni quieren creer ni son capaces de creer?
Reina
un silencio completo. Ni la Muerte ni el caballero hablan.
Entonces el caballero prosigue: -¿Por qué no puedo matar a
Dios dentro de mí? ¿Por qué sigue viviendo en esta
forma dolorosa y humillante, aun cuando deseo arrancarlo de mi
corazón? ¿Por qué a pesar de todo, Él es una
realidad desconcertante que no puedo sacudirme de encima? Quiero sabiduría,
no fe ni suposiciones, sino sabiduría; que Dios extienda su
mano hacia mí, que se revele y me hable.
Entonces, la
muerte, con mueca irónica: -Si embargo, permanece en silencio...
-Lo
llamo en la oscuridad, pero no parece haber nadie ahí.
-Tal
vez no haya nadie...
-Entonces la vida es un espantoso horror.
Nadie puede vivir y enfrentarse a la muerte sabiendo que
todo es la nada...
¡La nada! ¡La vida! ¡Todo! ¡Dios! Y
en ese forcejeo se nos presenta la muerte cortante como
una espada, profunda como un pozo. El máximo enigma de
la vida humana es la muerte, la aparente disolución eterna.
Al mismo tiempo, se resiste en nuestro interior esa semilla
de inmortalidad que todos llevamos. No es posible aceptar el
fatal desenlace, la ruina total, el adiós definitivo.
Sería una tragedia
vivir la existencia humana sabiendo que todo acaba con el
tajo de la muerte. No es posible embarcar a la
humanidad en un viaje sin retorno, en un avión sin
piloto. El hombre no puede ser simplemente el sueño de
una sombra descarnada.
Poetas como Shakespeare han cantado la tragedia
de la muerte: “¡Morir..., dormir, no más! ¡Morir..., dormir! ¡Dormir!...
¡Tal vez soñar! ¡Sí, he ahí el obstáculo!”. Otros, como
Cervantes han puesto en boca de Sancho Panza la certeza
de este momento: “Que como vuestra merced mejor sabe, todos
estamos sujetos a la muerte; y que hoy somos
y mañana no; y que tan presto se va el
cordero como el carnero, y que nadie puede prometerse en
este mundo más horas de vida de las que Dios
quisiere darle. Porque la muerte es sorda, y cuando llega
a llamar a las puertas de nuestra vida, a siempre
va de prisa y no le harán detener ni ruegos,
ni fuerzas, ni cetros, ni mitras, según es pública voz
y fama”.
Y el hombre de hoy sigue
enarbolando la bandera de la felicidad eterna. Se resiste al
sabor amargo de las lágrimas o al vuelo tenebroso de
los cuervos. “Nada”, “nadie”, “nunca” no pueden ser sinónimos de
“muerte”. El momento final va acompasado siempre por sentimientos humanos
muy intensos. La experiencias de la muerte abren en nuestras
vidas llagas de dolor: un conocido, un amigo, un ser
querido, nosotros... A veces la vida parece un niño: débil,
temeroso, vulnerable.
Meses antes de morir, François Mitterand, ex-presidente de
Francia, comentaba en una entrevista: “¿Quién no necesita ayuda y
seguridad? La sociedad de los hombres no puede nada. De
repente, uno se siente solo, perdido en la inmensidad. Está
uno ahí, con su cuerpo frágil que se va a
romper muy pronto; y hay algo en uno que le
hace aspirar a la pervivencia y a la eternidad”.
Aun los
menos creyentes vislumbran rayos de esperanza en el más
allá. La vida terrena no puede terminar y romperse
como una porcelana, porque la muerte no consuela, no elimina
el miedo. Es como ese sol otoñal, pálido y enfermizo,
que ilumina pero no produce calor; da luz, pero no
quita el frío. Aperece terrible, amenazadora. ¿Por qué? Porque se
abre el abismo entre la inmortalidad y lo desconocido.
La
muerte tiene otra cara, como las monedas. Si de una
lado es tragedia, ruptura, desazón; del otro es seguridad, certeza,
gozo.
La vida no acaba con la muerte. Toda persona humana
está llamada a una plenitud de vida que va más
allá de las dimensiones de su existencia terrena: la participación
de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta
vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la
vida humana incluso en su fase temporal y terrena. Nuestra
vida, nuestra existencia en el tiempo es condición básica,
momento inicial y parte integrante de todo el proceso de
la vida humana.
La vida de ahora, en este lugar
y tiempo concreto, en este año, en esta ciudad, en
este preciso momento no lo «último», sino «penúltimo». Cada momento
de mi vida es sagrado, pues implica responsabilidad.
Somos seres mortales
y tenemos el deber y el derecho de sentir
nuestra mortalidad. Somos mortales, pero a pesar de ello, nuestra
muerte no significa destrucción y aniquilación, porque hay Alguien que
ya ha vencido a la muerte, que ya ha triunfado.
Los
grandes emperadores romanos festejaban sus victorias construyendo arcos de triunfo.
Un majestuoso desfile seguía la larga fila de carros,
repletos del botín y de cuantiosos trofeos. Roma celebraba con
alborozo la fiesta. Insignias arrebatadas al enemigo, prisioneros de guerra
encadenados, toros y animales para los sacrificios,...
El emperador debía
atravesar el arco de triunfo, montando en su carroza
de caballos blancos. Debía vestir una túnica bordada con palmas
de oro y un manto de púrpura lo envolvía. En
la cabeza, una corona de laurel, símbolo del triunfo y
en su mano derecha, un cetro de marfil. Detrás le
seguían sus hijos. Un esclavo le ofrecía reverentemente una corona
de oro y le susurraba: recuerda que eres un simple
mortal.
Quienes creen en Cristo, atraviesan con Él el
arco de triunfo. La resurrección de Cristo manifiesta la vida
más allá del límite de la muerte, la vida y
el amor que es más fuerte que la muerte. «No
habrá ya muerte», exclama la voz potente que sale del
trono de Dios en la Jerusalén celestial (Ap 21, 4).
Y san Pablo nos asegura que: "La muerte ha sido
devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?
¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?"» (1 Co 15, 54-55).
Por eso, desde esta visión, que es la más certera,
qué fácil resulta repetir con San Francisco de Asís:
“Loado seas,
mi Señor, por nuestra hermana Muerte corporal, de la cual ningún
hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueren en pecado
mortal! Bienaventurados aquellos que acertasen a cumplir tu santísima voluntad, pues la muerte
segunda no les hará mal”.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR