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Quizás estas líneas no impedirán una sola muerte. Pero las
dedico a esos que ya no están con nosotros: soldados
o víctimas, no importa. Porque me siento tan hermano de
los que matan como de quienes mueren.
Toda guerra termina, es
verdad. Pero no es suficiente motivo de consolación. A veces
ser hombre duele y cuesta. Uno sueña con fábulas y
cuentos infantiles, donde todo es color de rosa. La gente
no muere y, al final, el malo se vuelve bueno.
Pero la historia real no es así. Unos matan y
otros mueren; unos atacan y otros defienden. Y unos y
otros creen interpretar el papel de buenos.
Preferiría hablar de
las estrellas que no disparan o del agua que es
mansa y pacífica. ¿No es noble el aire que no
mata? Y sin embargo siguen cayendo seres vivos, siguen muriendo
personas. Son nuestros. Somos nosotros. Algo nuestro se va con
ellos. Y lo peor es que nunca podremos señalar y
apuntar y descargar nuestra condena sobre ninguno, porque todos somos
buenos y malos; porque donde haya un hombre habrá algún
rincón de injusticia y de mal como de bondad y
de justicia.
Triste realidad la de la guerra. Nos hemos acostumbrado
a vivir inmersos en ella. Y solamente nos duele cuando
las bombas, en vez de explotar en países lejanos, nos
estallan en los tímpanos. ¿Por qué el mundo necesita las
guerras? ¿Por qué es necesario que mueran las personas, los
niños, los ancianos, las mujeres, los soldados? ¿Por qué no
mueren las armas?
Y una y otra vez la historia
se repite. El hombre sigue cayendo no una, ni dos,
sino mil veces en la misma piedra. No le basta
con firmar su historia con sangre. Leemos el testamento de
cualquier guerra: prisioneros, deportados, refugiados, miedo, violencia, separaciones, exterminios... Cementerios
militares abarrotados de jóvenes soldados, familias destruidas, monumentos, pueblos y
ciudades devastadas. ¿Por qué se puede llegar a tal grado
de envilecimiento? ¿Por qué, acabada la guerra, no se sacan
las debidas consecuencias y lecciones?
Hemos tenido grandes maestros. Gandhi decía
que la no violencia era la norma y alimento de
su vida, el aire que respiraba. Para Martin Luther
King la violencia no conducía a nada. Llegó a decir:
“La vieja filosofía del ojo por ojo, acaba dejando a
todos ciegos”. El Papa Benedicto XV, definió la Primera Guerra
mundial como “inútil masacre”. Recordar Hiroshima es aborrecer la guerra
nuclear. Medio siglo después de la rendición del Japón en
la Segunda Guerra mundial, Juan Pablo II sigue definiendo la
guerra como “un suicidio de la humanidad”, porque siempre será
una derrota tanto para los vencedores como para los vencidos.
La
guerra no ha desaparecido. Violencia, terrorismo y ataques armados estallan
cada día, en cualquier ángulo de nuestro planeta. Niños y
viejos, impresionados por las horribles y tremendas imágenes que todos
los días penetran los hogares por medio de la televisión,
acaban acostumbrándose. No podemos aceptarlo. Es innoble, injusto y muy
peligroso. No podemos entrenar a nuestras conciencias en el arte
de las armas. ¡Nunca más a la guerra! ¡Nunca!
Y sin
embargo, aún hay quien prepara la guerra. ¿Cómo es posible?
En su mensaje de paz, del 1 de enero de
1999, escribía Juan Pablo II a todo el mundo. “Una
de las formas más dramáticas de discriminación consiste en negar
a grupos étnicos y minorías nacionales el derecho fundamental a
existir como tales. Esto ocurre cuando se intenta su supresión
o deportación, o también cuando se pretende debilitar su identidad
étnica hasta hacerlos irreconocibles. ¿Se puede permanecer en silencio ante
crímenes tan graves contra la humanidad? Ningún esfuerzo ha de
considerarse excesivo cuando se trata de poner término a semejantes
aberraciones, indignas de la persona humana”.
Las armas no callan
con las armas. Las balas no se silencian con las
bombas. No se puede hacer la guerra bajo pretexto de
operación bélica. Están en juego muchas vidas.
Un proverbio kirundi, lleno
de sabiduría, dice lo siguiente: “Cuando hay una tormenta, no
digas al rayo que parta a tus enemigos, pues con
ellos también perecerían tus amigos”. Todo crimen mancha de sangre
a amigos y enemigos y todos acaban siendo víctimas.
Pío
XII, al final de la segunda guerra mundial, se hacía
esta pregunta: “Cuando un pueblo es expulsado por la fuerza,
¿quién tendría el valor de prometer seguridad al resto del
mundo en el contexto de una paz duradera?”.
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