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El sacrificio y las pruebas | tema
Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma
Suicida
La vida es muy bella para dejarla de vivir
 

Alejandro, “Alex” para los amigos, me confió que había intentado suicidarse. Yo al inicio no le creí. Lo veía demasiado “niño” para tal fechoría. Fumaba a escondidas, pero poco más. A lo largo de la conversación se mostró un Alex que yo no conocía: mirada lejana, despecho y desinterés por lo que antes le emocionaba. Era otro: triste, infeliz. Ya no soportaba ni la careta ni esa sonrisa postiza con que firmaba sus horas. Teniéndolo todo, se había dejado robar la ilusión, las ganas de vivir.

La primera vez habría sido una sobredósis de pastillas Tylenol. Con la picardía propia de un adolescente había fingido fuertes dolores de cabeza, mareos y fiebre. El termómetro sobrepasaba los 41 grados. Había frotado la base del mercurio contra su pantalón hasta calentarlo. El plan estaba perfectamente ideado. Bastó un descuido del enfermero y el botecito de pastillas cambió de lugar. Todo sucedía según lo premeditado.
La tragedia no pudo concluirse. Ya en la cama, el “enfermo” ingería pastillas como uvas, una tras otra. Tenía prisa. Pero otro compañero se dio cuenta y se las arregló para tropezarse y arrebatarle el frasquito, ya medio vacío. Entre varios lo llevaron al hospital. Estuvo varios días internado y, después de la intoxicación, no se supo mucho del caso. Todos prefirieron callar y olvidar. No sé si lo supieron sus padres.

Han pasado los meses, pero Alex no ha cambiado. Sigue igual o peor: algunas amistades no le ayudan. Ya le he prevenido. Quizás por ser mayor que él, a mí me habla con más confianza. Y otra vez vuelvo a escuchar que la vida no le gusta; que lo ha pensado mejor y que ahora sí que funcionará; que esta vez va en serio. Y yo, no sé si ingenuo o confidente, le vuelto a decir lo primero que me ha saltado del corazón: Soy tu amigo; aquí me tienes; te aprecio y estimo; no hagas tonterías... Y luego, ¿qué? Piensa en tus padres, en nosotros, en...

A veces uno desearía ser más fuerte, ser un mago de la palabra. Presientes que, por momentos, estás haciendo algo importante y valioso. Creo que logré convencerle. Al menos me prometió que antes de intentarlo la próxima vez, me hablaría primero.

¿Por qué escribo esto? Primero porque es verdad. Estoy feliz de que tanto mi amigo como yo sigamos viviendo. Eso ya es ganancia. No quiero que el miedo o la cobardía nos destruyan ni a mí ni a Alejandro. Somos y valemos más que eso. Es verdad que el mundo está lleno de historias tristes, de puertas cerradas, de fracasos e incomprensiones. Pero vivir es más que eso. Cortar con la vida no arreglaría nada. Matarse no soluciona nada. A mí me parece falta de coraje. Se me hace una villanía.

El Doctor Frankl, famoso psiquiatra y escritor, solía preguntar a sus pacientes: ¿Por qué no se suicida Usted? ¿Por qué no se quita la vida? Ante esta provocación deberían saltar los resortes más íntimos de la persona. Son estocadas en la conciencia. Allí chocan los múltiples padecimientos con todo lo bueno, grande y hermoso. ¿Por qué no me suicido...? El Doctor fuerza las respuestas. Es la mejor terapia. La mente del paciente debe encontrar motivos y desahogar el corazón. Y entonces aflora y renace todo ese bosque de ilusiones, de ideales, de realizaciones. Las contestaciones son múltiples y variadas. A algunos pacientes les ata a la vida su familia, la esposa, los hijos, los nietos. A otros, ese deporte que tanto les gusta. A muchos quizá la preferencia de seguir viviendo y de hacer algo, lo que sea.

Y yo me pregunto: ¿por qué el suicida se puede encerrar en una concha y no ver esta realidad? ¿Cómo se puede llegar a esa espiral de desilusión y pesimismo? Y me asalta la imagen de la telaraña. Son presas, víctimas. Viven colgados, aguardando el momento. Pero ya se han suicidado antes. Son ciegos. La pasión quizás ha desbocado sus mentes. Es difícil convencer a los hombres de que Dios no nos ha condenado a sufrir.

La vida no es algo vago, una idea o una nube sobre nuestra cabeza. Vivir significa asumir la responsabilidad diaria. Es enfrentarse al tiempo y compartir con personas, amigos y seres queridos eso que llamamos tiempo. Es crecer a cada instante. Nunca estamos solos, aunque así lo sintamos.

Suicidarse es morir, es quitarse voluntariamente la vida. Es abortar el regalo más grande que poseemos los humanos: la vida. Es poner punto final a una historia de amor y escrita por varios autores. Ningún hombre puede decidir entre vivir o morir. La vida no es un monólogo.

No logro entender a los suicidas. Me duele su triste desenlace. Examino también lo cómplices que podemos ser los demás. Porque el suicidio conlleva el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a todos los deberes y responsabilidades que tenemos con el prójimo. El suicida siempre pierde. Pierde con Dios, que es el único dueño de nuestras vidas; pierde consigo mismo, por el mal que se hace, y pierde con los demás. Catástrofe total: carambola de desdichas.

Recuerdo una película viejísima en blanco y negro. El protagonista, cansado de la vida, maldice la hora de su nacimiento. Volviendo a casa, atraviesa un puente y piensa en lo peor. Mejor acabar con todo. De repente su ángel de la guarda le interpela. Nuestro protagonista no queda convencido. Está a punto de dar el salto mortal. Ante una vida sin aparente sentido, el ángel le presenta diversas escenas, pequeños cortos de lo que hubiera sucedido si no viviese. En la primera aparece una tumba diminuta. Deletrean el nombre. ¡A ese niño lo salvé yo! ¡Se ahogaba y lo rescaté! No puede estar muerto. En otra escena aparece su mujer, que no sería su mujer. Por supuesto no están sus hijos,... El candidato a suicida ya ha tenido bastante. Algunos momentos más duros y difíciles no pueden apagar su pasado. Hay suficientes motivos para seguir viviendo. Creo que la película se sigue titulando: ¡Qué bello es vivir!



 
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