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El sacrificio y las pruebas | tema
Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma
¿Por qué?
¡Qué tremenda y a la vez misteriosa es la realidad del suicidio!
 
Hace algunos años, estando yo en mi despacho atendiendo algunos asuntos, recibí una llamada telefónica. Las palabras que escuché a través del auricular me penetraron el alma dejándola a cero grados. -“Acaban de encontrar muerto al Sr. X.” Y antes de que yo pudiese decir nada, seguí escuchando: “se tiró de un puente...” Creo que dejé caer el teléfono. Mi pensamiento inmediatamente se dirigió a Dios. Fue una oración. De esas que brotan incontenibles como un grito del alma: “Señor, apiádate de él.” Luego mi corazón angustiado se volvió a su esposa (¡cuánto se querían!), y a sus hijos (eran 8, el pequeño rondaba los 5 años). ¿Quién iba a consolar a esa mujer y a esos niños? Y, junto a esa, otra pregunta comenzó a martillarme el alma: “¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?” No, no estaba sólo pensando. Seguía orando. Se me soltaron las lágrimas...

¡Qué tremenda y a la vez misteriosa es la realidad del suicidio! He de confesar algo muy personal: una de las cosas que más mella han hecho en mi alma desde que era un muchacho, ha sido el toparme con ella. Varias veces en mi vida he sentido y palpado muy de cerca esa tragedia humana. Y ¡qué marea de dudas, pensamientos e incertidumbres se levanta en la mente y el corazón ante algo así! Es duro encajar el golpe del suicidio de alguien a ti cercano y querido. A mí no me fue fácil siendo aún niño y no lo ha sido nunca después.

Creo que jamás podremos comprender exactamente lo que pasa por el interior de una persona que llega a cometer semejante error. Nunca lograremos sopesar con acierto la magnitud y profundidad de la frustración, de la desilusión, de la desesperación, de la angustia que tantas veces inunda y atenaza por dentro a esas personas.

Pero hay alguien que sí lo sabe, Dios. Y Él, en su misericordia infinita, estoy seguro que lo comprende y no sólo, también se las ingeniará para perdonarlo.

Recuerdo como si fuera ayer el funeral de un joven que acababa de suicidarse y las palabras del sacerdote, tratando de infundir un poco de consuelo en sus familiares y seres queridos: “Dios es misericordia y amor eternos. Dios no necesita tiempo para perdonar. No, ni siquiera una milésima de segundo. Le basta el mínimo gesto de arrepentimiento en un alma para concederle el perdón. Y nuestro hermano, en el caso de haber tenido plena culpa en lo que hizo, tuvo tiempo más que de sobra, y en él seguramente también el arrepentimiento suficiente para ser perdonado por el Padre de las misericordias”. Sí, Dios es Padre misericordioso y su infinita misericordia no tiene límites ni de tiempo ni de espacio.

No podemos, sin embargo, olvidar que quien se quita la vida, objetivamente comete un error. Contradice el amor creador de Dios que da la vida, el amor a uno mismo y el amor a los demás a quienes se debe como hijo, como hermano, como amigo.

Y el suicidio además de un mal, es un trágico contrasentido. Recuerdo el testimonio de una chica que intentó suicidarse pegándose un tiro. La dieron por muerta, pero luego, asombrosamente, “volvió a la vida”. Ella afirmó después que la sensación más fuerte y terrible en los instantes que estuvo “muerta”, fue experimentar cómo en su alma se congelaba para siempre el estado de angustia y desesperación que le llevaron a tomar tan dramática y absurda decisión. Se dio cuenta de que el suicidio no es ninguna vía de salida, sino un callejón sin ella. No es una solución, sino pura ilusión. Sólo consigue cortar de un tajo toda posible solución.

Para cualquiera es evidente que el remedio para un dolor de cabeza no es cortársela, sino procurarse un buen medicamento que lo elimine o amaine. Pues a mí me parece igual de evidente que la solución a una vida “sin sentido” o dolorosa o difícil, no es quitársela; sino descubrir su sentido y valor; que lo tiene, sin duda. Porque montones de gente logran encontrárselo y viven la propia vida en plenitud.

Hay que ser capaces de apreciar lo maravilloso que es la vida humana, cualquiera que sean sus circunstancias. Se puede. Me viene ahora a la mente una persona que pasó su vida, en circunstancias nada fáciles, dándose a muchos otros cuya existencia nos parecería casi insufrible. Me refiero a la Madre Teresa. Ella, a sus 70 años, con una convicción interior plena, pudo escribir esto:

“La vida es una oportunidad, sácale provecho. La vida es belleza, admírala. La vida es bendición, experiméntala. La vida es un sueño, realízalo. La vida es un reto, acéptalo. La vida es un deber, cúmplelo. La vida es un juego, juégalo. La vida es un bien, salvaguárdalo. La vida es amor, gózalo. La vida es misterio, descúbrelo. La vida es promesa, cúmplela. La vida es dolor, supéralo. La vida es un canto, cántalo. La vida es una lucha, acéptala. La vida es una tragedia, tenla controlada. La vida es una aventura, atrévete. La vida es vida, presérvala. La vida es fortuna, aprovéchala. La vida es demasiado preciosa, ¡no la destruyas!”
 
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