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Hace algunos años, estando yo en mi despacho atendiendo algunos
asuntos, recibí una llamada telefónica. Las palabras que escuché a
través del auricular me penetraron el alma dejándola a cero
grados. -“Acaban de encontrar muerto al Sr. X.” Y antes
de que yo pudiese decir nada, seguí escuchando: “se tiró
de un puente...” Creo que dejé caer el teléfono. Mi
pensamiento inmediatamente se dirigió a Dios. Fue una oración. De
esas que brotan incontenibles como un grito del alma: “Señor,
apiádate de él.” Luego mi corazón angustiado se volvió a
su esposa (¡cuánto se querían!), y a sus hijos (eran
8, el pequeño rondaba los 5 años). ¿Quién iba a
consolar a esa mujer y a esos niños? Y, junto
a esa, otra pregunta comenzó a martillarme el alma: “¿por
qué? ¿por qué? ¿por qué?” No, no estaba sólo pensando.
Seguía orando. Se me soltaron las lágrimas...
¡Qué tremenda y a
la vez misteriosa es la realidad del suicidio! He de
confesar algo muy personal: una de las cosas que más
mella han hecho en mi alma desde que era un
muchacho, ha sido el toparme con ella. Varias veces en
mi vida he sentido y palpado muy de cerca esa
tragedia humana. Y ¡qué marea de dudas, pensamientos e incertidumbres
se levanta en la mente y el corazón ante algo
así! Es duro encajar el golpe del suicidio de alguien
a ti cercano y querido. A mí no me fue
fácil siendo aún niño y no lo ha sido nunca
después.
Creo que jamás podremos comprender exactamente lo que pasa por
el interior de una persona que llega a cometer semejante
error. Nunca lograremos sopesar con acierto la magnitud y profundidad
de la frustración, de la desilusión, de la desesperación, de
la angustia que tantas veces inunda y atenaza por dentro
a esas personas.
Pero hay alguien que sí lo sabe, Dios.
Y Él, en su misericordia infinita, estoy seguro que lo
comprende y no sólo, también se las ingeniará para perdonarlo.
Recuerdo
como si fuera ayer el funeral de un joven que
acababa de suicidarse y las palabras del sacerdote, tratando de
infundir un poco de consuelo en sus familiares y seres
queridos: “Dios es misericordia y amor eternos. Dios no necesita
tiempo para perdonar. No, ni siquiera una milésima de segundo.
Le basta el mínimo gesto de arrepentimiento en un alma
para concederle el perdón. Y nuestro hermano, en el caso
de haber tenido plena culpa en lo que hizo, tuvo
tiempo más que de sobra, y en él seguramente también
el arrepentimiento suficiente para ser perdonado por el Padre de
las misericordias”. Sí, Dios es Padre misericordioso y su infinita
misericordia no tiene límites ni de tiempo ni de espacio.
No
podemos, sin embargo, olvidar que quien se quita la vida,
objetivamente comete un error. Contradice el amor creador de Dios
que da la vida, el amor a uno mismo y
el amor a los demás a quienes se debe como
hijo, como hermano, como amigo.
Y el suicidio además
de un mal, es un trágico contrasentido. Recuerdo el testimonio
de una chica que intentó suicidarse pegándose un tiro. La
dieron por muerta, pero luego, asombrosamente, “volvió a la vida”.
Ella afirmó después que la sensación más fuerte y terrible
en los instantes que estuvo “muerta”, fue experimentar cómo en
su alma se congelaba para siempre el estado de angustia
y desesperación que le llevaron a tomar tan dramática y
absurda decisión. Se dio cuenta de que el suicidio no
es ninguna vía de salida, sino un callejón sin ella.
No es una solución, sino pura ilusión. Sólo consigue cortar
de un tajo toda posible solución.
Para cualquiera es evidente que
el remedio para un dolor de cabeza no es cortársela,
sino procurarse un buen medicamento que lo elimine o amaine.
Pues a mí me parece igual de evidente que la
solución a una vida “sin sentido” o dolorosa o difícil,
no es quitársela; sino descubrir su sentido y valor; que
lo tiene, sin duda. Porque montones de gente logran encontrárselo
y viven la propia vida en plenitud.
Hay que ser capaces
de apreciar lo maravilloso que es la vida humana, cualquiera
que sean sus circunstancias. Se puede. Me viene ahora a
la mente una persona que pasó su vida, en circunstancias
nada fáciles, dándose a muchos otros cuya existencia nos parecería
casi insufrible. Me refiero a la Madre Teresa. Ella, a
sus 70 años, con una convicción interior plena, pudo escribir
esto:
“La vida es una oportunidad, sácale provecho. La vida es
belleza, admírala. La vida es bendición, experiméntala. La vida es
un sueño, realízalo. La vida es un reto, acéptalo. La
vida es un deber, cúmplelo. La vida es un juego,
juégalo. La vida es un bien, salvaguárdalo. La vida es
amor, gózalo. La vida es misterio, descúbrelo. La vida es
promesa, cúmplela. La vida es dolor, supéralo. La vida es
un canto, cántalo. La vida es una lucha, acéptala. La
vida es una tragedia, tenla controlada. La vida es una
aventura, atrévete. La vida es vida, presérvala. La vida es
fortuna, aprovéchala. La vida es demasiado preciosa, ¡no la destruyas!” |