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Dos niñitos modernos, se acercaron a su anciana abuelita preguntándole:
“Abuela, ¿cómo nacen los bebés?” -“Los traen las cigüeñas” -respondió
ella-. Los chiquillos se miraron con picardía mutuamente y uno
le dijo al otro: “¿Le decimos la verdad o dejamos
que muera en la ignorancia?”. ¡Hay que ver cuánto saben
los niños de hoy! ¡Qué bien los tenemos informados! Nos
preocupamos de que, desde la más temprana edad, sean instruidos
con detalle en la fisiología del amor, del sexo y
de los nacimientos. Lo saben casi todo...
Pero curiosamente cuando esas
mismas criaturas preguntan hoy dónde está el abuelo, o por
qué ya no lo pueden ver, se les contesta que
se fue a un largo viaje muy lejos, o que
está descansando en un jardín en el que florecen las
madreselvas... Cuentos. Igual que el de la cigüeña. Ya no
se les habla a los niños con normalidad y naturalidad
de la muerte. Mientras que en otro tiempo, también ellos
asistían, con los demás seres queridos, al último adiós en
la habitación y a la cabecera del moribundo.
Evidentemente, a los
niños no los traen ya las cigüeñas. Ya no se
lo cree nadie. Faltaría más... Pero eso sí, hoy los
muertos desaparecen entre las flores sin que se sepa cómo
ni porqué...
Resulta que el tabú del tiempo presente ya no
es el sexo, no; sino la muerte. Y junto con
ella el dolor, el sufrimiento, la enfermedad. A esos “personajes”
ya no se les quiere mencionar ni oír hablar de
ellos. Son tema prohibido. Ya no se lleva hablar de
eso. Te miran feo, como a un bicho raro,
si te atreves a mencionar uno de estos temas en
cualquier reunión “de sociedad”.
Y todo porque no se ha llegado
a comprender el sentido profundo y verdadero de la muerte,
del dolor, de la enfermedad. Todas ellas realidades connaturales al
hombre de todos los tiempos. Y no sólo se evita
hablar de esas realidades; sino que se las trata de
evitar como a la peste. No queremos decir con esto
que esté mal el cuidar la salud, el prevenir las
enfermedades, el proteger la propia vida. Al contrario. Todo eso
es excelente. Pero a veces se llega a extremos desconcertantes
en la huida de esas realidades tan de todos los
días y de todas las épocas.
En la actualidad el progreso
científico en el campo de la medicina parece haber declarado
guerra a muerte al dolor, al sufrimiento y a la
muerte misma. En menos de un siglo le hemos ganado
a la muerte entre 20 y 30 años. Ya no
es lo más común -como lo era poco antes- morirse
a los 50 o 60. Ahora resistimos fácilmente hasta los
70 u 80. ¡Qué maravilla! La ciencia pude curarnos de
casi todo. Ahora bien, ni la ciencia de hoy ni
la de dentro de un siglo, ni la de nunca,
podrá jamás curarnos de la muerte. Nadie puede sacarle
la vuelta a la “señora de la guadaña” por tiempo
indefinido.
Los avances en la investigación farmacológica parecen haber inventado
ya “pastillas” contra todos los males y padecimientos. ¡Qué bueno!
Pero es ilusorio esperar que algún día se eliminará por
completo el dolor de la vida del hombre. Una esperanza
tal terminará inevitablemente en frustración. Cuando haya desaparecido el dolor,
habrán desaparecido también los hombres.
Los nuevos descubrimientos en el campo
de la genética nos prometen grandes logros en la adquisición
de una mejor y más larga vida. ¡Extraordinario! Pero la
genética, por más desarrollada que queramos, nunca dirá adiós a
todas las deficiencias, anomalías y patologías del ser humano.
Da la
fuerte impresión de que gran parte de nuestros contemporáneos se
están sumergiendo en una mentalidad para la que lo único
que importa y preocupa es cómo disfrutar, sin dolor ni
sufrimiento alguno, durante el mayor tiempo posible de la mejor
“calidad de vida”.
Y ese criterio de vida (que roza la
obsesión), en algunos parece ser más “sagrado” que un credo
religioso. Incluso puede llevar y de hecho lleva a actitudes
y comportamientos asombrosos.
Si por ejemplo uno de estos fundamentalistas de
la “calidad de vida”, se encuentra ante una vida naciente,
que -según él- no es “digna de vivirse”, aprueba y
promueve la supresión de dicha vida humana, mediante el aborto.
O si se encuentra con una persona enferma en fase
terminal y que -según él- su vida no tiene una
calidad de vida como para seguir viviéndose, aprueba y defiende
la eliminación de esta otra vida humana por la eutanasia.
Pero
bueno, y ¿quién le ha dado a ese el derecho
de decidir si una determinada vida es digna de vivirse
o no? Y ¿qué criterios aduce para determinar qué vida
es digna de vivirse y qué otra es digna
de suprimirse? Y ¿en qué fundamenta esos criterios de juicio
y de comportamiento? Como si el descubrir una malformación o
patología determinada, o una posible futura enfermedad en una vida
humana incipiente, fuese razón suficiente para eliminarla. O como si
el dolor o la irreversibilidad de una enfermedad en cualquier
persona fuese motivo lícito para asesinarla. O como si la
“inutilidad” social de un ser humano anciano o disminuido fuese
causa válida para permitir que se la borre del mapa
por considerarla una carga inútil e improductiva para la sociedad.
¿Dónde estamos? ¿Quién ha constituido a esos fundamentalistas de la
“calidad de vida” en dueños de la vida humana ajena,
cuando ni siquiera de la propia lo somos en ese
grado? Siempre ha sido y será verdad que Dios es
el único amo y señor de la vida humana. Él
es su fuente y origen, y también su fin último.
Lo
fundamental no es la “calidad” sino la vida misma y
la persona humana a la que pertenece como derecho inalienable.
El derecho a la vida no depende de la calidad
de la misma. El ser humano, por más enfermo
o impedido que esté, no es por ello menos humano
o deja de serlo. Sigue teniendo el mismo derecho a
vivir. Y a vivir dignamente como enfermo o impedido; siendo
respetado, cuidado y atendido como tal.
No tiene sentido ni justificación
ser fundamentalistas de algo como la “calidad” que no es
lo fundamental de la vida humana. No podemos permitirnos nunca
truncar voluntariamente una vida humana por ningún motivo y
bajo ningún pretexto. Ni porque se ve acosada por sufrimientos
y dolores atroces; ni porque se ve impedida parcial o
totalmente; ni porque ha dejado de ser productiva y cuesta
demasiado a la sociedad.
El derecho a la vida digna,
independientemente de su calidad, tiene como fundamento inamovible el valor
y la dignidad de la persona humana. Creada por Dios
como fin en sí misma. Y esa dignidad exige que
la vida humana venga respetada, protegida y atendida desde su
despuntar hasta su declinar naturales, previstos por Dios.
Es defendiendo ese
valor fundamental de la persona y de la vida humana
en su totalidad como contribuimos a hacer de la nuestra
una sociedad más humana. Una sociedad donde la vida sea
más digna de vivirse en su integridad y no sólo
atendiendo egoístamente a su “calidad”.
Así que, dejemos de instruir tanto
a nuestros niños en el arte de evitar todo lo
incómodo, de huir de todo sufrimiento, de evadir todo dolor,
de esquivar todo padecimiento como si se tratase de algo
inhumano, de algo no digno del hombre. Amén de facilitarles
todo lo placentero, lo agradable, lo llevadero, lo fácil y
lo cómodo con tal de asegurar y mejorar su calidad
de vida. Más bien enseñémosles a vivir dignamente la vida
en su integridad. Una vida con todo lo que la
vida acarrea. Con sus gozos y sufrimientos, con sus alegrías
y tristezas, con su salud y enfermedad, con sus comodidades
e incomodidades, y con su muerte también. Todo eso es
igualmente humano y se ha de vivir humanamente con la
misma dignidad, como algo que Dios mismo permite para el
bien del mismo hombre.
Vayamos explicando a nuestros pequeñines (y a
los que no lo son ya tanto) lo que es
el dolor, la enfermedad, la muerte. Y el sentido que
tienen esas realidades en la vida de todo hombre. Hagámosles
ver que la enfermedad o la deficiencia o los impedimentos
no nos hacen menos hombres que los demás. Ni nos
cargan una vida indigna de vivirse. Ayudémosles a comprender que
toda persona humana es digna en sí misma y merece
todo el respeto del mundo, se encuentre en la condición
que se encuentre.
Respondámosles entonces que el abuelo ha muerto como
morirán ustedes y morirán ellos. Y ojalá no tengan que
esconderles nunca el hecho de que al abuelo lo mandaron
matar ustedes. Para que “dejase de sufrir”. O porque
ya era “inútil” y acarreaba muchos gastos. O porque creyeron
que “él mismo lo pidió”; cuando lo que en realidad
pedía era un poco más de cariño y de atención. |