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El sacrificio y las pruebas | tema
Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma
¿Dónde está el abuelo?
Cuando haya desaparecido el dolor, habrán desaparecido también los hombres
 
Dos niñitos modernos, se acercaron a su anciana abuelita preguntándole: “Abuela, ¿cómo nacen los bebés?” -“Los traen las cigüeñas” -respondió ella-. Los chiquillos se miraron con picardía mutuamente y uno le dijo al otro: “¿Le decimos la verdad o dejamos que muera en la ignorancia?”. ¡Hay que ver cuánto saben los niños de hoy! ¡Qué bien los tenemos informados! Nos preocupamos de que, desde la más temprana edad, sean instruidos con detalle en la fisiología del amor, del sexo y de los nacimientos. Lo saben casi todo...

Pero curiosamente cuando esas mismas criaturas preguntan hoy dónde está el abuelo, o por qué ya no lo pueden ver, se les contesta que se fue a un largo viaje muy lejos, o que está descansando en un jardín en el que florecen las madreselvas... Cuentos. Igual que el de la cigüeña. Ya no se les habla a los niños con normalidad y naturalidad de la muerte. Mientras que en otro tiempo, también ellos asistían, con los demás seres queridos, al último adiós en la habitación y a la cabecera del moribundo.

Evidentemente, a los niños no los traen ya las cigüeñas. Ya no se lo cree nadie. Faltaría más... Pero eso sí, hoy los muertos desaparecen entre las flores sin que se sepa cómo ni porqué...

Resulta que el tabú del tiempo presente ya no es el sexo, no; sino la muerte. Y junto con ella el dolor, el sufrimiento, la enfermedad. A esos “personajes” ya no se les quiere mencionar ni oír hablar de ellos. Son tema prohibido. Ya no se lleva hablar de eso. Te miran feo, como a un bicho raro, si te atreves a mencionar uno de estos temas en cualquier reunión “de sociedad”.

Y todo porque no se ha llegado a comprender el sentido profundo y verdadero de la muerte, del dolor, de la enfermedad. Todas ellas realidades connaturales al hombre de todos los tiempos. Y no sólo se evita hablar de esas realidades; sino que se las trata de evitar como a la peste. No queremos decir con esto que esté mal el cuidar la salud, el prevenir las enfermedades, el proteger la propia vida. Al contrario. Todo eso es excelente. Pero a veces se llega a extremos desconcertantes en la huida de esas realidades tan de todos los días y de todas las épocas.

En la actualidad el progreso científico en el campo de la medicina parece haber declarado guerra a muerte al dolor, al sufrimiento y a la muerte misma. En menos de un siglo le hemos ganado a la muerte entre 20 y 30 años. Ya no es lo más común -como lo era poco antes- morirse a los 50 o 60. Ahora resistimos fácilmente hasta los 70 u 80. ¡Qué maravilla! La ciencia pude curarnos de casi todo. Ahora bien, ni la ciencia de hoy ni la de dentro de un siglo, ni la de nunca, podrá jamás curarnos de la muerte. Nadie puede sacarle la vuelta a la “señora de la guadaña” por tiempo indefinido.

Los avances en la investigación farmacológica parecen haber inventado ya “pastillas” contra todos los males y padecimientos. ¡Qué bueno! Pero es ilusorio esperar que algún día se eliminará por completo el dolor de la vida del hombre. Una esperanza tal terminará inevitablemente en frustración. Cuando haya desaparecido el dolor, habrán desaparecido también los hombres.

Los nuevos descubrimientos en el campo de la genética nos prometen grandes logros en la adquisición de una mejor y más larga vida. ¡Extraordinario! Pero la genética, por más desarrollada que queramos, nunca dirá adiós a todas las deficiencias, anomalías y patologías del ser humano.

Da la fuerte impresión de que gran parte de nuestros contemporáneos se están sumergiendo en una mentalidad para la que lo único que importa y preocupa es cómo disfrutar, sin dolor ni sufrimiento alguno, durante el mayor tiempo posible de la mejor “calidad de vida”.

Y ese criterio de vida (que roza la obsesión), en algunos parece ser más “sagrado” que un credo religioso. Incluso puede llevar y de hecho lleva a actitudes y comportamientos asombrosos.

Si por ejemplo uno de estos fundamentalistas de la “calidad de vida”, se encuentra ante una vida naciente, que -según él- no es “digna de vivirse”, aprueba y promueve la supresión de dicha vida humana, mediante el aborto. O si se encuentra con una persona enferma en fase terminal y que -según él- su vida no tiene una calidad de vida como para seguir viviéndose, aprueba y defiende la eliminación de esta otra vida humana por la eutanasia.

Pero bueno, y ¿quién le ha dado a ese el derecho de decidir si una determinada vida es digna de vivirse o no? Y ¿qué criterios aduce para determinar qué vida es digna de vivirse y qué otra es digna de suprimirse? Y ¿en qué fundamenta esos criterios de juicio y de comportamiento? Como si el descubrir una malformación o patología determinada, o una posible futura enfermedad en una vida humana incipiente, fuese razón suficiente para eliminarla. O como si el dolor o la irreversibilidad de una enfermedad en cualquier persona fuese motivo lícito para asesinarla. O como si la “inutilidad” social de un ser humano anciano o disminuido fuese causa válida para permitir que se la borre del mapa por considerarla una carga inútil e improductiva para la sociedad. ¿Dónde estamos? ¿Quién ha constituido a esos fundamentalistas de la “calidad de vida” en dueños de la vida humana ajena, cuando ni siquiera de la propia lo somos en ese grado? Siempre ha sido y será verdad que Dios es el único amo y señor de la vida humana. Él es su fuente y origen, y también su fin último.

Lo fundamental no es la “calidad” sino la vida misma y la persona humana a la que pertenece como derecho inalienable. El derecho a la vida no depende de la calidad de la misma. El ser humano, por más enfermo o impedido que esté, no es por ello menos humano o deja de serlo. Sigue teniendo el mismo derecho a vivir. Y a vivir dignamente como enfermo o impedido; siendo respetado, cuidado y atendido como tal.

No tiene sentido ni justificación ser fundamentalistas de algo como la “calidad” que no es lo fundamental de la vida humana. No podemos permitirnos nunca truncar voluntariamente una vida humana por ningún motivo y bajo ningún pretexto. Ni porque se ve acosada por sufrimientos y dolores atroces; ni porque se ve impedida parcial o totalmente; ni porque ha dejado de ser productiva y cuesta demasiado a la sociedad.

El derecho a la vida digna, independientemente de su calidad, tiene como fundamento inamovible el valor y la dignidad de la persona humana. Creada por Dios como fin en sí misma. Y esa dignidad exige que la vida humana venga respetada, protegida y atendida desde su despuntar hasta su declinar naturales, previstos por Dios.

Es defendiendo ese valor fundamental de la persona y de la vida humana en su totalidad como contribuimos a hacer de la nuestra una sociedad más humana. Una sociedad donde la vida sea más digna de vivirse en su integridad y no sólo atendiendo egoístamente a su “calidad”.

Así que, dejemos de instruir tanto a nuestros niños en el arte de evitar todo lo incómodo, de huir de todo sufrimiento, de evadir todo dolor, de esquivar todo padecimiento como si se tratase de algo inhumano, de algo no digno del hombre. Amén de facilitarles todo lo placentero, lo agradable, lo llevadero, lo fácil y lo cómodo con tal de asegurar y mejorar su calidad de vida. Más bien enseñémosles a vivir dignamente la vida en su integridad. Una vida con todo lo que la vida acarrea. Con sus gozos y sufrimientos, con sus alegrías y tristezas, con su salud y enfermedad, con sus comodidades e incomodidades, y con su muerte también. Todo eso es igualmente humano y se ha de vivir humanamente con la misma dignidad, como algo que Dios mismo permite para el bien del mismo hombre.

Vayamos explicando a nuestros pequeñines (y a los que no lo son ya tanto) lo que es el dolor, la enfermedad, la muerte. Y el sentido que tienen esas realidades en la vida de todo hombre. Hagámosles ver que la enfermedad o la deficiencia o los impedimentos no nos hacen menos hombres que los demás. Ni nos cargan una vida indigna de vivirse. Ayudémosles a comprender que toda persona humana es digna en sí misma y merece todo el respeto del mundo, se encuentre en la condición que se encuentre.

Respondámosles entonces que el abuelo ha muerto como morirán ustedes y morirán ellos. Y ojalá no tengan que esconderles nunca el hecho de que al abuelo lo mandaron matar ustedes. Para que “dejase de sufrir”. O porque ya era “inútil” y acarreaba muchos gastos. O porque creyeron que “él mismo lo pidió”; cuando lo que en realidad pedía era un poco más de cariño y de atención.
 
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