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El sacrificio y las pruebas | tema
Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma
Guerras olvidadas
Matar es peor que morir
 
Su padre lo quería salvar. La vida de los dos peligraba. Ya había corrido mucha sangre de militar. De madrugada se levantaron y, amparados por la neblina, subieron el montecillo. La frontera aguarda. Estaban cerca, muy cerca. Un beso sonoro, como el descorchar de una botella, sella el adiós. El padre saca un papel arrugado y se lo entrega al niño. “Lo leerás después. Ahora corre y algún día, cuando acabe la guerra, nos volveremos a ver. ¡Cuídate, hijo!”. El niño cruza la frontera. Va sin rumbo fijo, perdida la mirada, a saltos de corazón. Filas de abetos y pinos le escoltan. Momentos de descanso entre algún tupido matorral. El olor a otro país...

Una avanzadilla ya lo ha divisado. El niño, inocente como todos los niños, prosigue la marcha silbando cancioncillas populares. Le dan el alto. Lo detienen y cachean. Son cinco soldados. Todo el botín: un trozo de pan duro, tres monedas y un papel mal doblado. Y en el papelito sólo un frase: “No mates a nadie, hijo. Tu padre, Joaquín”.

Este hecho sucedía al inicio de una guerra. Lo relata el mismo protagonista que lo vivió, D. José María Gironella. Era un 6 de diciembre de...

Aquel papá sabía bien lo que es la vida y la guerra. ¿Puede un padre en tales circunstancias dar a su hijo un consejo más sabio, más humano, más amoroso? ¿No sería mejor haberle escrito: “No te expongas. Cuida tu vida, que es lo más grande que tienes. No dejes que te maten”?

Aquel papá sabía que matar es peor que morir, porque “muere” antes quien dispara que quien recibe el impacto. Las bombas destrozan antes el corazón y la conciencia de quien las lanza. Son más cadáveres los que matan que los que caen muertos.

Hoy en día no es preciso ir a la guerra, para encontrarnos hechos semejantes. Basta asomarse a las cámaras de televisión para divisar un horizonte bélico. La guerra nos persigue. ¿En cuántas partes de nuestro planeta se derrama la sangre? ¿Cúantos conflictos declarados llenan los espacios informativos? Los muertos se cuentan por centenas, incluso por millares.

Y sobre todo me preocupan esas guerras más silenciosas y menos noticia, pero que no dejan de llevar sus ríos de muerte al mar de la destrucción y de la miseria humana. Y me refiero a las guerras olvidadas, esas que suceden en cualquier rincón de nuestra tierra: Desde Angola hasta los Grandes Lagos, desde Congo Brazzaville hasta Sierra Leona, desde Guinea Bissau hasta la República Democrática del Congo, El Sudán.

Vivimos en guerra. Hay otro tipo de guerra, menos abierta, pero también despiadada. Es la guerra de la violencia y de los atentados.

Desde hace años conservo uno de los últimos pensamientos de Francisco Tomás y Valiente. Escribía con el corazón en la mano, apretando la pluma, meses antes de ser asesinado.

“La muerte siempre asombra, pero cuando es fruto intencionado y frío de la mano del hombre produce estupor e indignación. ¿Cómo es posible matar así? ¿Cómo es posible disparar un tiro a una persona desconocida, a quien ni siquiera es posible odiar, pues nunca se ha oído el timbre de su voz ni sus palabras?”

Estoy convencido: por cada muerto enterrado hay otro muerto asesino caminando por nuestro mundo con las manos sucias y la conciencia herida. Su corazón es una bomba de tiempo activada. Y pienso también en los muertos, en los que se quedan sin familia, sin casa, sin esperanza y si amor.

¡Nunca más la guerra!, de cualquier género que sea. ¡No, nunca más la guerra!, que destruye la vida de los inocentes y es escuela de muerte. La guerra es mala consejera, pues deja tras de sí una secuela de rencores y odios. ¿Alguna guerra ha solucionado los problemas que la han provocado? ¿De qué guerra se ha sacado alguna vez provecho?

El respeto y la dignidad de persona y de la misma vida humana exigen la paz. La paz es la edad adulta de la convivencia. No es sólo la ausencia de guerra. La paz es obra de la justicia y efecto de la caridad.

Todo hombre de buena voluntad, todo ciudadano y gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras, incluso las “guerras justas”, que son más una legítima defensa. Cualquier guerra, “justa” o injusta, es matar. No se puede matar por matar. El exterminio de un pueblo, de una nación o de una minoría étnica debe ser condenado como un atentado gravísimo contra la humanidad.

¿Y la legítima defensa? Muchos filósofos han discutido al respecto. Diversas opiniones defienden este argumento, pero el hilo es fino y hay que aclarar bien. No se puede matar para defenderse, como una probabilidad que se presenta de amenaza. Otra cosa es matar, defendiéndose en el momento. Pero aún en esta última opción, cabe la posibilidad de un bien mayor.

El corazón del hombre no está hecho para el mal. No lo busquemos. Tampoco nos resignemos. Tanto el bien o el mal que pululan por el mundo y que nos saludan todos los días es obra nuestra. Nuestras acciones nos califican: o buenos o malos. No culpemos a Dios, ni a la sociedad ni a los vecinos. Yo soy el primer responsable.

Lo digo a los que quieren la paz de los demás, pero no quieren renunciar a sus armas de guerra. ¡Paz! ¡Sí, gritemos paz! Pero antes liberemos nuestro corazón de todos los propósitos de guerra. ¡Toda arma es un propósito de guerra!

¿Se puede conciliar el sueño con las manos manchadas, con dos manos asesinas, voluntaria o involuntariamente?

Paz. ¡Palabra mágica y fascinante que pronuncia tanta gente sabiendo muy bien que miente! Pero nosotros queremos ser verdaderos combatientes de la paz. Porque para llegar a la paz de todos, hay que empezar por la paz de cada uno mismo: en el trabajo, en la familia, en tu corazón.

Por favor, ¡no mates a nadie!
 
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