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Su padre lo quería salvar. La vida de los dos
peligraba. Ya había corrido mucha sangre de militar. De madrugada
se levantaron y, amparados por la neblina, subieron el montecillo.
La frontera aguarda. Estaban cerca, muy cerca. Un beso sonoro,
como el descorchar de una botella, sella el adiós. El
padre saca un papel arrugado y se lo entrega al
niño. “Lo leerás después. Ahora corre y algún día, cuando
acabe la guerra, nos volveremos a ver. ¡Cuídate, hijo!”. El
niño cruza la frontera. Va sin rumbo fijo, perdida la
mirada, a saltos de corazón. Filas de abetos y pinos
le escoltan. Momentos de descanso entre algún tupido matorral. El
olor a otro país...
Una avanzadilla ya lo ha divisado. El
niño, inocente como todos los niños, prosigue la marcha silbando
cancioncillas populares. Le dan el alto. Lo detienen y cachean.
Son cinco soldados. Todo el botín: un trozo de pan
duro, tres monedas y un papel mal doblado. Y en
el papelito sólo un frase: “No mates a nadie, hijo.
Tu padre, Joaquín”.
Este hecho sucedía al inicio de una guerra.
Lo relata el mismo protagonista que lo vivió, D. José
María Gironella. Era un 6 de diciembre de...
Aquel papá
sabía bien lo que es la vida y la guerra.
¿Puede un padre en tales circunstancias dar a su hijo
un consejo más sabio, más humano, más amoroso? ¿No sería
mejor haberle escrito: “No te expongas. Cuida tu vida, que
es lo más grande que tienes. No dejes que te
maten”?
Aquel papá sabía que matar es peor que morir, porque
“muere” antes quien dispara que quien recibe el impacto. Las
bombas destrozan antes el corazón y la conciencia de quien
las lanza. Son más cadáveres los que matan que los
que caen muertos.
Hoy en día no es preciso ir
a la guerra, para encontrarnos hechos semejantes. Basta asomarse a
las cámaras de televisión para divisar un horizonte bélico. La
guerra nos persigue. ¿En cuántas partes de nuestro planeta se
derrama la sangre? ¿Cúantos conflictos declarados llenan los espacios informativos?
Los muertos se cuentan por centenas, incluso por millares.
Y sobre
todo me preocupan esas guerras más silenciosas y menos noticia,
pero que no dejan de llevar sus ríos de muerte
al mar de la destrucción y de la miseria humana.
Y me refiero a las guerras olvidadas, esas que suceden
en cualquier rincón de nuestra tierra: Desde Angola hasta los
Grandes Lagos, desde Congo Brazzaville hasta Sierra Leona, desde Guinea
Bissau hasta la República Democrática del Congo, El Sudán.
Vivimos en
guerra. Hay otro tipo de guerra, menos abierta, pero también
despiadada. Es la guerra de la violencia y de los
atentados.
Desde hace años conservo uno de los últimos pensamientos de
Francisco Tomás y Valiente. Escribía con el corazón en la
mano, apretando la pluma, meses antes de ser asesinado.
“La muerte
siempre asombra, pero cuando es fruto intencionado y frío de
la mano del hombre produce estupor e indignación. ¿Cómo es
posible matar así? ¿Cómo es posible disparar un tiro a
una persona desconocida, a quien ni siquiera es posible odiar,
pues nunca se ha oído el timbre de su voz
ni sus palabras?”
Estoy convencido: por cada muerto enterrado hay otro
muerto asesino caminando por nuestro mundo con las manos sucias
y la conciencia herida. Su corazón es una bomba de
tiempo activada. Y pienso también en los muertos, en los
que se quedan sin familia, sin casa, sin esperanza y
si amor.
¡Nunca más la guerra!, de cualquier género que sea.
¡No, nunca más la guerra!, que destruye la vida de
los inocentes y es escuela de muerte. La guerra es
mala consejera, pues deja tras de sí una secuela de
rencores y odios. ¿Alguna guerra ha solucionado los problemas que
la han provocado? ¿De qué guerra se ha sacado alguna
vez provecho?
El respeto y la dignidad de persona y de
la misma vida humana exigen la paz. La
paz es la edad adulta de la convivencia. No es
sólo la ausencia de guerra. La paz es obra de
la justicia y efecto de la caridad. Todo hombre de
buena voluntad, todo ciudadano y gobernante están obligados a empeñarse
en evitar las guerras, incluso las “guerras justas”, que son
más una legítima defensa. Cualquier guerra, “justa” o injusta, es
matar. No se puede matar por matar. El exterminio de
un pueblo, de una nación o de una minoría étnica
debe ser condenado como un atentado gravísimo contra la humanidad.
¿Y la legítima defensa? Muchos filósofos han discutido al respecto.
Diversas opiniones defienden este argumento, pero el hilo es fino
y hay que aclarar bien. No se puede matar para
defenderse, como una probabilidad que se presenta de amenaza. Otra
cosa es matar, defendiéndose en el momento. Pero aún en
esta última opción, cabe la posibilidad de un bien mayor.
El corazón del hombre no está hecho para el mal.
No lo busquemos. Tampoco nos resignemos. Tanto el bien o
el mal que pululan por el mundo y que nos
saludan todos los días es obra nuestra. Nuestras acciones nos
califican: o buenos o malos. No culpemos a Dios, ni
a la sociedad ni a los vecinos. Yo soy el
primer responsable. Lo digo a los que quieren la paz
de los demás, pero no quieren renunciar a sus armas
de guerra. ¡Paz! ¡Sí, gritemos paz! Pero antes liberemos nuestro
corazón de todos los propósitos de guerra. ¡Toda arma es
un propósito de guerra!
¿Se puede conciliar el sueño con las
manos manchadas, con dos manos asesinas, voluntaria o involuntariamente?
Paz. ¡Palabra
mágica y fascinante que pronuncia tanta gente sabiendo muy bien
que miente! Pero nosotros queremos ser verdaderos combatientes de la
paz. Porque para llegar a la paz de todos, hay
que empezar por la paz de cada uno mismo: en
el trabajo, en la familia, en tu corazón.
Por favor, ¡no
mates a nadie! |