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¿Te acuerdas de Olivia Newton John, esa actriz que fascinó
a los quinceañeros de los ochenta, cogida de la mano
de John Travolta? Había desaparecido de la vida pública por
algún tiempo pues descubrió que tenía cáncer de pecho. Pasó
horas de auténtico horror, ¿qué sería de ella? ¿qué pasaría
con su fama, con sus éxitos y riquezas? Pero se
ha curado de la enfermedad y está decidida a resucitar
su vida profesional. Lanzará al mercado un nuevo disco.
Si la
ves ahora, parece que no ha pasado nada, ella sigue
tan guapa y simpática como siempre aunque con unos años
más. Pero si le hicieran una radiografía del alma, tal
vez la encontrarían más madura, con la huella de un
guiño, el de la muerte.
De un momento a otro, el
cielo abierto y azulado de su vida se tornó en
coágulo de tinieblas. Todo le parecía oscuro, ¡qué horror!. Nunca
se había cruzado por su camino esa terrible señora, cuyo
rostro no es precisamente el de una actriz de cine,
sino un esquelética calavera con guadaña en la mano.
Te felicito,
Olivia, aunque parezca sarcasmo o mal gusto. Después de este
susto tu vida ha cobrado más sentido. Ahora te das
cuenta de que es fugaz, breve, pasajera. Sé que no
todo quedará ahí sino que te lanzarás a aprovecharla con
avaricia. Este amago te ha enseñado a apreciar tus años,
tus horas y minutos. Como cuando nos dicen que tenemos
muy poco tiempo para preparar un examen importante, ¡cuánto se
estrujan las horas, los minutos y los segundos para sacarles
todo el jugo!
Con frecuencia vivimos como subidos en el tren
de la vida: levantarnos, coche, trabajo, coche, lunes, martes, miércoles...,
y por fortuna, un incidente como tu cáncer nos ayuda
a plantearnos el sentido de la vida, a valorar el
tiempo, a pensar en el más allá.
Dime una cosa, Olivia,
¿no has pensado en Dios, en la eternidad, en tu
destino último? ¿No se te quedan ahora pequeños los aplausos,
las apariencias humanas, el dinero y la fama? ¿No las
aprecias con más profundidad y equilibrio?
Olivia, no dejes que el
polvo del tiempo y del olvido sepulten la huella de
ese guiño. Enséñanos a prepararnos para el guiño definitivo. Que
no tengamos que llorar los momentos más pequeños de la
vida perdidos o desaprovechados, sino que nos encontremos con las
manos llenas y el corazón henchido de felicidad.
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