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Quiero desahogarme contigo. Acabo de perder a un ser entrañablemente querido y me duele mi arcilla de hombre
Por ti, el cielo añoro
Permíteme, amigo lector, una licencia. Llámalos, si quieres, unos devaneos
líricos. Acabo de perder a un ser entrañablemente querido. Quiero
desahogarme contigo. Yo sé que tú me comprenderás. Todos los
hombres vestimos el mismo barro y, en esta ocasión, me
duele mi arcilla de hombre.
Te puedo asegurar que lo he
sentido muy hondamente; que algo de mí se ha quebrado.
Al mismo tiempo he experimentado una gran paz interior. Así
me hallo, entre ese desgarrón que engendra la pérdida de
un amor y la certeza de su felicidad. Entre la
vida y la muerte. Entre el cielo y la tierra.
Un
cáncer acabó de consumirla. La resaca de la enfermedad absorbió
sus últimas oleadas de vida. Nos ha dejado. Y cada
pésame me escuece como un cruel latigazo rebozado de sal,
porque yo sí creo en la felicidad eterna, en el
cielo.
Al son de los picos y palas, a un
lado de la tierra suelta que ha cubierto los últimos
manojos de rosas y dalias, he dejado caer esos retazos
de mi corazón.
¡Bendita sea la azada, esa mano amorosa, esa luz en
la tiniebla, que se extiende en mi mañana!
Vestiste tus días, con sonrisa
de arco iris. Ahora el Labriego amable te quiere para su viña.
De
la tierra nace el río, y del río esa cascada, ese meandro que
es la vida.
¡Pétalo de rosa! Tu savia el sol amigo, temeroso de
perderte, bebió ardorosamente.
No puedo dejarte en el olvido porque te siento mía, como
el latido de ese río que me lleva y me aleja...
Presiento
tu nuevo destino: otro lago, otro mar, otro jardín florido surcando nuestro valle
de olvido.
Bendigo tus días. Aquellos tiernos instantes de juegos y alegrías, de entrega
y abandono.
A nadie aquí en la tierra quise de este modo. ¡Gracias,
amada mía, por ti, el CIELO añoro!
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