|
Un día se le ocurrió a un profesor decirnos en
plena clase: "levante la mano el que no quiera ser
feliz". Nadie la levantó. Todos queríamos ser felices. Esa sentencia
que afirma: "todo hombre busca ser feliz" nos ha sonado
siempre a verdad indiscutible. Todos experimentamos una clara tendencia natural a
la felicidad. El hecho de que nos atraiga y apetezca
aquello que nos va a aportar algo de felicidad, es
lo más normal del mundo. Nos sale espontáneo. Cuando tú decides
comerte un plátano, o salir a dar una vuelta con
los amigos, o jugar un partido de baloncesto, o irte
a dormir, lo haces porque en cualquiera de esas actividades
ves un bien para ti. Es decir, confías en que
la realización de lo que vas a hacer te brindará
al menos algo de felicidad. No nos entra en la cabeza
que alguien pueda realizar libremente algo sabiendo que le acarrea
única y exclusivamente un mal, del que no podrá extraer
más que unas cuantas gotas amargas de insatisfacción y tristeza.
Profundicemos
un poco
Creo que nos conviene profundizar un poco en esto.
Trata de seguirme. Verás que no es tan difícil (y
menos para alguien inteligente como tú...). La voluntad (esa capacidad que
tiene toda persona normal para elegir, desear, amar) ha sido
ideada para dirigirse hacia el bien. Igual que los ojos
para ver o los oídos para oír. Por eso, cuando
tú y yo elegimos, queremos o deseamos cualquier objeto, lo
haremos siempre porque hemos descubierto en él un bien. Por más
que acerquemos un pedazo de plomo a un imán potentísimo,
no se dará ninguna fuerza de atracción entre ambos. Algo
semejante sucede con nuestra poderosa voluntad. No se moverá ni
un milímetro hacia ningún objeto, por más que lo aproximemos
a ella, ni lo deseará, ni lo amará, si no
ve en él un bien para sí misma. Porque el
bien constituye el objeto propio de nuestra voluntad. Está hecha
para el bien. Bueno, pues de entre todos los bienes a
nuestro alcance la felicidad se lleva el primer puesto. Para
cualquier persona gozar de la felicidad representa el deseo más
intenso y profundo de su vida. La felicidad constituye nuestro
máximo bien. De aquí que tendamos siempre y con una
fuerza especial, irresistible, hacia ella.
A veces no resulta tan claro
Pero me dirás quizá -y con mucha razón- que esto
no se percibe tan claramente en algunos casos. Está por
ejemplo el caso típico de los que se suicidan. ¿Acaso
ellos buscan un bien y la felicidad en lo que
hacen? Antes de responder, consiénteme una confidencia. Desde que yo era
un chaval, el tema del suicidio me ha hecho pensar
mucho. Recuerdo muy bien que cuando estrenaba mis 14 años, una
edad verdaderamente preciosa -aunque bastante difícil de entender y también
de vivir- recibí una carta que recogía una triste noticia.
Un chico, conocido y amigo mío, con el que había
pasado parte de ese mismo verano, había muerto "extrañamente". Según
refería la carta, se marchó de casa. Todo por algún
problema de entendimiento con sus padres. A los tres días,
lo encontró un pastor en el monte, pero ya estaba
muerto. Tenía 15 años. Y desde ese día hasta ahora, no
han parado de llegar a mis oídos, semana tras semana,
relatos de jóvenes y adolescentes que deciden en un momento
dado de su vida, poner fin a la misma. Cuesta creerlo,
pero, ahí están los hechos. Un crío de 12 años
se quita la vida porque no le iba bien en
el colegio. Un joven de 17 años se tira de
un séptimo piso después de discutir con su padre sobre
una vanalidad. Otra de 16 lo hace desde un décimo
porque su madre le ha prohibido salir con el chico
que ella quiere. Una joven de 21 años, por no
encontrar ya motivos para vivir, se ahorca en el interior
de un baño público en plena capital. Otro de 18,
ante la derrota de su equipo favorito, se arroja al
vacío desde la parte superior de un estadio de fútbol.
Un comerciante se pega un tiro en la cabeza al
salirle mal uno de sus negocios. Una psicóloga se envenena
en su propia habitación después de un fracaso amoroso. Este panorama
desconcierta a cualquiera. ¿Qué ha ocurrido con todas estas personas
(y con muchas más que no terminaría nunca de enumerar
aquí)? ¿Acaso todas ellas ya no ansiaban la felicidad? ¿Es
que ya no se sentían atraídas hacia ningún bien, y
por eso se han suicidado? ¿Puede, por tanto, alguien llegar
un día a buscar un mal en lo que hace? Si
te respondo afirmativamente, caería por tierra la certeza de que
todos buscamos siempre ser felices. Ya tendríamos al menos un
caso, el de los suicidas, en el que parece que
alguien no lo busca. Y si te contesto negativamente, ¿no
estaría con ello aprobando el suicidio como un camino viable
hacia la felicidad?
¿Qué responder?
Todos esos interrogantes surgen legítimamente en nuestra
mente y no podemos -ni deberíamos- acallarlos. Pero tampoco hemos
de dejar que la humareda que han levantado en nuestro
interior nuble la claridad de la nuestra evidencia anterior. He
podido conocer de cerca algunos casos de personas que, por
desgracia, han acabado voluntariamente con su vida, y de otras
que lo han intentado alguna vez, pero sin éxito (¡menos
mal!). Y puedo decirte que todas han obrado así en
un momento especialmente difícil de su vida. Todas lo han
hecho en un instante de inmensa vaciedad y hastío, de
profundo desconsuelo y desesperación personal. No lo han hecho por
haber desistido ya de buscar y querer el bien y
la felicidad. Han obrado así precisamente buscando en esa opción
-ciertamente equivocada- el bien y la felicidad que no habían
sabido encontrar en otros sitios. Todas ellas, en el fondo, han
llegado a creer que lo único que podía poner fin
a sus sufrimientos y malestar, lo único que podía, en
definitiva, hacerles felices, era dejar de vivir. Por eso han
elegido quitarse la vida, para dejar -según ellos- de ser
infelices. Así que, los que voluntariamente se quitan la vida o
tratan de hacerlo, también buscan en lo que hacen el
bien de su felicidad. Pero lo hacen -repito claramente- equivocándose. El
que se quita la vida elige el suicidio como un
bien aparente. Y precisamente por eso su voluntad decide equivocadamente;
porque se trata de un bien sólo aparente, que en
realidad es un mal. La felicidad buscada por el suicida
se queda en pura ilusión. Consigue tan sólo cortar de
un tajo toda opción al bien y a la felicidad
misma. Es como si para quitarme un dolor de cabeza,
decidiese cortármela. Lo único que logra el suicida es congelar
para siempre el estado de angustia y desesperación que le
llevó a quitarse la vida.
Bueno, lo dicho basta para reafirmar
que todos buscamos siempre la felicidad. Unos lo hacen de
una forma y otros de otra, unos con acierto y
otros con desatino. Pero todos la buscan. Incluso los que
dicen pasar de todo, no pueden pasar de la felicidad.
No pueden pasar de ser personas humanas. En su mismo
pasotismo están buscando ser pasotas felices.
RESUMIENDO
Todos buscamos ser felices porque
todos llevamos dentro una tendencia irresistible a la felicidad.
|