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Autor: Olegario González de Cardedal | Fuente: ECCLESIA Digital El nuevo Papa ante los jóvenes
¿Cómo va a ser la relación del nuevo Papa con los jóvenes? ¿A qué va invitar Benedicto XVI a los jóvenes?
El nuevo Papa ante los jóvenes
Olegario González de Cardedal, Premio Bravo de Prensa 2005, es
amigo personal de Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI. Teólogo, filósofo
y escritor de acreditado prestigio, nació en Lastra de Cano
(Ávila) en 1934, y es sacerdote de la diócesis de
Ávila. Estudió en Munich, Oxford y Washington. Actualmente es Catedrático
de la Universidad Pontificia de Salamanca, Académico de Número de
la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, y autor
de numerosos artículos y publicaciones. Entre 1969 y 1979 fue
compañero del entonces teólogo, y después arzobispo y cardenal, Joseph
Ratzinger en la Comisión Teológica Internacional, con quien le une
una fuerte amistad. Por este motivo, “Supergesto” ha querido preguntarle:
¿Cómo va a ser la relación del nuevo Papa con
los jóvenes? Su respuesta ha sido clara. “Conociendo su trayectoria,
sospecho que les va a formular una invitación a la
verdad, a la libertad, al seguimiento de Cristo, al servicio
del prójimo y a la esperanza”.
Benedicto XVI se ha presentado
ante la Iglesia y la humanidad con unas palabras evangélicas:
“Yo soy un pobre y humilde trabajador en la viña
del Señor”. No tiene pretensiones personales sino la sencilla voluntad
de cumplir la misión para la cual ha sido elegido.
Por ello ha afirmado con explicitud: “Yo no tengo ningún
programa personal”. El Papa es un servidor de Cristo, incorporado
a la tarea de anunciar el evangelio, suscitando comunidad de
fe en torno a la eucaristía y comunidad de esperanza
en el mundo.
Pero a la vez ha anunciado algunas de
sus primicias: el trabajo por la unidad de los cristianos,
la atención a la juventud, la nueva proposición de la
fe a la vieja Europa, el diálogo con las grandes
religiones del mundo. ¿Qué relación ha tenido Benedicto XVI hasta
ahora con la juventud? Su vida en Alemania estuvo dedicada
a la juventud universitaria, ya que después de una breve
estancia en una parroquia de Munich la mayor parte de
sus años los pasó en la Universidad, sintiéndose afectado de
manera decisiva durante los años 1966-1970, por los movimientos universitarios,
que desde California a París y Tübingen, se convirtieron en
protagonistas de una revolución soñada, más allá del capitalismo reinante
en Occidente y de la dictadura que subyugaba a los
países bajo la dominación comunista.
En su primer cargo pastoral se
ocupó principalmente de los jóvenes y niños. “Todo el trabajo
con los jóvenes recaía sobre mis hombros… El trabajo con
los niños en la escuela, que también implicaba naturalmente la
relación con sus padres, se convirtió en motivo de gran
alegría y también con los diversos grupos de jóvenes
católicos creció rápidamente un buen entendimiento”, escribe en su autobiografía
(Mi vida, Madrid 1977, pp. 76-77).
Una personalidad decisiva en la
vida de Benedicto XVI fue el guía espiritual de la
juventud católica de Alemania, Romano Guardini, que en los años
previos a la segunda guerra mundial e inmediatamente después de
ella se convirtió en el gran pedagogo de una generación
tentada por la desesperanza en un sentido y por el
poder violento en otro. Eran los años de las democracias
amenazadas por el olvido de la verdad, y de los
fascismos decididos a hacer de una idea, un mito, una
raza o una utopía, el criterio de la existencia, convirtiéndolo
en ídolo, que sustituía al Dios vivo y verdadero.
Si Juan
Pablo II era un hombre de masas, con su vocación
de actor recuperada desde el evangelio y con una inmensa
capacidad para encender los corazones y arrastrar adhesiones, Benedicto XVI
prolongará su intención en formas nuevas. Menos emocional y más
analítico; menos personal y más objetivo, menos preocupado por sí
mismo como mensajero y más preocupado por el mensaje que
quiere transmitir, para que los oyentes no se queden prendidos
de sus gestos sino que queden referidos al evangelio y
atenidos a la persona de Cristo, al mensaje evangélico y
a la tarea espiritual que tenemos por delante.
¿A qué va
invitar Benedicto XVI a los jóvenes? Yo no sé, pero
conociendo su trayectoria y su valoración de la cultura actual,
sospecho que sus acentos irán en la siguiente dirección. Invitará:
A
la verdad. Los hombres venimos de más allá de nosotros
mismos. Estamos precedidos y excedidos por le Infinito de amor
y gracia que nos funda, en el que como fuente
viva, nos abrevamos. De este hontanar tiene que saciarse nuestra
sed de infinito, porque nuestro corazón es de una anchura
que nosotros por nosotros solos no podemos llenar. La verdad
ensancha y purifica, hace libres y engendra esperanza. Esa verdad
para el creyente tiene un nombre: Dios. Y Dios tiene
un rostro vivo: Jesucristo.
A la libertad. Ella es nuestra suprema
necesidad a la vez que nuestra suprema dificultad. Anhelamos libertad;
todos nos ofrecen libertad desde fuera, pero por nosotros solos
no somos capaces de alcanzarla, ni podemos acceder a tantas
propuestas exteriores que con productos, señuelos y ofertas pretenden comprar
nuestra libertad a precio de escorias. Sólo donde un amor
precede y en realismo acompaña, crece la verdadera libertad. Y
sólo donde el Dios vivo se hace compañero y amigo
del hombre, éste identifica los ídolos, es capaz de esquivarlos
y dominarlos; es capaz de ser libre.
Al seguimiento de Cristo.
La homilía que pronunció en los funerales de Juan Pablo
II era una repetición de las palabras de Cristo dirigidas
a Pedro: “Tú, sígueme”. Benedicto XVI va a ofrecer la
figura de Jesús como exponente de luz y gracia, belleza
y dignidad ante los jóvenes. En él refulge un fulgor
de vida suprahumana; ésa que los mortales necesitamos. E invitando
a seguirle les va a repetir uno de los textos
más dramáticos del evangelio: “Quien pierde su vida por mí,
la gana; mientas que quien retiene su vida, la pierde”.
Cristo nos pide la vida, no para retenerla raptándonosla sino
para arrancarnos a nuestros abismos y tentaciones, ayudándonos a ponerla
en la luz y gloria de Dios.
Al servicio del prójimo.
La cultura moderna desde el siglo XVIII ha llevado a
cabo las grandes conquistas en el orden de la justicia
y de la emancipación de la persona respecto de los
poderes subyugadores; cada sujeto ha visto afirmada su dignidad como
fin y no como medio, aun cuando todavía millones de
hombres y mujeres son esclavos bajo poderes degradadores. Esa libertad
es una conquista irrenunciable, pero ella no puede ser el
pretexto para el egoísmo, la insolidaridad y el olvido del
otro; a la vez que debe ser extendida a todos.
No hay individuo sin prójimo y no hay autonomía moralmente
legítima sin responsabilidad social y comunitaria. El hombre se define
como prójimo, responsable hasta encargarse y cargar con su hermano.
Esa es su verdadera autonomía como persona. Esta es la
real justicia interhumana, inseparable de la justificación divina. Cristo fue
un servidor, como prójimo para cada hombre “por quien murió”.
A
la esperanza absoluta. Lo real no se identifica con lo
visible ni el tiempo que tenemos a nuestra mano con
la posibilidad de vida del hombre. Somos superiores a lo
que nuestras fuerzas alcanzan. La promesa de Dios llega más
allá de nuestros deseos. Por eso no nos dejamos encerrar
en lo que este mundo engendra, ofrece o promete. Los
futuros que nosotros podemos construir son a la medida de
nuestra finitud y mortalidad. Pero estamos hechos a imagen de
Dios para llega a ser semejantes a él. Y Él
es nuestro Futuro Absoluto. En la vida definitiva y glorificada
que él otorgó a Jesucristo, tenemos un signo y anticipo
de esa plenitud anhelada.
La actitud del Papa ante los jóvenes
dependerá también de la actitud de los jóvenes ante el
Papa. Lo mismo que en una familia, también en la
Iglesia la colaboración va de arriba abajo y desde abajo
hacia arriba. Hay que esperar de él y colaborar con
él al servicio del evangelio. Esto se lleva a cabo
desde unas bienaventuranzas realizadas, en la comunión eclesial y mediante
la misión a los hombres. Esta abarca la presencia, el
diálogo, la oferta, la solidaridad y la promesa, desde todo
lo que el evangelio implica.
Desde Platón al libro de la
Sabiduría se ha repetido que la juventud es el tiempo
de la verdad: “Busca la verdad mientras eres joven, pues
de lo contrario se escapará de entre las manos, y
cuando después la busques ya no la encontrarás”. Sólo tenemos
una vida; cada tiempo tiene su gloria y su gracia.
La juventud es el instante donde todo lo bello, grande
y bueno debe aparecer ante los ojos como posible y
destinado. El Papa recordará que el glorioso se hombre; que
ningún señuelo debe empañar nuestra ilusión, minorar nuestra grandeza, y
sobre todo ninguna mentira, encubierta o descubierta, puede engañarnos ocultando
o negando nuestra definitiva vocación divina. Madurez de experiencia y
juventud de esperanza son los dos ejes sobe los que
debe avanzar el carro de la Iglesia, en el que
todos vamos y del que todos tiramos, el Papa y
nosotros. (Revista Super-Gesto)
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