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La Iglesia y la religión | tema
Autor: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net
Mi encuentro con Alá
¿Cómo explicarle a un hijo de Alá la vocación al sacerdocio católico?
 
Mi encuentro con Alá
Mi encuentro con Alá

Tenía que llegar a la cita. Después de haber leído la vida de Francesco Fa di Bruno no quería perderme la visita al campanario que había construido en Via San Donato y el cual había sido catalogado por los ingenieros más notables de su época como un verdadero logro del saber científico del ochocientos. Me esperaban a las cinco de la tarde y no podía llegar tarde pues abrirían el campanario exclusivamente para nosotros.

En compañía de mi amigo sacerdote recorría las calles de Turín que en aquel día, para nuestra mala suerte, estaban cubiertas por la ordinaria niebla que acompaña esta región de Italia. Por tanto, no pude ver el campanario a distancia, como lo hubiera deseado. Sin embargo, para compensar este pequeño desasosiego encontré rápido un lugar para estacionar el coche, justo enfrente de la Iglesia de Nuestra Señora del Sufragio, iglesia que alberga el campanario.

Estaba finalizando las maniobras del aparcamiento cuando alguien o algo me puso nervioso. Era un bulto que se acercaba peligrosamente al coche y parecía hacer señas. Fijándome con atención para no provocar ningún accidente, me di cuenta que era un adolescente que pretendía ayudarme a estacionar el coche. Un escalofrío se introdujo en mi cuerpo cuando constaté que era un joven moro, musulmán. Tanto se ha dicho de los musulmanes en Europa después de los atentados, que no dudé un segundo y llegué a pensar que sería un miembro del grupo de Al-Queda a punto de hacerla de kamikaze o algún emisario de Bin Laden que debía entregarnos una carta llena de ántrax. Mi sorpresa fue mayor cuando comprobé que mi amigo sacerdote estaba entablando con él un diálogo un poco curioso. Nuestro joven moro le había preguntado en un perfecto italiano por qué se había hecho sacerdote católico. ¿Cómo explicarle a un hijo de Alá la vocación al sacerdocio católico?

Miré el reloj de reojo y sabiendo que aún teníamos diez minutos disponibles antes de la cita, me dispuse a intervenir en la conversación. Era difícil hacerle entender lo que es un llamado y una respuesta vocacional. Un poco cansado y queriendo zanjar la cuestión le dije a Abdulá, nombre de nuestro interlocutor, que nuestro Dios había querido escoger a unos hombres a su servicio. Sus grandes ojos negros como las noches del desierto de Sahara se abrieron aún más y me miraron. Me dijo que no había un Dios para los cristianos y un Dios para los musulmanes. Aún más, me dijo que no había un Dios en un barrio y otro Dios para otro barrio. Me dijo, en pocas palabras, que en el mundo había un sólo Dios, para musulmanes, cristianos o lo que fueran. Me dejó fuera de combate. Había perdido la batalla y Abdulá había ganado. Me había dado una lección de Teología, una lección de vida.

Pero eso no fue todo. Envalentonado por esta victoria se lanzó con todo y nos preguntó si nosotros comíamos carne de cerdo. Él, orgulloso y ufano, como un descendiente de los príncipes del desierto nos dijo que en toda su vida no había comido carne de cerdo. Y lo decía verdaderamente convencido. Pensé entonces en las distancias culturales y religiosas que nos separan, en la amenaza que el mundo islámico puede perpetrar sobre nuestra cultura occidental, en el fanatismo de estos musulmanes que son capaces de todo por vivir su religión. Y fue este último pensamiento el que me hizo reflexionar y preguntar a Abdulá el porqué de su decisión de no comer carne. ¿Por qué lo hacía? Y él, como única respuesta me dijo “-Lo vuole Ala, lo vuole...” Porque lo quiere Ala, porque lo quiere...

Me despedí de Abdulá dándole un euro y quedándome con un solo pensamiento que retumbaba en mi cabeza. “Porque Dios lo quiere, porque Dios lo quiere”. ¿Cuántos somos los católicos que vivimos con la coherencia de vida con la que vive Abdulá? Sólo, en un país que no es el suyo, con unas costumbres que no son las suyas, sin nadie en el mundo que lo ayude a salir adelante y él permanece fiel a sus creencias, sólo porque Dios lo quiere, lo vuole Ala, lo vuole.

Y yo, en un país que se dice católico, con una cultura que favorece la práctica religiosa, con sacerdotes y medios a mi alcance, ¿cumplo con lo que Dios quiere? Abdulá era capaz de no comer carne de cerdo porque Alá así lo quería. Y yo, ¿soy capaz de vivir los diez mandamientos sólo porque Dios así lo quiere? ¿Soy capaz de entusiasmarme con la persona de Cristo y de fiarme completamente de él como Abdulá se fía de Alá?

Aquella tarde visité el campanario que se alza sobre Via San Donato en el Borgo del mismo nombre de la ciudad de Turín. Recorrí uno a uno los peldaños de aquella majestuosa obra arquitectónica y al contemplar lo poco que podía ver de la ciudad a causa de la niebla no tenía más ojos que para buscar a mi amigo Abdulá y oírle decir lo vuole Ala, lo vuole...




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