La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Marcelino de Andrés y Juan Pablo Ledesma | Fuente: Catholic.net Estoy orgulloso de ti
Los padres no pueden disimular la felicidad y satisfacción que les embarga el alma
Estoy orgulloso de ti
Pocas veces he sentido tanta alegría en lo humano como
el día que mi padre me dijo: estoy orgulloso de
ti. Alegría, sobre todo, por lo feliz que lo vi
a él. Porque un padre, al decir a su hijo
tales palabras con sinceridad, no puede disimular la felicidad y
satisfacción que le embarga el alma. Además, confieso que escucharlas
de quien siempre he considerado un verdadero padre, hasta me
hicieron sentirme más orgulloso de mí mismo.
Creo que todo buen
hijo o hija quisiera escuchar eso algún día de sus
padres. Y todo buen padre o madre desearía, a su
vez, poder decírselo a sus hijos. Pero hemos de reconocer
que, tristemente, no todos los hijos merecen que se les
diga algo así.
No hace mucho publicaron en el periódico ABC
una carta escrita por la madre de un miembro de
la organización terrorista ETA, que está en la cárcel por
criminal. Recuerdo que cuando me dispuse a leerla, me invadió
una extraña sensación que terminó en escalofrío. Realmente impone bastante
asomarse al alma de la madre de un hijo que
ha terminado así.
Esta buena mujer, en un momento de la
carta, afirmaba: La primera noche que faltó pensé que era
cosa de mujeres o de su cuadrilla de amigos. Luego
comprendí que era de ETA y pasé más de un
año sin tener noticias. Cuando las tuve, ya no había
remedio, sobre todo para el que acababan de enterrar. Asco
me daba pensar que mi hijo había hecho algo así.
Y mucha tristeza. Después he sentido indignación.
¡Cuánto dolor y pena
mezclados con su sangre deben pasar por el corazón de
una madre al tener que reconocer que siente asco, tristeza
e indignación por el comportamiento de su propio hijo!
A la
luz de esta tragedia, considero oportuno recordar aquí a los
padres de familia que ningún hijo nace mereciendo los barrotes
de una cárcel. Los hijos no nacen delincuentes, se hacen
tales poco a poco. Los hijos no nacen perdidos; se
desvían día a día y paso a paso hacia su
ruina. Y los que en gran medida pueden y deben
evitarlo son primordialmente ustedes, su padre y su madre.
Es verdad,
hay otros factores que minan la formación y valores que
muchos padres de familia responsables se esfuerzan por infundir en
sus hijos. Es imposible hacer vivir a nuestros niños y
jóvenes encerrarlos en una burbuja protectora. Son de este mundo
y en él han de vivir. Además son libres. Y
son ellos los que, a fin de cuentas, deciden qué
hacer con su vida. Pero por eso, precisamente, necesitan una
base sólida de principios y valores que les permita decidir
ser y obrar como hombres y mujeres de bien a
pesar de todo.
De ahí la importancia de velar por la
educación en el bien de cada uno de ellos. De
ahí la necesidad de preveer y vigilar los ambientes y
amistades que frecuentan. De ahí la obligación ineludible de sembrar
en esas almas, aún tiernas y bien dispuestas, gérmenes de
virtud y de valores humanos y cristianos.
Sólo así -Dios lo
quiera- cosecharán en el porvenir la satisfacción de verlos realizados
como hombres y mujeres; y podrán un día decirles, con
el alma colma de dicha, que están orgullos de ellos.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR