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Es justo agasajar a nuestras madres en un día dedicado exclusivamente a ellas
Ha iniciado el mes de mayo y mientras las
flores colorean nuestros jardines uno cae en la cuenta de
lo hermoso que es tener una madre. Hay algo que
salta de inmediato en el corazón del hombre cuando se
evoca su dulce recuerdo.
El 18 de marzo de este año
2003 corría la noticia de que Irina Slutskaya, campeona rusa
de Patinaje, detentora del primer lugar en los Mundiales de
Nagano en Japón el año pasado y medalla de plata
en las Olimpíadas de Salt Lake City, no defendería su
título en los Mundiales de este año en Washington porque
su mamá estaba enferma. Para Irina la mamá viene
primero. Algunos compatriotas se lamentaron porque la campeona tenía todas
las posibilidades de conquistar un nuevo triunfo para enriquecer su
corona de mejor patinadora del mundo. Pero ella prefirió elevar
más alto el trofeo su amor de buena hija ganándose
el respeto y la admiración. En el estadio de su
amor filial, Irina dio a todos una lección olímpica de
veneración hacia la propia madre y su testimonio vale más
que una medalla de oro.
El día de la madre es
hermoso porque así es el amor de la mujer que
nos dio a luz. Sólo Dios sabe cuántos ramos de
flores, cantos, poesías, regalos y sobre todo cuántos besos y
abrazos reciben en este día las madres de familia. ¡Bien
merecidos los tienen!, porque quien es madre sabe que los
hijos se crían con amor y dolor sin medida.
Hace tiempo
leí que la madre “es lo más propio que nos
dio la tierra”. Estoy de acuerdo, pero completaría el elogio
añadiendo “y su amor es el espejo más nítido del
rostro divino”. El amor de una madre es como un
árbol formidable que hunde sus raíces hasta lo más profundo
de nuestra humanidad terrena y cuyas ramas nos elevan con
suavidad hasta acariciar el cielo.
Es justo agasajar a nuestras
madres en un día dedicado exclusivamente a ellas. Las felicitaciones
que les ofrecemos conllevan la gratitud por su maternidad vivida
con heroísmo todos los días del año. Recuerdo que una
madre de familia me comentaba que el día en que
lavaba más platos era el día de la madre, pero
me lo decía con una felicidad inmensa. Las mamás no
tienen día libre, ni siquiera “en su día de la
madre”. Son heroicas nuestras mamás.
Es verdad que los piropos brotan
espontáneos del corazón, pero no viene nada mal acoger la
expresión cariñosa de Irina: la mamá viene primero. ¡Qué hermoso
piropo! Imagino el conforto para su mamá enferma. Ella es
madre de una buena hija, que además, y sólo después,
es campeona mundial y olímpica. El amor tiene sus prioridades
y estar a la cabecera de la madre enferma importa
más que subir el podio del triunfo atlético. Quien ha
comprendido esto, es un buen hijo.
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