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Autor: Álvaro Correa | Fuente: Catholic.net Mi mamá está sobre un árbol
Mamá fuera de servicio: nada de cocina, limpieza, tareas, monedas o traslados en coche
Mi mamá está sobre un árbol
En días pasados leí un hecho, publicado en la revista
“Familia cristiana” (Ed. Italiana, nº 44, 5 de noviembre de
1997, p. 54), que no me resisto a comentar. Sucedió
en el pueblecito de Belleville (USA).
Resulta que una madre
de familia “se declaró en huelga” y como protesta se
atrincheró entre las ramas de un árbol. En su manifiesto,
que pendía del árbol como una fruta exótica, los transeúntes
podían leer:“Mamá fuera de servicio: nada de cocina, limpieza, tareas,
monedas o traslados en coche”. Esta infortunada madre de familia
confesó estar hasta la coronilla de ser la “esclava” en
la familia.
Al parecer su esposo e hijos le insistían para
que abandonase esa actitud y bajase del árbol, pero ella
se no estaba dispuesta a ceder hasta conseguir una correspondencia
efectiva. Como en los cuentos de hadas, la madre en
huelga obtuvo su “final feliz”: El esposo le echó
una mano en el servicio de la casa y los
hijos se empeñaron con más esmero en colaborar con ella,
evitar caprichos y comportarse como angelitos. Hasta aquí la anécdota.
En
primer lugar habría que comprender la resolución de esta buena
señora, pues mientras otras tantas, atravesando una situación similar, optan
por no encarar los problemas y les dan la vuelta
olímpicamente llegando incluso a abandonar marido e hijos, esta “madre
en huelga”, por el contrario, reacciona de una manera peculiar,
tal vez basta ocurrente. Queda claro que el artículo que
leí no describe con detalle la gravedad de los hechos
familiares que motivaron a la señora para declararse en huelga,
ni tampoco si ella había intentado arreglar sus problemas con
otros métodos: suponemos que sí, pero sin resultado. En este
sentido, la señora ha procedido con el sincero deseo de
mejorar su propia familia haciendo valorar y respetar su valioso
papel de madre. Es laudable.
Sin embargo, uno se queda pensado:
¿qué más puede hacer una madre de familia cuando siente
que va convirtiéndose poco a poco en la “esclava del
hogar”? ¿Seguir en ese estado sin quejarse o, por el
contrario, declararse en huelga y subir a un árbol?... El
papel de una madre de familia entraña siempre una mezcla
de amor y de sacrificio. Sólo Dios sabe cuánto debemos
a nuestras madres: sus caricias y sus lágrimas, sus consejos
y advertencias, sus silencios y sus risas. Ella nos ha
acompañado en cada paso de nuestra vida. Y no cabe
duda que el amor de una madre llega en ocasiones
al heroísmo.
La crisis actual de las familias ha sido
en gran parte consecuencia de la crisis de la madre
de familia. Por desgracia, muchas jóvenes no han recibido una
buena educación y llegan mal preparadas para verse de un
día a otro al frente de una familia. A veces
uno se encuentra con hijos educados muellemente, niños a quienes
se les concede todo capricho y comodidad. A veces uno
conoce madres que están más preocupadas por sus vanidades materiales,
por la tertulia con las amigas, por coqueteos peligrosos, que
por sus propios hijos y marido. Pero esto no es
lo más normal, gracias a Dios.
La “mamá modelo” es la
que sostiene la mayoría de nuestros hogares. Es esa buena
señora que por desgracia no aparece en las primeras páginas
de los diarios porque no causa escándalo. Es esa mujer
que vigila con amor el sueño de sus hijos y
la fidelidad a su esposo desde el primer día. Esa
mujer firme en la adversidad, sensible ante la dificultad ajena,
atenta para aprovechar las diversas circunstancias de su vida, desprendida
de sí, valiente y bondadosa. Esa mujer que sabe educar
y formar a sus hijos primero en el amor a
Dios y después en la entrega generosa a los demás:
que enseña a sus hijos a dar limosna al pobre,
a compartir sus bienes con los compañeros -especialmente con los
menos favorecidos-, que los motiva para expresarse siempre bien de
todos, para perdonar toda ofensa y alejar de sus corazones
todo rencor, malquerencia o envidia. Esa mujer, rica de intuición
maternal, que forma a sus hijos en el orden, en
la responsabilidad, en la fidelidad a su conciencia y en
la adquisición de una voluntad recia. Esa mujer que comprende
el valor de compartir con su esposo e hijos los
mil pequeños gozos y sufrimientos de cada día en el
seno del hogar. Esa mujer que guía con su ejemplo:
sus hijos aprenden de su boca palabras de bondad y
de respeto; aprenden de su comportamiento, la lealtad y el
esfuerzo; aprenden de su entrega, la fe en Dios y
el amor al prójimo.
Una mujer así, en mayor o
menor medida, todos la vemos encarnada en nuestra propia madre.
Hay que rezar al cielo para que florezca siempre el
amor maternal, hecho de fortaleza y de ternura. Y.... si
alguna vez necesita subir a un árbol y “declararse en
huelga”, no será sino un nuevo reclamo de ese amor
maternal que espera colaboración para ser más intenso y fecundo.
La ocurrente señora de Belleville gozó su final feliz porque
hizo probar por un momento a su esposo e hijos
el hueco insondable de su ausencia.
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