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Autor: Sergio Rosiles | Fuente: Catholic.net Vida humana en la Tierra
Ni el cosmos entero, ni una de sus partes es capaz de ofrecer una sonrisa, una caricia
Vida humana en la Tierra
CIENTÍFICOS DESCUBREN VIDA HUMANA EN LA TIERRA
El año
pasado viajó por el mundo entero una noticia fabulosa. Algunos
científicos descubrieron que un planeta externo al sistema solar, el
cual observaban desde hace unos años, cuenta con una atmósfera.
Este planeta, que aún no ha sido bautizado, gira alrededor
de una estrella cuyo nombre es HD 209458 y es
semejante a «nuestro» sol, pero 500 veces más brillante.
La
temperatura del planeta es cercana a los 1.100º C, por
lo cual es improbable que haya vida semejante a cualquier
forma de vida que nosotros conocemos. Este planeta pertenece a
la constelación «Pegaso», que se encuentra a 150 años luz
de la tierra (1,419,120,000,000,000 Km.) Si usted considera que el
mencionado planeta se encuentra muy lejos, le parecerá que está
«junto a nosotros» después de leer los datos que vienen
a continuación.
Nuestro sistema solar, forma parte de una galaxia (conjunto
de estrellas), que conocemos con el nombre de «Vía Láctea.»
La Vía Láctea es sólo una de las múltiples galaxias
del universo. Su diámetro es aproximadamente equivalente a 100,000 años
luz (946,080,000,000,000,000 Km)
Pues bien, la mayoría de los astros que
generalmente vemos por la noche, pertenecen a nuestra galaxia y
están lo suficientemente cerca de nuestro sistema solar para ser
percibidos distintamente. Si nuestro sistema solar estuviese más al centro
de la Vía Láctea, sólo veríamos luz y no podríamos
distinguir las estrellas.
La distancia que separa nuestro sol del centro
de la Vía Láctea se calcula en 23,000 años luz
(217,598,400,000,000,000 Km.)
La galaxia «Andrómeda» es el objeto más distante
de la tierra que podemos percibir a ojo desnudo, es
decir, sin la necesidad de telescopios. Se encuentra a 2,200,000
años luz (20,813,760,000,000,000,000 Km), y forma parte de una constelación
que lleva el mismo nombre.
Podríamos seguir dando datos y
aumentar nuestra maravilla, pero ¡Basta de números! Nuestra mente no
da para más ceros, y ya nos sentimos demasiado pequeños
como para continuar pulverizándonos.
Si en un periódico apareciera como
encabezado el título de este artículo, lo consideraríamos ridículo. «¡Vaya
hallazgo!» -diríamos con seguridad-. Es tan banal la consideración de
la presencia de vida humana en nuestro planeta que ya
no nos causa maravilla la grandeza de cada ser humano.
Reflexionando
en esos abismos interminables, y pensando también en nuestra pequeñez
respecto a ellos, brotaron algunas preguntas en mi mente: ¿qué
somos?, ¿por qué existimos? Un hombre es más pequeño en
comparación del universo que una partícula subatómica con relación a
un hombre.
A pesar de ello, y sin restar causas de
maravilla al cosmos, no dejo de pensar que un solo
hombre es por mucho, más «grande» que el Cosmos en
su totalidad.
Los astros celestes no superan en nobleza al ojo
de un hombre capaz de observarlos, o a su mente,
capaz de llegar a precisar sus distancias. La luna no
está por encima de la voluntad del hombre que le
ha permitido caminar sobre ella.
Los procesos corporales y espirituales, los
movimientos más insignificantes que realiza el hombre, consciente o inconscientemente,
no se quedan atrás en complejidad y perfección respecto a
los movimientos de los cuerpos celestes.
Ni el cosmos entero, ni
una de sus partes es capaz de ofrecer una sonrisa,
una caricia. Una estrella, por más grande que sea, siempre
estará inhabilitada para amar, para consolar.
Considerando estas pocas comparaciones creo
que no es bizarría afirmar que el ser humano es,
después de Dios, el ser más digno, más «grande» del
universo.
Si existiera sólo una persona sobre la faz de la
tierra, sin importar sus perfecciones o cualidades externas, aunque fuese
sólo una célula o un embrión, o padeciese serias discapacidades,
no dejaría de ser más «grande» que todo el cosmos.
No
nos preocupemos excesivamente por saber si existe vida humana en
otro planeta, pues la tenemos a nuestro alcance. Recuperemos la
capacidad de maravillarnos por ella y demos mucha importancia a
la manera en que tratamos nuestra vida y la de
los hombres que pueblan nuestro pequeño universo.
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