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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net ¿Se puede programar la santidad?
Esa “pedagogía de la santidad” que permite adaptar la marcha hacia la meta según los ritmos personales de cada uno
¿Se puede programar la santidad?
Esta vez los jóvenes no estaban de acuerdo. El
catequista les había pedido que preparasen un programa especial: hacer
de este año un año de trabajo en la santidad.
Y claro, más de uno dijo que eso era imposible:
la santidad no se puede programar como se programan unas
vacaciones o un torneo de fútbol...
“¿Se puede programar la santidad?”
La pregunta está entre comillas porque se encuentra, ni más
ni menos, que en un texto del Papa. Juan Pablo
II, en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, nos explica
en dos números (nn. 30-31) cómo entender que la santidad
es el camino de la Iglesia, es la meta que
debemos perseguir en este tercer milenio cristiano, es algo que
incluso se podría “programar”.
En estos números el Papa recuerda lo
que ha sido el jubileo del año 2000: una llamada
a la conversión, a la purificación. ¿No es eso parte
del camino de la santidad? ¿No nos habíamos esforzado por
vivir el jubileo para entrar mejor preparados al nuevo milenio?
Luego el Papa recuerda lo que enseña el Concilio Vaticano
II: todos los bautizados estamos llamados a la santidad, sin
distinciones, porque todos estamos unidos por el bautismo al Dios
que es Santo (cf. Lumen gentium, capítulo V).
En este momento,
Juan Pablo II nos pide a todos que incluyamos, en
la programación pastoral, el tema de la santidad. Y nace,
espontánea, la pregunta: “¿Acaso se puede «programar» la santidad?”.
El Papa
explica en qué puede consistir esta “programación”. Primero recuerda que
con el bautismo se ha producido en cada uno de
nosotros un cambio radical: nos hemos unido a Cristo, nos
hemos convertido en templos del Espíritu Santo. Pero este cambio
real no toca automáticamente nuestro modo de pensar y de
vivir. Nuestra psicología, nuestra personalidad, nuestros actos, dependen de nuestras
opciones concretas, de nuestros pensamientos, de nuestra vida. Por eso
cada uno debe poner a trabajar los talentos recibidos. En
este sentido, sí hay mucho que “programar”.
La pregunta “¿quieres recibir
el bautismo?” se convierte, según el Papa, en esta otra:
“¿quieres ser santo?”. Cada bautizado asume como programa personal el
mismo programa que Cristo nos ha dejado en el Sermón
de la montaña, en el cual la invitación resulta clara:
“Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48).
Eso, y no otra cosa, es la santidad. Así de
claro y así de valiente.
De nuevo, nuestros jóvenes pueden preguntarnos:
¿no es esto demasiado difícil? Ser perfectos como Dios... Casi
parece que es más fácil hacer bajar la luna a
la tierra...
Leamos de nuevo el documento del Papa. La santidad
no consiste en algo extraordinario, la conquista de un estilo
de vida “practicable sólo por algunos «genios» de la santidad.
Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a
la vocación de cada uno” (Novo millennio ineunte, n. 31).
En
otras palabras, el santo no es un señor o una
señora, un chico o una chica, un cura o una
religiosa, que están ahí, en lo alto de una estatua
más o menos simpática en un rincón de un templo
(si todavía quedan imágenes de santos en los templos). El
santo es un ser humano normal, como sus sueños y
sus fracasos, con sus ideales y sus realizaciones, con su
pecado y con mucha, mucha misericordia de Dios, una misericordia
acogida, celebrada, vivida con alegría y gratitud.
Alguno ha dicho que
Juan Pablo II ha hecho demasiadas canonizaciones y beatificaciones. Tendríamos
que decir, más bien, que ha hecho pocas, si vemos
esa multitud inmensa de hombres y mujeres de todos los
lugares y tiempos, de todas las clases sociales, de todos
los niveles académicos y profesionales, que han tomado en serio
el Evangelio y un día se decidieron, de verdad, a
buscar la perfección, la santidad, la vida de total amor.
Hemos
de convencernos y convencer a nuestros jóvenes (y también a
aquellos adultos que han dejado la santidad como el último
asunto de la propia programación personal) que hay muchos caminos
para la santidad. O, mejor, y volvemos al texto del
Papa, que el camino de la santidad para cada uno
es sumamente personal. Por ello hemos de aprender esa “pedagogía
de la santidad” que permite adaptar la marcha hacia la
meta según los ritmos personales de cada uno, según lo
que Dios le va pidiendo a gritos o con un
susurro suave y respetuoso: también cuando grita, Dios respeta la
libertad de cada uno. Sólo podremos escucharle si tenemos un
corazón atento y generoso.
El catequista y sus jóvenes se han
retirado. Cada uno tiene un “programa” muy apretado: el trabajo
o los estudios, el novio o la novia, la familia,
el deporte o el voluntariado. Todos, cada quien en su
lugar, cada quien según un ritmo, estamos invitados a ser
santos. “Sed perfectos...” Sí, es posible, porque la perfección empieza
cuando el Amor toca una vida y cuando, con amor,
respondemos a quien antes nos ha tendido una mano, nos
ha perdonado y elevado a una nueva vida: somos hijos
en el Hijo, somos cristianos en una Iglesia santa en
la que vive y trabaja el Espíritu santificador...
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