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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Etiquetas
Hay etiquetas inofensivas, mientras que otras están unidas a un sentido de desprecio
Etiquetas
Con cierta frecuencia etiquetamos a los demás. Este es
español, por lo tanto es así o asá. Aquel es
zapatero, entonces... El otro es un mentiroso (sin más comentarios).
El de más allá pertenece a tal grupo político o
a tal equipo de fútbol, luego... Distinguimos en seguida si
estamos ante un joven o un anciano, un hombre o
una mujer, un ciudadano honesto o un extraño que amenaza
mil peligros...
Hay etiquetas inofensivas, mientras que otras están unidas a
un sentido de desprecio. Decir que un adulto es “infantil”
puede significar que es alegre como un niño, o que
es inmaduro y de poco carácter. Decir que una persona
es “racista”, casi siempre implica sentir hacia ella un cierto
desprecio (aunque quizá la persona etiquetada no tenga nada de
racismo entre sus ideas).
Desde luego, si alguien se acerca con
una navaja contra nosotros, podemos ponerle una etiqueta de “persona
peligrosa” y tomar las debidas precauciones. Pero en otros casos,
las apariencias o etiquetas, la fama merecida o la fama
inventada por quien se dedica a llenar de fango a
los demás, no deberían ser motivo suficiente para levantar la
nariz y mirar hacia otro lado.
En el mundo de la
Iglesia también se da el fenómeno de las etiquetas. Dos
católicos que no se conocen se saludan después de un
encuentro en los salones parroquiales. Todo son señales de cordialidad
y de interés por el otro. De repente, una pregunta:
¿Ud. pertenece a tal grupo? El otro dice que sí.
Un hielo extraño cierra toda la conversación. La despedida apresurada
parece dar a entender que el otro debe ser casi,
casi, un enemigo por el “delito” de pertenecer a este
o a aquel grupo católico...
Sería bueno, de vez en cuando,
quitarnos las gafas de las etiquetas para empezar a ver
cosas y valores que no aparecen a primera vista. Quien
recibe la etiqueta de “anciano” encierra experiencias de una riqueza
insospechada. Aquel “joven” no es tan inexperto como su edad
podría dar a entender. El señor que siempre va “malvestido”
no es un borracho, sino una persona que no puede
cuidarse a sí mismo porque dedica todo su tiempo a
atender a su madre con Alzheimer...
Después de quitarnos gafas etiquetadoras,
deberíamos ponernos unas gafas nuevas, con las cuales fuésemos capaces
de ver a los otros con los ojos de Dios.
¿Cómo trataba Cristo a los publicanos y a los pecadores?
¿Cómo les miraba, cómo les hablaba, cómo les buscaba, cómo
se dejaba tocar por ellos, a pesar de que algunos
se asustaban al verle comer con los “pecadores” y las
“prostitutas”?
Así deberíamos ver a los demás. Al señor borracho y
a la señora que, según dicen (a veces es mentira)
acaba de abortar. Al sacerdote que parece preocuparse demasiado del
dinero de las ofrendas, y al monaguillo que toda la
misa ha estado jugando con su compañero. A la chica
que siempre lleva unos pantalones muy ajustados, y al joven
que tiene dos pendientes en cada oreja...
El mundo está demasiado
lleno de personas etiquetadas, de personas a las que los
demás señalan como si fuesen apestados o peligrosos pecadores. Frente
a tanta etiqueta, los cristianos podemos responder con el Evangelio,
y tratar a todos, también al “enemigo” (al que lo
sea de verdad, al que lo aparenta sin haberlo sido
nunca) con el mismo amor con el que el Padre
nos ha perdonado, nos ha acogido, nos ha amado, nos
ha reconocido como a hijos.
De modo especial, hemos de tratar
así a todos los hermanos en la fe. No importa
si éste pertenece a una u otra espiritualidad, a un
movimiento, a un camino o a alguna realidad de entre
las muchas que el Espíritu Santo ha suscitado en nuestra
Iglesia. Es hermoso ver que cuando dos católicos se encuentran
vibran y se sientan profundamente como lo que son: hermanos
en la fe, hijos en el Hijo, por encima de
lo poco (es siempre muy poco) que los pueda distinguir.
No
siempre es fácil, pero algún día habrá que comenzar. Y,
si alguien comienza, veremos cómo la levadura cristiana actúa y
cambia un mundo demasiado lleno de desconfianzas y etiquetas...
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