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Cartas de un ángel a su sobrino | tema
Autor: Enrique Tapia
Primera Carta: La misión de Roel
Un hombre en manos de sus sentimientos es como una hoja seca en otoño
 

Mi querido y celestial Roel:

Me ha producido gran alegría recibir tu última carta a través del correo electrónico. En ella veo que el trabajo con tu alma encomendada está yendo por buen camino. ¡Bendito sea Dios!

Antes de comentar los diversos puntos que tratas y darte unas recomendaciones, permíteme hacer en esta carta un poco de historia. Hace 16 años, cuando fue concebido el cuerpo del hombre a quien haces de “ángel de la guarda” (ese título tan divertido y acertado que inventaron los hombres), entonces, digo, se te encomendó tu primera misión importante en la tierra. Hasta ese momento habías gozado de la felicidad celeste sin fin, contemplando a tu Creador y disfrutando de las maravillosas e inefables armonías angélicas. Aún me parece verte tocando el arpa de David e interpretando la Primavera de Vivaldi. ¡Qué música deleitosa! Ahora, sin perder la visión beatífica, estás en la tierra junto a tu alma encomendada, con la misión de acompañarle durante algunos años (sólo el Jefe sabe cuántos) y ayudarle a llegar al Cielo.

¡Ah, la tierra! Es bella porque Él la ha creado, nuestro Padre Celestial. Recuerdo los momentos que yo pasé en ella como “ángel de la guarda”. ¡Fueron días de intenso trabajo y muy gratificantes! Ahora me toca dirigir y coordinar vuestras acciones, como Secretario General del C.A.E.L.O. (Cuerpo Angélico Especializado en Logística y Orden). Sí, la tierra es bella. Pero no debes olvidar, al mismo tiempo, que el Jefe ha permitido que por unos pocos millones de años esté casi en manos de nuestros enemigos, los de allí abajo. Eso hace que la tierra y sus habitantes sean a veces tan contradictorios y misteriosos. Pero no te preocupes, pues sabemos que nada se escapa a la Providencia del Jefe, y al final de los tiempos todo y todos serán sometidos a nuestro Rey.

Volviendo al tema de tu misión, ahora es cuando la cosa se pone verdaderamente interesante. De estos años depende en gran parte, no del todo, la salvación del muchacho. Durante los seis primeros años de su vida, lo tuviste bastante fácil. Te tocó en suerte que naciera en una familia de buena educación, clase media, con valores humanos. ¡No creas que fue casualidad! Es tu primera misión, y el Jefe lo tenía todo planeado. El niño iba creciendo y sus padres lo iban educando bien. Tú sólo tenías que estar atento para que no metiera un día los dedos en el enchufe de electricidad, o para que no se atragantara con la papilla que le daba su madre, o para que no se fuera de la mano de su padre hacia la carretera cuando estaba aprendiendo a caminar. ¿Recuerdas cuando, teniendo 4 años, se peleó con su hermana mayor porque no le dejaba el triciclo y le dio un mordisco en el vientre? Sus padres tuvieron que darle buenos azotes en el trasero para que la soltara, mientras tú te lamentabas de que se te hubiera ido de las manos. ¡Me divertí muchísimo! - aun con lástima de su pobre hermana. Ya sabes que a esa edad apenas se puede encontrar malicia en un niño, por lo que el hecho no paso de un aviso para su conciencia. Creo que los azotes de sus padres le enseñaron que eso no estaba bien...

Después vino el período de los 6 a los 13 años. Aquellos maravillosos años en los que un niño comienza a descubrir el mundo, va al colegio, pregunta por todas las cosas que le rodean y se comunica más con otras personas... Entonces comenzó un poco más en serio tu trabajo. Pero todavía, a esa edad, la labor de los padres es insustituible y, en tu caso, fue muy positiva. Siempre hubo en casa ambiente de familia, a pesar de las inevitables pequeñas discusiones. Sus padres le iban enseñando lo que todo buen padre debe enseñar a sus hijos: el valor de la familia, de la amistad, de la naturaleza, de la generosidad y ayuda al prójimo, etc. Y también le enseñaron a rezar, incluso esa oración al ángel de la guarda. ¡Jamás olvidaré la primera vez que la recitó y tú te pusiste rojo de rubor! La verdad es que ningún humano te había dicho nunca cosas bonitas, ¿no?

Tu trabajo en esos años consistía en hacerle sentir y entender que debía obedecer a sus padres, en protegerle de ambientes inmorales y peligrosos, en preferir ir con los buenos amigos antes que con los gamberros de la clase... Lo hiciste bien. Sólo una vez tu ayuda no fue suficiente para evitar que se peleara con un compañero de clase, pero no fueron más que algunos insultos y unos puñetazos mal dados. Además, supiste aprovechar bien la situación para que su conciencia le llamara la atención y aprendiera que no se gana nada peleándose, que en los conflictos y las guerras ambas partes salen perdiendo. Entonces te felicité por el éxito, ¿recuerdas?

Pero cuando tu trabajo ha alcanzado una verdadera relevancia, decisiva, diría yo, para la vida de tu alma encomendada, ha sido a partir de la adolescencia. Ahora es cuando un hombre pone las bases de lo que será toda su vida, si no hay después grandes cambios. Estos años son el fundamento de la vida que le queda por delante. Si en la infancia se abría al mundo exterior y comenzaba a aprender cosas, en la adolescencia esa apertura alcanza su máxima amplitud. Nuevos sentimientos y emociones brotan dentro de él: la verdadera amistad, la atracción por el otro sexo, el deseo de novedad y de realización de su propia vida... Su inteligencia y su voluntad se auto-afirman y se creen la medida de todas las cosas. Comienza a sentir voluntad de poder, que es necesario encauzar adecuadamente. La juventud es como una floresta salvaje en la que la vida se desarrolla de forma exuberante y bella, pero en la que de vez en cuando hay fuertes tormentas que pueden o bien favorecer este crecimiento, o bien arrasar con todo lo hermoso que en ella encuentras. Por eso, tu labor es ahora más importante que nunca.

Respecto a lo que me dices en tu carta, efectivamente es muy positivo que hayas logrado llenar el alma del joven con sentimientos de gratitud y de felicidad al inicio del nuevo curso. ¡Pero cuidado, no te confíes! Ya sabes que los sentimientos son sólo eso: sentimientos. Son como el viento, que un día sopla en un sentido y otro día en sentido contrario. Por eso no puedes permitir que base su vida, estudios, amistades, relaciones con los demás, en los sentimientos. Si así lo hace, tarde o temprano llegarán sentimientos contrarios y todo se derrumbará. No quiero decir con esto que no aproveches estas buenas disposiciones, o que tengas que eliminar esos sentimientos positivos. No. Aprovéchalos, úsalos como acicate y estímulo en los deberes que él tiene, para que así cumpla y viva con mayor alegría. Pero que no se apoye en ellos, sino en una conciencia clara y en una voluntad firme de lo que le corresponde hacer en cada momento de este nuevo año. De esta manera, sus estudios, sus relaciones con sus padres y amigos, sus deberes, sus diversiones y todo lo que haga, mantendrán una misma línea vital que no sufrirá los altibajos de la sensibilidad.

Porque un hombre en manos de sus sentimientos es como una hoja seca en otoño. Llega el viento, la arranca del árbol y la lleva a lo alto de la montaña o de un edificio, desde donde goza de un bello paisaje. Después, otra ráfaga de viento la lleva a revolcarse en el barro o en la más sucia alcantarilla. Más tarde, da vueltas y vueltas sin parar en ningún lugar, a merced del viento que la lleva.

No dejes que él sea como una hoja seca. Ilumina su mente para que siempre le guíen altos ideales, incluso en la vida ordinaria y las pequeñas cosas de cada día. Hazle valorar la importancia de tener una fuerza de voluntad recia, que le haga caminar donde él quiere ir, y no dejarse llevar por los vientos de las modas, de las mayorías o de los altibajos de la sensibilidad. Eso, junto con los valores humanos que sus padres le han enseñado y los buenos sentimientos que tiene al inicio del curso, son los mejores ingredientes para continuar por el buen camino que lleva tu alma encomendada.

Espero que me informes en breve del fruto de estos consejos, una vez que hayan comenzado las clases.

Tu tío celestial:
Rafael Arcángel


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