Mi querido y celestial Roel:
Me ha producido gran alegría
recibir tu última carta a través del correo electrónico. En
ella veo que el trabajo con tu alma encomendada está
yendo por buen camino. ¡Bendito sea Dios!
Antes de comentar los
diversos puntos que tratas y darte unas recomendaciones, permíteme hacer
en esta carta un poco de historia. Hace 16 años,
cuando fue concebido el cuerpo del hombre a quien haces
de “ángel de la guarda” (ese título tan divertido y
acertado que inventaron los hombres), entonces, digo, se te encomendó
tu primera misión importante en la tierra. Hasta ese momento
habías gozado de la felicidad celeste sin fin, contemplando a
tu Creador y disfrutando de las maravillosas e inefables armonías
angélicas. Aún me parece verte tocando el arpa de David
e interpretando la Primavera de Vivaldi. ¡Qué música deleitosa! Ahora,
sin perder la visión beatífica, estás en la tierra junto
a tu alma encomendada, con la misión de acompañarle durante
algunos años (sólo el Jefe sabe cuántos) y ayudarle a
llegar al Cielo.
¡Ah, la tierra! Es bella porque Él
la ha creado, nuestro Padre Celestial. Recuerdo los momentos que
yo pasé en ella como “ángel de la guarda”. ¡Fueron
días de intenso trabajo y muy gratificantes! Ahora me toca
dirigir y coordinar vuestras acciones, como Secretario General del C.A.E.L.O.
(Cuerpo Angélico Especializado en Logística y Orden). Sí, la tierra
es bella. Pero no debes olvidar, al mismo tiempo, que
el Jefe ha permitido que por unos pocos millones de
años esté casi en manos de nuestros enemigos, los de
allí abajo. Eso hace que la tierra y sus habitantes
sean a veces tan contradictorios y misteriosos. Pero no te
preocupes, pues sabemos que nada se escapa a la Providencia
del Jefe, y al final de los tiempos todo y
todos serán sometidos a nuestro Rey.
Volviendo al tema de tu
misión, ahora es cuando la cosa se pone verdaderamente interesante.
De estos años depende en gran parte, no del todo,
la salvación del muchacho. Durante los seis primeros años de
su vida, lo tuviste bastante fácil. Te tocó en suerte
que naciera en una familia de buena educación, clase media,
con valores humanos. ¡No creas que fue casualidad! Es tu
primera misión, y el Jefe lo tenía todo planeado. El
niño iba creciendo y sus padres lo iban educando bien.
Tú sólo tenías que estar atento para que no metiera
un día los dedos en el enchufe de electricidad, o
para que no se atragantara con la papilla que le
daba su madre, o para que no se fuera de
la mano de su padre hacia la carretera cuando estaba
aprendiendo a caminar. ¿Recuerdas cuando, teniendo 4 años, se peleó
con su hermana mayor porque no le dejaba el triciclo
y le dio un mordisco en el vientre? Sus padres
tuvieron que darle buenos azotes en el trasero para que
la soltara, mientras tú te lamentabas de que se te
hubiera ido de las manos. ¡Me divertí muchísimo! - aun
con lástima de su pobre hermana. Ya sabes que a
esa edad apenas se puede encontrar malicia en un niño,
por lo que el hecho no paso de un aviso
para su conciencia. Creo que los azotes de sus padres
le enseñaron que eso no estaba bien...
Después vino el período
de los 6 a los 13 años. Aquellos maravillosos años
en los que un niño comienza a descubrir el mundo,
va al colegio, pregunta por todas las cosas que le
rodean y se comunica más con otras personas... Entonces comenzó
un poco más en serio tu trabajo. Pero todavía, a
esa edad, la labor de los padres es insustituible y,
en tu caso, fue muy positiva. Siempre hubo en casa
ambiente de familia, a pesar de las inevitables pequeñas discusiones.
Sus padres le iban enseñando lo que todo buen padre
debe enseñar a sus hijos: el valor de la familia,
de la amistad, de la naturaleza, de la generosidad y
ayuda al prójimo, etc. Y también le enseñaron a rezar,
incluso esa oración al ángel de la guarda. ¡Jamás olvidaré
la primera vez que la recitó y tú te pusiste
rojo de rubor! La verdad es que ningún humano te
había dicho nunca cosas bonitas, ¿no?
Tu trabajo en esos
años consistía en hacerle sentir y entender que debía obedecer
a sus padres, en protegerle de ambientes inmorales y peligrosos,
en preferir ir con los buenos amigos antes que con
los gamberros de la clase... Lo hiciste bien. Sólo una
vez tu ayuda no fue suficiente para evitar que se
peleara con un compañero de clase, pero no fueron más
que algunos insultos y unos puñetazos mal dados. Además, supiste
aprovechar bien la situación para que su conciencia le llamara
la atención y aprendiera que no se gana nada peleándose,
que en los conflictos y las guerras ambas partes salen
perdiendo. Entonces te felicité por el éxito, ¿recuerdas?
Pero cuando tu
trabajo ha alcanzado una verdadera relevancia, decisiva, diría yo, para
la vida de tu alma encomendada, ha sido a partir
de la adolescencia. Ahora es cuando un hombre pone las
bases de lo que será toda su vida, si no
hay después grandes cambios. Estos años son el fundamento de
la vida que le queda por delante. Si en la
infancia se abría al mundo exterior y comenzaba a aprender
cosas, en la adolescencia esa apertura alcanza su máxima amplitud.
Nuevos sentimientos y emociones brotan dentro de él: la verdadera
amistad, la atracción por el otro sexo, el deseo de
novedad y de realización de su propia vida... Su inteligencia
y su voluntad se auto-afirman y se creen la medida
de todas las cosas. Comienza a sentir voluntad de poder,
que es necesario encauzar adecuadamente. La juventud es como una
floresta salvaje en la que la vida se desarrolla de
forma exuberante y bella, pero en la que de vez
en cuando hay fuertes tormentas que pueden o bien favorecer
este crecimiento, o bien arrasar con todo lo hermoso que
en ella encuentras. Por eso, tu labor es ahora más
importante que nunca.
Respecto a lo que me dices en
tu carta, efectivamente es muy positivo que hayas logrado llenar
el alma del joven con sentimientos de gratitud y de
felicidad al inicio del nuevo curso. ¡Pero cuidado, no te
confíes! Ya sabes que los sentimientos son sólo eso: sentimientos.
Son como el viento, que un día sopla en un
sentido y otro día en sentido contrario. Por eso no
puedes permitir que base su vida, estudios, amistades, relaciones con
los demás, en los sentimientos. Si así lo hace, tarde
o temprano llegarán sentimientos contrarios y todo se derrumbará. No
quiero decir con esto que no aproveches estas buenas disposiciones,
o que tengas que eliminar esos sentimientos positivos. No. Aprovéchalos,
úsalos como acicate y estímulo en los deberes que él
tiene, para que así cumpla y viva con mayor alegría.
Pero que no se apoye en ellos, sino en una
conciencia clara y en una voluntad firme de lo que
le corresponde hacer en cada momento de este nuevo año.
De esta manera, sus estudios, sus relaciones con sus padres
y amigos, sus deberes, sus diversiones y todo lo que
haga, mantendrán una misma línea vital que no sufrirá los
altibajos de la sensibilidad.
Porque un hombre en manos de sus
sentimientos es como una hoja seca en otoño. Llega el
viento, la arranca del árbol y la lleva a lo
alto de la montaña o de un edificio, desde donde
goza de un bello paisaje. Después, otra ráfaga de viento
la lleva a revolcarse en el barro o en la
más sucia alcantarilla. Más tarde, da vueltas y vueltas sin
parar en ningún lugar, a merced del viento que la
lleva.
No dejes que él sea como una hoja seca.
Ilumina su mente para que siempre le guíen altos ideales,
incluso en la vida ordinaria y las pequeñas cosas de
cada día. Hazle valorar la importancia de tener una fuerza
de voluntad recia, que le haga caminar donde él quiere
ir, y no dejarse llevar por los vientos de las
modas, de las mayorías o de los altibajos de la
sensibilidad. Eso, junto con los valores humanos que sus padres
le han enseñado y los buenos sentimientos que tiene al
inicio del curso, son los mejores ingredientes para continuar por
el buen camino que lleva tu alma encomendada.
Espero que me
informes en breve del fruto de estos consejos, una vez
que hayan comenzado las clases.
Tu tío celestial:
Rafael Arcángel
Leer
la Segunda Carta
Volver al índice
¡Regala a tus
amigos y familiares la edición impresa de este libro!
¡¡CLICK
AQUÍ!!